
La fotografía periodística
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Está comprobado que los lectores de diarios y revistas suelen retener en sus memorias las imágenes fijas de un acontecimiento antes que el acontecimiento mismo. Hay un ejemplo clásico: la fotografía de una niña huyendo de un bombardeo con napalm quedó en la retina de muchas personas como el testimonio más potente de la guerra de Vietnam. En esa imagen estaba más vivo el horror de la guerra que en muchos textos cargados de descripciones estremecedoras.
Hoy más que nunca la fotografía de prensa es información vital. Con su lenguaje expresivo cada vez más rico y sugerente, ha instalado un discurso conceptual cuya amplitud compite con los inagotables recursos del texto escrito y a veces lo supera en elocuencia e intensidad. El clásico periodismo de diarios y revistas sale cotidianamente a la calle para hacerse cargo de una realidad muchas veces convulsionada y agobiante. Los reporteros gráficos -"fotoperiodistas" en el lenguaje más reciente- enfrentan con sus cámaras un mundo polémico y doloroso con una voluntad de servicio que muchas voces llega a poner en riesgo sus vidas.
Es frecuente que una foto genere por si misma el contenido de una nota periodística. Juntas, palabra e imagen dan pie, en múltiples casos, a esa comprensión profunda que constituye el horizonte racional y emotivo del muy exigente lector de nuestros días. La imagen fotográfica permite que captemos de manera sustancial el conflicto social que nos rodea. Con la ayuda insustituible del fotoperiodismo descubrimos, por ejemplo, la angustia de los que no tienen trabajo, de quienes no pueden dar de comer a sus hijos y buscan comida en la basura. Y también el drama de quienes no pueden sustentar ya la vocación de ser argentinos y parten a buscar refugio en otras tierras, dejando a sus espaldas memorias cuajadas en placas que retendrán para siempre las lágrimas de la despedida.
Suelen ser las imágenes antes que las palabras las que traen el sentido de la inseguridad, de la violencia absurda, de las hipocresías de algunos y de la indiferencia de otros. Y son ellas también las que nos introducen en relatos humanos que reconfortan y dan un respiro en éstos días de angustias o zozobras generalizadas.
La fotografía de prensa es un lenguaje en sí, al margen de su extremo valor complementario. Lo es, sobre todo, por la poderosa capacidad de comunicación que posee la información visual y por su aptitud para encadenar reflexiones y provocar asociaciones que iluminan la realidad y ayudan a comprenderla mejor.
En la Argentina hemos tenido coberturas gráficas de primer nivel, como las que registraron los trastornos que acompañaron la renuncia del presidente Fernando de la Rúa y las que dejaron, en distintos momentos, el testimonio de enfrentamientos y violencias. O bien, en un plano muy distinto, la de la sesión del Senado en la cual una cámara atrapó el momento en que Raúl Alfonsín recibía un papel con anotaciones.
Los trágicos hechos en los que perdieron la vida Darío Santillán y Maximiliano Kosteki se volcaron en fotos desencadenantes de una crisis política cuyas consecuencias todavía están por verse. En esos trances -como en otros muchos- las instituciones y la protección de los derechos de las personas han tenido como reaseguro, en muchos casos, la lente de una cámara. La sociedad debe reconocer estos aportes del periodismo y recordar que fueron posibles por la voluntad, el arrojo o la imaginación de un reportero gráfico.





