
La filosofía y el incierto futuro
Por Víctor Massuh Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Pensadores argentinos y extranjeros se reúnen en Córdoba, desde hoy y hasta el sábado, en un congreso convocado por la Sociedad Argentina de Filosofía que preside la infatigable doctora Judith Botti de González Achával. El tema central este año será La idea del ser humano en la perspectiva del siglo XXI .
La propuesta es acuciante. Por distintas vertientes se perciben la crisis del intelectualismo y la consiguiente impresión de que las ideas escasamente guían el carro de la Historia. El siglo XXI ahonda la tendencia al activismo y sus excesos: la locura fanática, el desenfreno de las apariencias y la orgía instrumental de la técnica. Se diría que las grandes ideas filosóficas, religiosas y sociológicas tienen hoy un reducido protagonismo. Acaso no existan o estén en eclipse; como fuere, tienen una audiencia magra y su poder es casi nulo en un mundo perplejo y desorientado que encontró atrayentes sustitutos para marchar sin ellas.
Lo cierto es que esa marcha da la sensación de los tambaleos de un borracho. Los grandes pragmáticos de hoy, los dueños del éxito, la nombradía, el poder mediático y el dinero consultan a los interlocutores más próximos: expertos, economistas, periodistas, pero sobre todo a los astros, los dados del azar y los caprichos del instante. El futuro es incierto y resultan poco confiables los sencillos diagnósticos de la razón, que siempre contempla el horizonte y apuesta por metas lejanas.
¿Lo lejano, lo venidero, el siglo XXI? Son temas de adivinos y no de filósofos, de entretenidos autores de ficción y no de profetas, de ecologistas empeñosos y no de biólogos y poetas, únicos expertos veraces en cuestiones de la naturaleza. Porque es el futuro lo que arriesga quedar aplastado por los nuevos fanáticos de la innovación tecnológica aliada al gigantismo planetario. Importa su rescate: no dejar a los que vendrán una Tierra convertida en depósito de desperdicios; que el conocimiento no se empobrezca por abundancia de información; que los inteligentes misiles que vemos en la televisión no terminen por convencernos de que es indolora la destrucción de ciudades.
¿Dónde está, en todo eso, la dimensión del futuro como aventura y búsqueda o como redimible prolongación del tiempo?
Algunos piensan que si las ideas ya no conducen el carro de la Historia es porque, sencillamente, son escasas. No creo que la solución radique en promover su abundancia, que en realidad ya existe. Institutos, universidades, casas editoras, mercado gráfico y televisivo, comentaristas brillantes, textos colectivos, mesas redondas en las que se vuelcan los mil matices de la complejidad: todos ellos ofrecen un inmenso espacio donde las ideas filosóficas, religiosas y sociológicas confrontan con suerte variada.
¡Bienvenida esta abundancia de las ideas! Pero se interrumpe el diálogo, se cierra el libro o silencia el televisor, y a otra cosa. Estallan entonces las mil mordeduras de una actualidad que, por ganar espacios, genera el olvido. El diario de ayer -como se ha dicho- es ya demasiado viejo para recordarlo. De aquella violencia que nos indignaba hoy sólo nos queda una confusa molestia, una reactividad anestesiada por la saturación. La audiencia no ha sido sensiblemente rozada por el influjo de las ideas y la realidad histórica revela ser movida por otros intereses, banalidades o urgencias.
Sin embargo, ¡bienvenido sea el quijotismo de la filosofía! Sería un error bajar los brazos y renunciar al cultivo de las ideas, ya sea como acto de contemplación o como compromiso, como pura teoría o como praxis. Sean escasas o abundantes, ya se encierren en la torre o se les ocurra callejear mediáticamente, las ideas deben insistir en su oficio, extremar la autoexigencia aunque el teatro se halle vacío. Es en tales momentos de soledad cuando ellas deben aumentar de espesor, buscar la hondura más que la comunicación, la dificultad más que la facilidad.
No importa si el discurso se ha enrarecido. Sí importa que, huyendo de la facilidad, no caiga en el obtuso autismo de la incomunicación. Las ideas que cambiaron el mundo no fueron fáciles. No lo fueron Crítica de la razón pura , El contrato social , Ensayo sobre el entendimiento humano , Fenomenología del espíritu , El capital , Así habló Zaratustra ni Ser y tiempo . Esos textos sin condescendencia se abrieron paso y cambiaron el mundo. En circunstancias con frecuencia muy adversas, sus autores crearon un espacio de soledad, silencio, concentración, beatitud, futuro. Hoy urge defender esas figuras de la mente porque son la vela de armas de una nueva aventura de las ideas. El interés escaso de las audiencias puede contribuir a darle a esa aventura una mayor libertad de movimientos.
La inclinación por la filosofía no implica volver la espalda a esa realidad virtual que se nos da a través de inteligentes aparatos con sus redes lanzadas al ciberespacio. Pero una vez agotado el comercio útil con las apariencias, ¿no se impone ocuparnos de la realidad última ? La filosofía, en estos casos, tiene la palabra. Por supuesto, ella no puede dejar de navegar en un océano de datos e imágenes que, para mayor prodigio, cabe en la pecera de una computadora. Sus aguas traen de todo, riquezas e inmundicias, y esta misma mezcla obliga a la distancia y a una selección hecha desde afuera, en la tierra firme de valores que no emerjan del mensaje electrónico.
Como en toda conquista del ser humano, es preciso que éste no sea un instrumento del instrumento ni un esclavo de sus creaciones aunque le parezcan propicias para la conquista del mundo. En suma, volver a ejercitar ese no, ese poder de la negación que está en el origen de lo humano, en el nacimiento del yo individual, del sujeto creador, y que es punto de partida. Me refiero a esa voluntad autónoma, un círculo propio, un reino donde la realidad no es una ficción ni un fantasma, sino un cuerpo, una resistencia, un juego nada virtual, sino vivido cara a cara, en la inmediatez del otro adverso y complementario. No invoco otra cosa que la práctica de la libertad: eterna aventura del ser humano que crea medios para alcanzar sus fines, aunque suela quedar prisionera de los medios.
Estos fines de la libertad no son distintos de los que trazó la civilización desde sus albores: la verdad, la belleza, el bien y lo sagrado. Quienquiera aspire a alguno de ellos y lo haya alcanzado, es un hombre libre. Ha llegado a metas absolutas, aunque sus contenidos temporales varíen, padezcan eclipses, reclamos de innovación o se opaquen en la caducidad.
Pero esas metas son las únicas permanencias que no implican una detención de la Historia: reviven una y otra vez en tiempos distintos y aseguran la continuidad de una magna hazaña planetaria, cualquiera sea su sentido.
Es preciso recuperar la vivencia del futuro como aventura, indeterminación y esperanza. Su imagen está bastante maltrecha por las urgencias de un presente que se prolonga en visiones apocalípticas. Esas visiones producen terror y llevan a la mente humana a buscar refugio en el pasado que se idealiza, o en utopías estimuladas por la magia tecnológica. Buena parte de la creatividad cultural prefiere, por lo tanto, ser rememorativa en unos casos y escapista en otros, mucho más que proyectarse en la exploración de caminos nuevos. El anticuario y el utopista con frecuencia van juntos en el bloqueo del futuro.
Abrir las puertas al porvenir en el plano de las ideas no es un modo oblicuo de edulcorar sus viejas prisiones: las filosofías de la historia, las indagaciones sobre su sentido, los vaticinios macroeconómicos, el trazado de tendencias, las utopías y los milenarismos. Expresiones todas de un determinismo que invirtió el orden de las causas y las remitió al futuro. El resultado no fue otro que la negación de la libertad humana, del poder soberano de la voluntad para ir creando, a cada instante, los perfiles del mañana, aun reconociendo que éste tiene su propia autonomía, un arbitrio incognoscible.
Creo que el futuro abre sus puertas a la filosofía cuando se lo indaga no como sentido y meta de la Historia, sino como tarea del presente histórico. Es decir, cuando el futuro es un horizonte que acompaña a la acción inminente. Es lo lejano en el tiempo, pero halla sus raíces en la inmediatez de la voluntad humana. Por ello, necesita de un voluntarismo ontológico , esto es, de un querer que el futuro exista. Porque son muchos los signos de su debilitamiento, la pérdida de su efecto como estímulo de la vida. Y además, ¿es acaso impensable que la vida de pronto decidiera un rechazo, un retroceso, un refoulement genético-metafísico que anegara sus fuentes e impusiera otra vez la nada y el olvido?
Hace unos años vi Así en la tierra como en el cielo , un film alegórico de Marion Hansel, genial directora belga. La protagonista (una admirable Carmen Maura) era una mujer encinta que seguía en los diarios una extraña información sobre crecientes casos de embarazadas que no podían dar a luz. El asunto le concernía. Cuando llega a entablar un diálogo con la criatura que lleva en su vientre, constata una rebelión de la especie: los niños por nacer no quieren entrar en un mundo que envenenó el futuro y no asegura su continuidad. La madre encuentra palabras que persuaden a nuestro embrión-filósofo: el futuro también nace con él y toda criatura, todo acto creador, son recursos contra el apocalipsis.
Expreso mi pensamiento con la alegoría de Marion Hansel. Empeñados en sacar el mayor provecho del "tiempo que pasa", ¿no estaremos debilitando la atención exigida por el "tiempo de la espera", es decir, el del alumbramiento, la llegada de la buena nueva, la entrada de lo inédito, lo no expresado aún? Me refiero a ese instante en que la contemplación más quieta se confunde con la tensión más viva de una voluntad que quiere que el futuro exista.





