
La familia y el trabajo
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LA familia, como realidad connatural al hombre, experimentó cambios significativos en la segunda mitad del siglo XX. Por lo pronto, dejó de ser una comunidad de seres obedientes sujetos a una jerarquía dominante -como lo había sido, en líneas generales, durante muchos siglos- para convertirse en un ambiente en el que mujeres y hombres, grandes y chicos, se sienten reconocidos como personas en igualdad de tratamiento y de dignidad, mientras cada miembro del grupo construye libre y responsablemente su identidad más íntima y profunda.
Es cierto que en zonas marginales o enfermas de la sociedad sobreviven agrupamientos familiares signados por el autoritarismo, la violencia o la subordinación egoísta de unos miembros del grupo a otros. Pero en la evolución de las culturas identificadas con el respeto a la dignidad de la persona humana se ha impuesto la imagen de la familia como un núcleo social en el cual lo afectivo importa más que lo institucional y en el cual la educación de los hijos _cuando existen_ se encara sobre el respeto por la libre maduración de su personalidad, en un contexto de diálogo, afecto compartido y recíproca aceptación. De los remotos tiempos en que la elección del cónyuge estaba sujeta a la decisión paterna y la familia se basaba sobre una relación asimétrica entre el varón y la mujer, se fue evolucionando -al menos, en la aspiración moral de la sociedad- hacia una forma de organización en la que los padres comparten igualitariamente la responsabilidad del sostenimiento del hogar y de la educación de los vástagos.
Por supuesto, cuando se examina hoy el concepto de familia es necesario darle al término una acepción abarcativa. Debe incluirse en el análisis, con especial consideración e interés, a los grupos familiares que tienen al frente a una mujer sola -o a un hombre solo- y a los múltiples casos de hogares en los que la ausencia de padres de sangre es compensada por quienes los sustituyen sabiamente en el afecto y la responsabilidad.
Más allá de esos cambios evidentes, la familia padece en este tiempo agudos problemas económicos o de organización. Uno de los más graves es el que se refiere a la dificultad con que muchas mujeres y muchos hombres tropiezan para armonizar el trabajo con la vida familiar. Esa clase de conflictos afecta la salud personal y familiar de crecientes sectores de la población. De no generarse soluciones realistas y eficientes desde las macropolíticas laborales y económicas, y desde las micropolíticas empresariales, pueden dañarse las estructuras básicas de la sociedad y degradarse zonas esenciales de la convivencia comunitaria.
Uno de los signos de ese posible deterioro de la vida social ya ha aflorado, en parte, en nuestro medio: la violencia juvenil aparece a veces como un emergente del debilitamiento de los vínculos familiares, reflejado en el hecho de que muchos niños y adolescentes se crían solos , sin un contorno afectivo que los apoye y los contenga.
Estudios estadísticos realizados en los Estados Unidos reflejan el grado de conflictividad que genera la dificultad para conciliar la dedicación a la familia con la consagración al trabajo. Una encuesta de 1987 determinó que en varias ciudades norteamericanas el 25% de los empleados con hijos menores de 12 años se sentía impedido de atender al cuidado de sus niños y eso se reflejaba en ausentismo, menor concentración laboral, llegadas tarde al trabajo e insatisfacción conyugal y paternal.
Un sondeo similar de 1992 permitió verificar que un tercio de las personas en relación de dependencia se mostraba, en general, preocupado o perturbado por la desatención que sufrían los hijos cuando ellos estaban trabajando.
La respuesta a esos conflictos provino en muchos casos del propio campo de las empresas privadas, que se preocuparon por adecuar sus regímenes de trabajo para descomprimir la angustia de los empleados con hijos menores. Así lo demostró un sondeo realizado en los Estados Unidos en 1993. El 57% de las empresas creó relaciones de trabajo "part time" con el fin de que los empleados pudieran dedicarse más a su grupo familiar. El 29% estableció horarios flexibles, que permiten a los trabajadores regular sus horas de entrada y de salida. El 44% admitió que ciertos días los empleados trabajen menos horas con el compromiso de reponerlas al día siguiente. Hubo también empresas que flexibilizaron el lugar de trabajo -permitiendo que ciertas actividades se cumplieran en el hogar-, establecieron mayores asignaciones para ayudar a financiar el cuidado de los hijos o crearon guarderías, dentro o fuera de la empresa.
Estadísticas posteriores revelaron las ventajas sociales y laborales derivadas de la aplicación de esas políticas familiares amigables . Organizaciones especializadas se encargaron de difundir con amplitud los nombres de las empresas que adoptaron esas conductas y hasta existe un ranking de empresarios que pusieron empeño para solucionar la situación familiar de sus asalariados.
El ideal de una sociedad más profundamente humana en el siglo XXI requiere el reconocimiento y la tutela convergentes del Estado y del sector privado en la protección del grupo familiar. Es fundamental instalar en la sociedad una reflexión profunda acerca del valor de la familia y de la necesidad de generar condiciones que alivien la tensión entre el trabajo y el cuidado de los hijos que quedan en el hogar.
Es importante que la sociedad se sienta integrada por familias y no sólo por individuos. Un país sano, libre de violencia y corrupción requiere de estructuras sociales de esa clase. Familias fuertemente integradas son la base necesaria de una sociedad moral y físicamente saludable. Ni el sector público ni las empresas deben rehuir la responsabilidad de trabajar para ese objetivo.





