
La extranjerización de la economía
Por Juan Alemann Para LA NACION
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En ningún otro país se dio el fenómeno del traspaso masivo del control de empresas a grupos extranjeros como en la Argentina. Ramos enteros, antes controlados por empresarios locales, han pasado a manos de empresas multinacionales. Además, las privatizaciones vinieron acompañadas de una fuerte presencia extranjera en estas empresas. Desde un punto de vista puramente económico, ello no sería negativo. Por el contrario, por regla, los nuevos dueños aportan fondos para inversión y, sobre todo, tecnología. El hecho de que una parte de las ganancias (y sólo una parte, ya que la mayor parte se reinvierte) vaya al exterior, no es relevante, y menos en la situación actual de balance de pagos. En definitiva, cuando los dueños son residentes argentinos, también suelen transferir ganancias a cuentas del exterior. Además, en muchos casos, las empresas transnacionalizadas exportan, cuando antes no lo hacían. En la industria del vino, la creciente presencia de empresas extranjeras llevó a que las mismas integraran el producto argentino en su oferta mundial, permitiendo así una exportación que de otro modo tropieza con inconvenientes. Un fenómeno análogo se da en otros casos.
El problema es ante todo político. Crea la sensación de ser colonia. Las empresas extranjeras están menos comprometidas con el destino del país que las nacionales. Tal vez lo más preocupante sea que, en muchos casos (sobre todo en empresas españolas), los cargos jerárquicos se reserven a personas de la nacionalidad de origen de la empresa, desplazando a los locales. El presidente Kirchner comprendió el problema y, desde el comienzo, plantea como idea fuerza el fortalecimiento del empresariado nacional. Pero, de hecho, no sabe bien cómo instrumentar esta idea y sus colaboradores tampoco lo asesoran en el tema. Trataremos de suplir esa falencia. Al margen, nos queda la duda de si desde la extrema izquierda, incluyendo a ex montoneros que ahora son parte del poder político, no se favorece esta extranjerización, como paso previo a una estatización (casi) total mediante confiscación, que en tal caso sería políticamente más sencilla.
El principal problema de las empresas argentinas es financiero. El crédito por parte de bancos locales es exiguo y se concede en condiciones poco favorables y casi siempre a corto plazo; el acceso al mercado de capitales mediante emisión de acciones u obligaciones negociables es casi inexistente. El acceso al crédito y al mercado de capitales internacional está cerrado para las empresas nacionales (como consecuencia del default del Estado y de muchas empresas privadas), pero no para las extranjeras, que cuentan en ese sentido con una ventaja competitiva importante que, en muchos casos, lleva a la venta de la empresa local a su competidora extranjera.
La oposición instalada en nuestra sociedad entre las finanzas y la economía real (o de la producción, como se dice ahora) que el ex presidente Duhalde planteó como base de su política económica y que se sigue planteando desde el Gobierno, ha sido fatal. Este concepto ha llevado, a principios de 2002, a destruir el sistema financiero mediante una irresponsable pesificación, seguida por el congelamiento de los depósitos y otras medidas. Nunca se cometieron tantos y tan graves errores juntos como a principios de 2002. Una economía moderna requiere, como condición sine qua non , un sistema financiero amplio y ágil. Los vicios que se critican al sistema financiero, en especial los intereses abusivos y el cortoplacismo, son una consecuencia de la escasez. Con abundancia de fondos, esto se corrige solo.
El problema que se plantea es, entonces, cómo avanzar hacia un sistema financiero más desarrollado, o sea, con un mayor volumen de depósitos, y cómo lograr la financiación más amplia y de plazos más largos para las empresas, teniendo en claro las limitaciones que plantea una historia que no podemos borrar de un plumazo. Una primera medida podría ser un blanqueo automático para fondos que se depositen por un cierto tiempo (¿6 meses?). Algo así se hizo en 1990. Esto debería extenderse a fondos colocados en títulos valores a través de la Bolsa local.
Pero más importante sería "bancarizar" a muchas pymes, que operan fuera del circuito bancario. Tienen dos problemas: si operan con pagos sobre cuentas bancarias corren peligro de embargos de la AFIP, de jueces laborales u otros. Los jueces suelen disponer el embargo incluso antes de la sentencia. Esto obliga a las empresas a operar en efectivo. Entonces, lo que debe hacerse es que por ley se disponga que las cuentas corrientes y de ahorro sean inembargables hasta un determinado importe (¿$ 500.000?). Pero luego hay que permitir que las pymes puedan incorporar bienes no declarados impositivamente a sus balances, para que puedan merecer créditos. Sería otro blanqueo.
Finalmente, hay que establecer una tasa menor del IVA para todos los pagos que se realicen sobre cuentas bancarias, tanto por cheque como por orden de pago escrita o electrónica, o por tarjetas de crédito o débito. En este último caso, esto ya existe. Todo esto aumentaría los depósitos a la vista. Cabe señalar que los depósitos en cuenta corriente son más estables que los de plazo fijo, de modo que una parte de los mismos se puede destinar a créditos a mediano y largo plazo.
Aparte de esto, debemos plantearnos el absurdo de que residentes argentinos, tanto personas físicas como empresas, tengan un patrimonio en el exterior superior a los 100.000 millones de dólares, de los cuales se supone que la mayor parte tiene liquidez, y que no puedan traer ese dinero al país. Porque en tal caso, deben pagar el impuesto a las ganancias, más eventuales intereses y multas, amén de que se puede plantear un problema penal. Para volver, esos fondos tienen que disfrazarse de capitales extranjeros, lo cual es absurdo.
En este momento, un retorno masivo de fondos crearía un problema, ya que aumentaría el saldo positivo del balance de pagos, que el Banco Central debe comprar para evitar el derrumbe del tipo de cambio. Pero lo que sí se puede hacer es permitir que se afecten fondos en el exterior no declarados a importación de bienes de capital, con un blanqueo automático. Durante los primeros gobiernos de Perón se implementó un sistema de importación "sin uso de divisas", que, en definitiva, era lo mismo que proponemos. Oportunamente habría que pasar a un blanqueo amplio.
Finalmente hay que recordar que mientras no se acuerde una solución con el Club de París en cuanto a la regularización de la deuda en default por más de 6000 millones de dólares, los institutos de seguro de crédito de exportación (Hermes en Alemania, Coface en Francia, etc.) no pueden asegurar créditos para financiación de exportaciones de maquinaria y equipos a la Argentina. Esto es un inconveniente serio para las empresas de capital argentino, ya que las multinacionales pueden dar una garantía en el exterior, con lo cual superan el inconveniente. Las ventajas que el Gobierno espera obtener con una actitud intransigente en las negociaciones no compensan el perjuicio ocasionado por la ausencia de crédito para financiar la importación de bienes de capital.
Por favor, ¡seamos más pragmáticos, tengamos más imaginación y seamos nacionalistas (y no estatistas) en serio!





