
La familia en tiempos de crisis
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En las épocas de crisis, la familia figura entre las instituciones sociales más amenazadas. Cuando en el seno de una sociedad arrecian las dificultades económicas y se multiplican los focos de conflictividad social, crecen también -por lo general- los desencuentros afectivos y se debilitan los lazos familiares. El resultado de ese proceso suele traducirse, como lo confirman las estadísticas, en un aumento preocupante del número de parejas que se disuelven y de familias que se desintegran.
El agravamiento del problema del desempleo y el inevitable ajuste que los grupos familiares deben introducir en sus gastos cotidianos para mantener su margen de subsistencia habitual erosionan, frecuentemente, las relaciones fundadas en el espíritu de pertenencia a un hogar común. En ese proceso de desintegración de la estructura familiar, el individuo pierde a veces perspectivas de futuro y queda reducido a un mero presente, encerrado en un círculo en el que los roles se desvirtúan y en el que suele aflorar una sensación de fracaso y de falta de horizontes. Inestabilidad, falta de diálogo, confusión y sensación de aislamiento, poca demostración de los afectos, cuando no violencia, son algunos de los síntomas que provoca la experiencia de vivir en una economía constantemente en riesgo.
Por supuesto, estas apreciaciones no deben conducir a reduccionismos y a generalizaciones que la realidad se encarga en muchos casos de desmentir. Existen abundantes testimonios -el periodismo los recoge a diario- de miembros de familias que han debido reducir al máximo su tren de vida y que, al mismo tiempo, han fortalecido su espíritu de unidad y hasta han multiplicado su despliegue solidario hacia la comunidad. Son las paradojas del mundo de los afectos, que se manifiestan también -con misteriosa intensidad- en tiempos de crisis, como el presente.
En muchos casos -con frecuencia cada vez mayor-, las familias o parte de ellas se ven obligadas a abandonar la mesa familiar para acudir a centros comunitarios que se encargan de su alimentación. Esto representa un nuevo desafío para el sostenimiento de la familia como unidad social básica de la sociedad. Se impone una reflexión acerca del modelo de sociedad que la crisis está alumbrando y, si es posible, un esfuerzo para investigar de qué manera podría atenuarse ese efecto social del actual proceso de declinación económica, especialmente dañino en el largo plazo.
La defensa de la familia debe ser una responsabilidad de toda la sociedad, pero especialmente de quienes están a cargo de la instrumentación de las políticas sociales y asistenciales. A ellos, junto con las organizaciones no gubernamentales que brindan invalorable apoyo en los comedores solidarios, les corresponde repensar el modelo de esos ámbitos comunitarios para que tiendan, en lo posible, a robustecer y no a debilitar la protección y la identidad de los grupos familiares.
Como hemos dicho otras veces, la familia está siendo revalorizada en el mundo no sólo por el rol que cumple en el plano de la contención emocional y afectiva, sino también porque desempeña funciones de sustancial importancia para la marcha de una sociedad. Encuestas internacionales han permitido verificar, por ejemplo, que el 50 por ciento del rendimiento de los menores en el ámbito escolar guarda estrecha relación con la mayor o menor solidez de sus lazos de pertenencia a un grupo familiar. Desde otro punto de vista, como también lo hemos dicho, la familia es valorada hoy en todo el mundo como la principal estructura de prevención del delito.
El Estado y las organizaciones sociales intermedias deben contribuir por todos los medios a que se mantenga la unidad del núcleo familiar en torno de sus valores primeros y a solidificar los lazos sobre los cuales se sustenta. Lo que no se logre en la comunidad pequeña será difícil de lograr en la sociedad ampliada.
A partir del núcleo social mínimo será siempre más fácil armar -en una sucesión de círculos concéntricos cada vez mayores- la trama solidaria que la Argentina necesita en esta hora en que crecen las incertidumbres y en que se hace tan difícil, a veces, mantener entera la esperanza.





