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La farandulización del Estado

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
Se dirá que este fenómeno ya quedó consagrado en los noventa, cuando muchos artistas y deportistas reconocidos comenzaron a saltar a la política de la mano de Menem
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16 de diciembre de 2013  • 22:04

La farandulización del Estado, como se sabe, fue un invento de Perón. En 1967, tras una medulosa investigación, Hugo Gambini reveló en la revista Primera Plana cómo había hecho Perón para mimetizar el predicamento de las estrellas del espectáculo con el peronismo. Gambini no sólo consiguió entonces los testimonios de grandes actores y actrices de los años cincuenta, sino también la versión del propio Raúl Apold (fallecido en 1980). En la excelente biografía de Apold que este año publicó Silvia Mercado (bajo un título, quizás, algo exagerado, "El inventor del peronismo") se reconstruye con minuciosidad todo el aparato de propaganda montado por quien fuera, según el mote preferido por los antiperonistas, el Gobbels argentino. Pero lo notable cuando se relee Primera Plana (que alguien se tomó el trabajo de subir a Internet) es la sensación que se tiene de estar leyendo una revista actual de algo que sucedió la semana pasada.

La farandulización del Estado, como se sabe, fue un invento de Perón.

El tema viene a cuento de la celebración de los 30 años de democracia , con una Casa Rosada más engalanada por Moria Casán y Sofía Gala , junto a las celebridades habituales, que por el brillo de líderes sectoriales y representantes institucionales. ¿Dónde estaba la primera fila de los líderes de los partidos políticos, "instituciones fundamentales del sistema democrático", según suscribieron en 1994 los constituyentes Kirchner? La idea del Gobierno de invitar, por primera vez, a los presidentes anteriores chocó con previsibles desplantes, lo cual quedó subrayado en la solitaria presencia de Fernando De la Rúa y del fugaz Rodríguez Saa, los más sedientos de reconocimiento. Casi ningún gobernador pudo asistir, no hizo falta preguntar por qué: a la hora del festejo la mayoría de las provincias estaba en llamas . Tampoco hubo líderes parlamentarios, como no fueran los del partido oficial. Ni estuvieron los principales dirigentes empresarios y sindicales ajenos al elenco kirchnerista. Pero eso sí, hubo farándula, exceptuadas también –regla, se ve, multisectorial- las figuras que criticaron en público al Gobierno.

Los saqueos y las policías alzadas, las muertes que para el Gobierno no justificaron suspender ninguna celebración colectiva ni baile presidencial, se llevaron toda la atención, como correspondía. De modo que el avance de la farándula sobre territorio político institucional no pudo ser comentado más allá de los programas de chimentos, que lo celebraron con el entusiasmo de quien triunfa en nuevos mercados.

En un momento tan trascendente como el del 30° aniversario de la democracia, los "famosos" tuvieron más presencia simbólica que los desplazados representantes y dirigentes sociales

Se dirá que este fenómeno ya quedó consagrado en los noventa, cuando muchos artistas y deportistas reconocidos comenzaron a saltar a la política de la mano de Menem. Sin embargo, además del salón VIP incrustado en la Casa Rosada a la manera de los locales nocturnos de alta gama, hay ahora dos novedades significativas. Una es que ya no se trata de un fenómeno electoral, de temporada, concentrado en ponerle glamour a las listas sábanas pobladas de políticos ignotos. Y la otra, que la farándula ya no suma, sustituye. En un momento tan trascendente como el del 30° aniversario de la democracia, los "famosos" tuvieron más presencia simbólica que los desplazados representantes y dirigentes sociales. Tal vez se trate del modelo. El modelo de exclusión por sustitución de instituciones.

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