
La familia, comunicadora de valores
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CUALQUIERA sea el ideal de sociedad que se promueva o se aliente, siempre será necesario reconocer que la familia es el baluarte en el que se comunican los valores fundamentales de la vida. Las concepciones éticas que se aprenden en el hogar, al calor del afecto que agrupa a las personas vinculadas por lazos de parentesco sanguíneo o espiritual son las que más profundamente arraigan en el corazón humano y son -en la generalidad de los casos- las que sobreviven a los embates más severos, a las pruebas más duras.
El reconocimiento de la importancia que reviste el ámbito en el que los seres humanos reciben la primera formación moral remite a una verdad tan simple como esencial: la mayor riqueza de una sociedad son las personas . La expresó el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Bergoglio, en un artículo sobre "Educación y valores", publicado en La Nación el jueves último. Curiosamente, la misma idea madre estuvo latente en estos días en las declaraciones y en los testimonios de Nicholas Negroponte, el celebrado autor del "Ser digital" y director del Laboratorio de Medios del Massachussetts Institute of Technology.
Sugestiva coincidencia. Desde ópticas diferentes, dos personalidades aparentemente distantes entre sí confluyeron en el reconocimiento de una realidad que, en este tiempo, muchos parecen olvidar:el capital más preciado de toda civilización son las personas que forman parte de ella.
Hay, a juicio del actual titular de la arquidiócesis metropolitana, un ethos social imprescindible si realmente se quiere brindar educación a los seres humanos: familia, escuela, sociedad. De esos tres ámbitos de influencia, hay dos que son objeto de debate permanente: la escuela y la sociedad. De la familia, en cambio, se habla poco, a pesar de que su rol es tal vez el más decisivo.
La escuela es motivo constante de reflexiones, análisis y discusiones. Se entablan controversias a diario sobre cuál debe ser el objetivo de la instrucción que se imparte en el aula y se arriesgan hipótesis sobre cómo podría mejorar la relación maestro-alumno. Se discute acerca de cuáles deben ser los contenidos curriculares de la enseñanza y se intercambian opiniones sobre cómo se debería financiar la educación. Se habla, a menudo, asimismo, del lugar que el mundo de los valores debe ocupar en la enseñanza que se transmite en la escuela.
También los mensajes que los niños y los adolescentes reciben a diario de la sociedad son examinados con alguna frecuencia y, en muchos casos, enjuiciados con severidad. Se suele cuestionar el contenido de los envíos publicitarios y de las emisiones de radio o televisión y se advierte sobre el creciente grado de exposición de los niños y adolescentes a la presión de las redes electrónicas. Según el pronóstico de Negroponte -formulado en el contexto de la Expo-Management ´99- "a fin del año próximo Internet va a tener mil millones de usuarios". Es fácil imaginar hasta qué punto serán profundos e impredecibles los cambios culturales que se registrarán en la sociedad. Un dato que merece ser tenido especialmente en cuenta es que los niños y los miembros de la tercera edad, por su capacidad de tiempo ocioso, integran el sector social de mayor digitalización.
La influencia de la escuela y la presión de la sociedad informatizada sobre las nuevas generaciones son, como ya dijimos, objeto reiterado de debate. No se habla con igual frecuencia, en cambio, del que sin duda es el ámbito primordial para la formación de las personas: la familia. Por eso La Nación ha creído necesario ocuparse, por segunda vez en el año, en un suplemento especial, del grupo familiar y de los grandes y concretos desafíos que le toca enfrentar en este tiempo complejo y a veces contradictorio. Ese suplemento, que nuestro diario distribuye con su edición de hoy, aspira a suscitar una toma de conciencia sobre la misión del núcleo social básico y sobre la necesidad de que padres e hijos multipliquen sus oportunidades de comunicación y de diálogo, en conexión cada vez más profunda con el mundo de los valores.






