
La estridencia creada por todos
El fenómeno cultural menemista no fue una invención del Presidente. Fue un emergente de tendencias y rasgos colectivos que estaban en el inconsciente nacional mucho antes de que él irrumpiera en la escena pública. Su corriente política parece morir, pero no ese estilo de vida que ganó la primera plana en 1989.
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EL 10 de diciembre próximo, si nada se cruza en el camino de la lógica republicana, Carlos Menem le entregará los atributos del mando a su sucesor y volverá supuestamente a su provincia, de la que salió hace exactamente diez años para presidir los destinos del país.
¿Significará eso el fin del menemismo? Como decía Enrique Muiño en "Así es la vida", puede que sí y puede que no.
Todo depende de lo que entendamos por menemismo. Si usamos ese vocablo para designar una corriente política interna del justicialismo, hay razones para suponer que el menemismo corre graves riesgos de no sobrevivir al mutis obligado de su jefe.
Pero si le damos a la palabra menemismo una acepción más amplia y la identificamos con cierto tipo de cultura o subcultura social que exhibió desembozadamente su perfil en la década del noventa, tenemos motivos para pensar que el ocaso político de Carlos Menem no traerá aparejado -ni mucho menos- el eclipse del menemismo.
Es que las modalidades culturales no nacen y mueren repentinamente: se van instalando de a poco, insensiblemente, y es lógico pensar que también se extinguen de manera gradual. Si es que realmente se extinguen.
Ante todo, hay un enigma sociológico que urge dilucidar: ¿hasta qué punto la cultura menemista es deudora de Carlos Menem? ¿En qué medida lo que llamamos menemismo es proyección o reflejo del hombre de carne y hueso que ha tenido la osadía de ocupar la Casa Rosada durante más tiempo que Perón?
Vamos a dar nuestra opinión sobre este punto: creemos decididamente que el menemismo -entendido como fenómeno cultural- no fue una invención de Menem. Al contrario: estamos convencidos de que el menemismo es un emergente de tendencias y rasgos colectivos que estaban en la vida argentina mucho antes de que el imprevisible y proteico riojano irrumpiera en la escena pública.
Dicho de otro modo: es un error creer que hubo menemismo porque hubo Menem. Las cosas ocurrieron justamente a la inversa: hubo Menem porque en las capas profundas de la sociedad argentina había menemismo.
Suponer que la Argentina estridente o escandalosa de los Marcelo Tinelli, los Mauro Viale o los talk-show -por mencionar los programas televisivos más representativos de la era menemista- emergió de las sombras por arte de magia a causa de los cambios producidos por un gobierno extravagante sería excesivo. Más bien parece sensato suponer lo contrario: la Argentina globalizada y posmoderna de finales de siglo (con su televisión chillona e irreverente) pedía un gobierno poco cuidadoso de las formalidades y las reglas de juego clásicas. En todo caso, entre gobierno y sociedad existió un influjo recíproco, cuyo signo más patético fue, probablemente, la audaz pirueta de Moisés Ikonicoff, el hombre que saltó de los despachos oficiales al tinglado de la revista teatral.
Sombras, nada más
Algo curioso ocurre con la palabra menemismo: tiene, predominantemente, una connotación despectiva, descalificatoria. Se la usa para designar lo malo del gobierno de Menem, sus faces oscuras: el amiguismo, la frivolidad, el desdén por los principios republicanos, la manipulación de la Justicia. Nadie -o casi nadie- usa el término menemismo para referirse a los aciertos del hombre que accedió a la Presidencia en 1989: a la firmeza con que derrotó la inflación o a las adudaces transformaciones estructurales que produjo en el campo económico.
Por una misteriosa razón, la mayoría de los argentinos considera que ser menemista es adherir a lo negativo del gobierno de Menem, no a lo positivo. No ocurrió así, históricamente, con el peronismo, palabra que se utilizó largamente para designar todo lo que Perón significaba, más allá de que en cada caso se considerase bueno o malo, luminoso u oscuro.
La palabra menemismo -o menemista- tiene un extraño dejo vergonzante, es casi un estigma que nadie termina de asumir. Los peronistas tenían orgullo de ser peronistas, como lo sugiere la marchita pegadiza y machacona: "los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos". Además, la palabra peronismo era usada con parejo énfasis por peronistas y antiperonistas. Con el menemismo no ocurre lo mismo: sólo tienden a usarla los opositores. Casi nadie se proclama menemista y a nadie se le ocurriría pergeñar una marchita que la exaltara con aire triunfal.
Creemos, sinceramente, que el ciudadano Carlos Menem ha asumido la responsabilidad de encarnar públicamente ciertos vicios colectivos, los ha cargado sobre sus espaldas. Visto así, Menem aparece más como una víctima que como el culpable de las debilidades morales del país que habitamos en este tramo final del siglo XX. Por él, en cierto modo, nos redimimos de vicios que estaban alojados en el inconsciente colectivo argentino desde mucho antes de que su troupe de abogados y amigos riojanos desembarcara en Buenos Aires para asumir las principales palancas de control de los poderes públicos.
Eche, mozo, más champagne
A esta altura, parece conveniente tratar de precisar, aunque sea a grandes rasgos, cuáles son los principales signos que el imaginario popular atribuye a la cultura o subcultura menemista. En una visión anecdótica o superficial, aparecen la pizza y el champagne, emblemas gastronómicos del microcosmo ultraoficialista que se congrega periódicamente en Olivos para celebrar el rito del fútbol en torno del televisor presidencial. En lo profundo, sin embargo, subyacen otros componentes: el exitismo, la frivolidad, el enriquecimiento fácil, la picardía, el amiguismo, el espíritu fiestero o festivo, la astucia para crear atajos que permitan burlar impunemente las reglas de juego legales o institucionales.
Esos rasgos, obviamente, no son privativos de un determinado gobierno. Son algo más que eso: son tendencias que resumen la parte más negativa del inconsciente nacional. ¿Por qué, entonces, englobar todo eso bajo el nombre genérico de menemismo? En parte, porque la política es un chivo expiatorio que está siempre a mano. En parte, porque en el período presidido por Carlos Menem esos defectos se dieron -como en el grand guignol - en un grado récord de intensidad y concentración, casi en el nivel de la caricatura.
En efecto: ciertos hechos atribuibles al actual jefe del Estado o a sus eternos seguidores se confabularon, a lo largo de los años, para que el menemismo apareciera enarbolando como propio el vicio nacional de la frivolidad. Mencionemos sólo algunos: remodelaciones suntuarias en Olivos para jugar al golf, mansión y pista de Anillaco, avión presidencial, retoques capilares, declaraciones jactanciosas sobre la pertenencia del país alPrimer Mundo, tendencia presidencial al autoelogio ("estoy a años luz de quienes aspiran a reemplazarme"), entorno farandulesco y nochero. En el plano de lo que podría llamarse la frivolidad institucional, sería factible enumerar otras desviaciones un tanto más graves: manejo discrecional y personalista de los asuntos públicos, uso sistemático del decretazo de necesidad y urgencia, politización de la Justicia, afán de perpetuación en el poder.
El Viejo Vizcacha, mejorado
Hemos hablado antes de la picardía o la viveza. Parece claro que el arquetipo nacional del menemismo está más cerca del Viejo Vizcacha que del Martín Fierro. "Hacete amigo del juez", dictamina el gaucho pícaro imaginado por Hernández. El menemismo, siempre innovador, modificó levemente la fórmula: "Hacé jueces a tus amigos".
También se ha hablado aquí del espíritu festivo o fiestero. Mito o realidad, esa tendencia ocupa un lugar ostensible en el paisaje menemista. Lo confirmó, contrario sensu , el propio candidato presidencial de la oposición, Fernando de la Rúa, al asumir públicamente su presunta condición de aburrido como parte de su estrategia electoral. Ser aburrido o divertido es, en la Argentina de hoy, una cuestión de Estado.
Dentro de cinco meses el país despedirá al menemismo político. Incurrirá en un error quien piense que en ese mismo momento le estaremos diciendo adiós a la cultura menemista. Eliminar la inescrupulosidad, el exitismo, la trampa institucional, el desprecio por las formas republicanas y tantos otros vicios de la vida nacional llevará, por cierto, bastante más tiempo. Y eso poco tiene que ver, a esta altura, con el hecho anecdótico de que Carlos Menem abandone la quinta de Olivos para recluirse -o no- entre las columnas de su flamante mansión riojana, tan llena de reminiscencias del palacio entrerriano de Urquiza.
Lo que pase en el futuro conMenem será asunto de él. Del menemismo como estilo de vida tendremos que hacernos cargo todos.





