
La ética del deslome en Nueva York
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“Yo vengo una semana a deslomarme como todos los que vienen acá a Nueva York. Yo quería que mi esposa me acompañe, es mi compañera de vida” dijo el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en una entrevista radial con Eduardo Feinmann, que le recordó que el avión presidencial “no es un taxi o un Uber”, contestando así a las acusaciones que le llovieron por llevar a su esposa a esa ciudad en un viaje oficial.
Adorni no midió como puede sentirse, al escuchar cómo se “deslomaba” trabajando en un viaje oficial a Estados Unidos, cualquiera de los millones de trabajadores -el 72% del total según el Instituto Gino Germani de la UBA- que cobra menos de un millón de pesos por mes y que trabaja de 8 a 12 horas diarias y que con sus impuestos paga cada viaje oficial de éste o de cualquier gobierno. No es que se trate de un caso de corrupción de la gravedad de los casos Andis y $LIBRA, pero es una falta de ética que abrió una puerta más hacia el secreto mundo libertario, donde las sorpresas van de la mano de sus contradicciones.
Adorni había anunciado como vocero del gobierno hace dos años que los familiares no integrarían comitivas oficiales, pero el mismo rompió esa norma. Además, ganó la atención del periodismo por un viaje en un jet privado a Punta del Este que realizó con su familia en el feriado de carnaval, acompañado por el periodista que trabaja en la TV Pública Marcelo Grandio que no quiso aclarar por tratarse “de su vida privada”. Los ingresos del jefe de Gabinete y su declaración jurada no coinciden con alguien que pueda sustentar un viaje en primera clase a Nueva York o alquilar un vuelo privado a Punta del Este. Pero Adorni se complica solo, rompiendo un compromiso moral de su gobierno, que suele hacer comparaciones con el pasado reciente. Hay razones para hacerlo, pero ya se suman demasiados episodios similares a lo que, según dicen, vinieron a cambiar. El jefe de ministros debería aclarar, también, si es cierto que hay funcionarios que viajaron a Nueva York en vuelos de línea, para estar presentes en el Argentina Week, con más costo para el gobierno, porque no había lugar en el vuelo oficial. Todo esto llevó al diputado Esteban Paulón a presentar un pedido de informes “para saber si su esposa voló en el avión oficial, quién pagó ese viaje, qué rol cumple y si fueron evaluadas posibles incompatibilidades y conflictos de intereses”, que fue escalando hasta ayer, donde la diputada Marcela Pagano, disidente de La Libertad Avanza denunció al jefe de Gabinete Manuel Adorni ante la justicia federal por “malversación”.
Pero el primero que rompió esa promesa de austeridad fue el propio Milei que, acompañado siempre por su hermana Karina, han viajado reiteradas veces al exterior, en especial a Estados Unidos, para obtener una foto con Donald Trump o solo para recibir premios, algunos importantes y otros que valen su peso en acrílico, otorgados por fundaciones o instituciones de extrema derecha que utilizan esos eventos para recaudar fondos, con cenas carísimas donde las estrellas son presidentes o figuras políticas de renombre. Muchos agradecen el premio con una misiva o un mensaje grabado, pero no concurren, como hace Giorgia Meloni, presidenta de Italia. Pero Milei no se pierde ninguno de estos eventos. Cada viaje es un gasto, y los que resultan innecesarios se convierten en gastos superfluos. Uno de esos viajes fue a Miami, con su hermana Karina, cuando ambos recibieron la distinción de “embajadores internacionales de la luz”. No suena serio.
En 26 meses de gobierno, el Presidente acumula más de 100 días fuera del país, con 15 visitas a Estados Unidos y 11 vueltas al mundo en avión. Su hermana lo acompañó más del 90% de las travesías, más que cualquier otro funcionario. Se estima que así se gastaron más de 5 millones de dólares. Hoy, con el avanzado nivel que existe en el mundo en materia de comunicaciones, abusar de los viajes al exterior es innecesario, y éstos solo deberían reservarse para situaciones que lo ameriten.
Pero el affaire Adorni, sobre todo a partir de su explicación, sirvió para comenzar a reconocer que el gobierno libertario, o mejor dicho el propio Milei, logró construir un núcleo duro fundado en el “fanatismo blando” como lo supo hacer el kirchnerismo en su mejor momento y que aún perdura en un sector de la sociedad. El comportamiento es similar y poco reflexivo, al estar dispuestos a cerrar los ojos por algunos hechos muy evidentes y que antes molestaban mucho, pero ahora no. Algo de esto se visibiliza en las encuestas de opinión pública, donde la mayoría de las consultoras muestran resultados en los que gran parte de la sociedad dice estar peor que antes o desconfía de un futuro mejor en lo inmediato, pero aun así señala que volvería a votar a Milei. ¿La razón? No volver al pasado. Son las huellas que dejó el kirchnerismo, que aún laceran la realidad.
La ética y la política viven enfrentadas, les cuesta mucho adaptarse una a otra. excepto en lo discursivo. Cuando se enfatizan las diferencias con los antecesores (“somos distintos”) aparece el Manuel Adorni vocero señalando que “ningún familiar va a viajar con una comitiva oficial”. Pero cuando hay que gestionar, surge el “me deslomo en Nueva York trabajando para el país y llevé a mi esposa conmigo”. Que se entienda: no es el hecho en sí, que no es tan grave comparado con los años de corrupción política vividos en este país o hechos recientes que tienen como protagonistas a Milei y su hermana Karina, sino la falta de compromiso con la palabra empeñada.
Milei no va a ganar o perder una elección por esto, pero debe advertir que no es gratis salirse del camino adoptado en un compromiso público: hoy se habla más del “viaje de la esposa de Adorni” que de los resultados del “Argentina Week en NY”. Los argentinos ya están cansados de aquellos que utilizan la “ética” como un manto discursivo para camuflar deslices. Son acciones que están lejos de lo pregonado por el mismo presidente: “en mi gobierno, la moral es una política de Estado”. En este caso en particular, la explicación de Adorni es claramente insuficiente y poco convincente.
No es lo mismo un político con integridad, decoro, que cree que los principios para ser funcionario público deben ser compatibles con la moral, a otro que se define como un moralista político, pero que adapta su supuesta moral solo pensando en no perder poder. A varios referentes de este gobierno se los ve al parecer más cómodos haciendo esto último.





