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La frustración tecnológica

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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15 de abril de 2016  

Durante una entrevista reciente en el ciclo "Conversaciones en LA NACION", Lino Barañao, el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva se quejó de que a la ciencia local no le atrae incursionar en la última parte del nombre de su ministerio: la "innovación productiva". "Apenas el 5% de los investigadores se dedica a la aplicación del conocimiento", dijo.

Queda claro que el intento de extraer el valor económico y social de los descubrimientos no es nuevo ni depende únicamente de la disposición de los científicos. En De los quipus a los satélites. Historia de la tecnología en la Argentina (publicado por la Universidad Nacional de Quilmes Editorial, en 2011), "Tomy" Buch, una de la figuras legendarias de Invap, y Carlos Solivérez, editor de la Wiki Enciclopedia de Ciencias y Tecnología en la Argentina, ambos ex docentes del Instituto Balseiro, mencionan que los países centrales lo advirtieron pronto y actuaron en consecuencia: la Royal Society británica data del siglo XVII; el National Research Council, de Canadá, y su equivalente australiano, de 1916; el Centre National de Recherche Scientifique francés, de octubre de 1939, un mes después del estallido de la Segunda Guerra Mundial, y en los Estados Unidos ya existían muchas iniciativas de apoyo a la investigación cuando se creó la National Science Foundation, en 1950.

Incluso en nuestro medio, ya a fines de los 70 se discutía sobre un desarrollo económico basado en la ciencia y la tecnología. Es decir que hace décadas que se habla sobre el tema, pero por distintas razones no se encuentran las vías para traducir esta idea en hechos concretos en gran escala.

Instituciones como el MIT o la Sociedad Max Planck, por ejemplo, logran convertir en oro mucho de lo que descubren en sus cápsulas de Petri. El primero tiene una oficina de transferencia de tecnología que crea más de 120 empresas por año. Según una publicación de la segunda que tiene un par de años, el trabajo de sus investigadores se tradujo ya en más de 3000 invenciones que dieron lugar a 1800 acuerdos de comercialización y 260 millones de euros por licencias.

Buch y Solivérez hacen un minucioso e interesantísimo recuento de los aportes tecnológicos atribuidos a argentinos o a la Argentina, y llegan a la conclusión de que los que tuvieron difusión mundial han sido verdaderamente muy pocos. Entre ellos, claro está, figura el bolígrafo, diseñado por el inmigrante húngaro Ladislao Biro y patentado como "Birome".

Los que sí podrían considerarse genuinos desarrollos locales son el primer sistema dactiloscópico para la identificación de las personas, de Juan Vucetich; la primera cosechadora automotriz del mundo, desarrollada en 1929 por Antonio Rotania, de Sunchales, Santa Fe; la introducción del citrato como anticoagulante para transfusiones sanguíneas, por el doctor Luis Agote, en 1914; la invención de la primera reacción eficaz para el diagnóstico precoz del embarazo, basada en un descubrimiento de Eduardo de Robertis y desarrollada por Carlos Galli-Mainini, en 1942, y los numerosos instrumentos quirúrgicos inventados por Enrique Finochietto, que todavía se usan.

Varias contribuciones de argentinos se hicieron en el exterior. Una poco conocida fue la del ingeniero Pateras de Pescara, nacido en la Argentina, de padres italianos, que hizo aportes muy importantes en el desarrollo del vuelo con "alas rotatorias" (es decir, los helicópteros), se los ofreció al gobierno argentino, pero fue rechazado. También está la primera válvula encefálica desarrollada para permitir el drenaje de líquido cefalorraquídeo en los casos de hidrocefalia, desarrollada por Raúl Carrea; los anticuerpos monoclonales, descubiertos por César Milstein (que no los patentó y por los que jamás recibió retribución económica alguna); el bypass, desarrollado por René Favaloro; el stent, debido a la creatividad de Julio Palmaz, y la técnica quirúrgica para el aneurisma de aorta abdominal de Juan Carlos Parodi.

Hoy se incursiona en satélites, radiofármacos y reactores nucleares. Pero para tomar sólo el stent y los anticuerpos monoclonales, es fácil imaginar las inmensas ganancias que generó su uso universal. A veces, cuando se escuchan lamentos por la ceguera de quienes no advirtieron las potencialidades del astro del fútbol, Lionel Messi, uno piensa en la cantera de talentos que hoy están germinando en el país y que, sin condiciones favorables, se marchitarán o entregarán sus frutos en otros hemisferios...

Por: Nora Bär

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