La gran decepción

La crisis argentina, sumada a los problemas que viven otros países de la región, contribuye a alimentar fantasmas tales como el fracaso del neoliberalismo, el retorno del populismo y la falta de financiamiento externo
Jorge Elías
(0)
27 de enero de 2002  

SANTIAGO, Chile

De lejos, la Argentina parece un circo abandonado. Librado a su suerte: el elefante (Estado) se escapó, las bailarinas (inversiones) están en suspenso, las coristas (reservas) se esfumaron, el mago (Cavallo) fracasó en su segundo acto, el trapecista (Rodríguez Saá) cayó sin red y los payasos (políticos en general) viven al acecho de una legión de fieras que, con cacerolas batientes, haría fila y superaría récords de taquilla con tal de lincharlos.

Crudo espectáculo, coronado con el mote de república bananera, símil de Haití, por The Wall Street Journal. Con un poder, aparentemente domado, o contenido, por un gobierno no legitimado como Dios manda, que no logra destrabar créditos económicos. Ni de los otros. Y, cual faquir, obtiene como réplica del director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Horst Kšhler, una odiosa promesa de mayor sufrimiento. Una cama de clavos, en definitiva.

La crisis argentina, con el disparate interno y externo como falla de origen, ha atenuado, en cierto modo, el impacto de otras acrobacias, o focos de tensión, de América latina, pero, a su vez, ha encendido señales de alerta. O de alarma: habrá menor disponibilidad de financiamiento para los mercados emergentes y, al mismo tiempo, mayor peligro de propagación del cacerolazo como protesta anárquica, en los arrabales de la democracia, ante casos de desgobierno, de corrupción o, tal vez, de hartazgo.

Con el populismo, cual pasión de multitudes, como estigma. O amenaza. Por más que una de sus últimas adquisiciones, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, enfrente marchas y contramarchas con cacerolas tan abolladas como en Buenos Aires.

Mete miedo, en los círculos de poder de Wall Street (Nueva York) y de Main Street (Washington), que el ejemplo cunda. Miedo, o reparos, que generan Eduardo Duhalde, por representar la línea más aferrada a los valores del peronismo en contraste con la metamorfosis de Carlos Menem, y Luiz Inacio da Silva, Lula a secas, candidato por cuarta vez por el Partido de los Trabajadores (PT) a la presidencia de Brasil. Miedo, más fundado acaso, que genera, también, el limbo en el que entró el diálogo de paz encarado por Andrés Pastrana, desde 1998, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), así como los reclamos sociales crecientes de Norte a Sur. Y viceversa.

Reflejados, en 2001, en la encuesta anual Latinobarómetro: seis de cada 10 personas pensaban que la situación económica era mala, siete de cada 10 estaban convencidas de que su destino dependía de rachas, no de nuevas políticas, y ocho de cada 10 consideraban injusta la distribución del ingreso.

El mismo Banco Interamericano de Desarrollo (BID), auspiciante del sondeo en 17 países desde 1995, no tenía respuesta para la pregunta crucial: ¿cómo puede haber una tasa de insatisfacción tan alta a pesar del crecimiento de las economías, por modesto que haya sido, y del aumento del gasto social impreso en la última década?

En la cuerda floja

"No hay una política macroeconómica de derecha y una de izquierda -dice el presidente de Chile, Ricardo Lagos, en una entrevista con LA NACION-. Hay una política macroeconómica en la que las cuentas tienen que ajustar. Eso permite crecer. En la década de los noventa, nosotros doblamos el producto. El problema no es doblar el producto, sino que llegue a todas las regiones, a todos los sectores, cosa que no hará el mercado. El mercado invierte donde ya hay riqueza, ingresos y cierto desarrollo. El papel de la política pública es restablecer los equilibrios."

Equilibrios que Lagos notó que estaban en la cuerda floja desde el momento en que, por mera curiosidad, preguntó a un grupo de mujeres de una comunidad humilde, durante un acto de campaña, cuántos de los hijos de ellas iban a jugar con la computadora a la casa de los abuelos. Lo miraron con extrañeza. Con caras de: "¿De dónde salió este tío?", según él.

En contraste con la actitud de sus nietos: "Llegan a casa, me saludan corriendo con un "hola, abuelo", y van a jugar con la computadora -dice Lagos-. ¿Qué país es éste si los nietos del presidente tienen acceso a la computadora y los otros no? Los hijos de esas mujeres iban a quedar desnivelados respecto de mis nietos. Por eso creamos, una vez en la presidencia, la Red de Enlace. Es decir, en cada escuela hay una computadora".

¿Alcanza? Recordaba Terence Todman, embajador de los Estados Unidos en la Argentina entre 1989 y 1993, que su primera impresión de Buenos Aires no había sido la mejor: "Cuando llegué, la gente me miraba con extrañeza porque quería pagar con tarjeta; no había crédito para nada. Y existía una profesión que ya desapareció: los arbolitos parados en las esquinas (vendedores clandestinos de dólares)".

Promediaba mayo de 1997 mientras dialogaba con LA NACION en un hotel de Washington. En el Día del Servicio Exterior, el Departamento de Estado había premiado la contribución de Todman a la relación bilateral, maltrecha durante casi un siglo. Estaba radicado en Tampa, Florida, y era director de Aerolíneas Argentinas y de The Exxel Group. Menos de cinco años después, crédito no hay (las tarjetas siguen siendo aceptadas con restricciones) y reaparecieron, o resucitaron, los arbolitos.

¿Recuerdos del futuro? Un error de cálculo: la idea, alentada por el gobierno norteamericano vía FMI, era abrir la economía y reducir el Estado, de modo de seducir capitales extranjeros. Todo bien, conteniendo la faz social y fomentando la competencia, pero hubo un exceso de confianza. O, quizá, la ingenua intención de ser los Estados Unidos, con el dólar y el peso de igual a igual, en lugar de conservar el interés nacional en determinadas áreas, como México con su petróleo, y de beneficiarse con otras.

Privatizado casi todo, con una moneda sobrevaluada en desmedro de las exportaciones, la Argentina entró en colapso por falta de reservas. O de coristas. En ingrata coincidencia con la política de austeridad del FMI.

El show debe continuar

No contagió inicialmente a otros países, pero las esquirlas, cual granada, comenzaron a sembrar pánico en el vecindario. Inestable. Como el pronóstico del tiempo. En menos de un año habrá elecciones en Brasil, Colombia, Ecuador y Bolivia. Y los cambios, por más democráticos que sean, acarrearán decisiones sobre aspectos fundamentales que, si triunfa Lula, por ejemplo, influirán indefectiblemente de Sur a Norte. Y viceversa. En vísperas del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Con bloques regionales, como el Mercosur, que, entre tiranteces, deshacen camino al andar.

El tedio llegó demasiado pronto a una región desacostumbrada a otra cosa que no fueran los comunicados militares. En la mayoría de los casos, el principio rector ha sido la crítica a la política neoliberal durante la campaña electoral y, una vez en el gobierno, la profundización de la agenda neoliberal. Que, en general, se ha visto atesorado por tres oleadas:

  • La primera, dubitativa, en los 80, después de las dictaduras.
  • La segunda, a finales de esa década, con un bisturí más filoso en el ajuste y en el libre mercado que ha dejado como saldo países modernizados, no modernos, y la deuda de la prosperidad prometida.
  • La tercera, caracterizada por transiciones traumáticas e índices de popularidad en baja en las que campea la herencia de corrupción, augura, en principio, más políticas neoliberales. Pero está signada por una creciente demanda social en un mundo que reniega de la globalización, pero que, al mismo tiempo, no puede, ni quiere, salir de ella. ¿Populismo, dijo?
  • "No digamos el fin o el ocaso, pero los debates ideológicos más suavizados hacen que la diferencia entre los unos y los otros sea más tenue y, por lo tanto, ese elemento induce a pensar que da lo mismo quién esté en el poder -dice Lagos-. No puedo estar más en desacuerdo. Hay una forma de pensamiento conservador que cree que las sociedades se organizan de acuerdo con el mercado y otros que pensamos que las sociedades se organizan de acuerdo con el deseo de los ciudadanos."

    Chávez, íntimo de Fidel Castro, llegó al poder como Perón: por medio de elecciones. En su caso, después de haber intentado derrocar, en 1982, mientras era paracaidista, al gobierno de Pérez. En Perú, un economista de rasgos mestizos como Toledo vino a ser la consecuencia de la década de autoritarismo y de corrupción, con presunta fachada democrática, del tándem Fujimori-Montesinos.

    En otros tiempos, los Estados Unidos hubieran ido al rescate de un país en aprietos, más allá del riesgo político y económico, que entrañan las medidas unilaterales. Pero Bush no es Clinton, los republicanos no son los demócratas, el Obelisco no son las Torres Gemelas y, a los ojos de Washington, la Argentina no es México. Ni Turquía, con su posición estratégica en la vieja Europa. Ni Rusia, ni Tailandia. Parece, de lejos, un circo abandonado. Librado a la suerte de sus fieras y de sus payasos después de haber contado, y gastado, sus mejores chistes: blindaje, megacanje, déficit cero, corralito...

    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?