
La guerra de las carnes
Por Guy Sorman Para La Nación
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PARIS
EN nombre de las vacas, los franceses, o al menos los que nos gobiernan, libran una guerra pantagruélica contra los alemanes. Y, ¿por qué no?, mañana será contra los británicos y la aftosa, y pasado mañana contra los belgas y sus pollos. En verdad, no solo están enfermos nuestros animales: toda la política agrícola europea es tóxica. En vez de perpetuarla con subsidios (prueba de nuestro encarnizamiento terapéutico), más valdría admitir que esta política europea es, en gran parte, la causa de las epidemias actuales.
Como es sabido, desde hace cuarenta años Europa aplica la mitad de su presupuesto a sostener los precios de producción, alentando a todos los agricultores a producir cada vez más, sin preocuparse por la calidad, la preservación de los suelos y la especialización. Siempre más: no importa qué, con tal de maximizar los subsidios. No podríamos censurarlos: han actuado en forma racional para sacar el mayor provecho de un sistema absurdo. El resultado es desastroso; las epidemias son solo la coronación de un balance de por sí sombrío.
Incentivos peligrosos
De hecho, ¿a quién ha beneficiado esta política europea? Los consumidores pagan más de lo que deberían por sus alimentos, a causa de la protección del mercado. Los gastrónomos ven desaparecer los sabores, perseguidos por el afán productivo; la comida basura es una consecuencia directa de la Europa agrícola. Los ecologistas y los amantes del paisaje ven desaparecer setos y bosquecillos; seguimos arrasando (y erosionando) para aumentar la producción, con lo cual fomentamos las inundaciones que afectan el oeste de Francia. Quienes no beben agua mineral sino de la canilla deberían inquietarse por la cantidad de abonos y pesticidas que las plantas depuradoras no logran eliminar Cada vez hay menos agricultores y, paradójicamente, su nivel de vida se ha degradado frente al del resto de la población. Se han transformado en funcionarios de la Unión Europea, poco incentivados a innovar, y sus hijos abandonan la tierra. Las vacas también son víctimas de este productivismo subsidiado que no apoya la calidad. El proteccionismo europeo y sus subsidios asfixian a los campesinos de países pobres que no pueden vendernos su producción: esto es una inmoralidad. Por último, todo lo pagan los contribuyentes. ¿Por qué perpetuar esta locura burocrática? La crisis de la vaca loca es grave. Ojalá sea definitiva y nos incite a reorganizar la agricultura europea sobre nuevas bases.
Estas deberían tomar en cuenta la globalización del comercio, los avances biotecnológicos, la conservación del paisaje, los intereses de los agricultores, los deseos de los consumidores y las ventajas comparativas de las naciones europeas. Hemos ingresado en un nuevo mundo agrícola donde la especialización interesa a todos. Así, los canadienses, estadounidenses y argentinos son, evidentemente, los países mejor situados para producir y vender trigo o maíz; además, gracias a los transgénicos, tienen la ventaja de aumentar su productividad con las garantías sanitarias que da el menor uso de pesticidas. Los argentinos son los mejores productores de carne de calidad. Ellos y los brasileños son imbatibles para la soja; Europa podría alimentar con ella su ganado, en vez de las harinas de origen animal.
En suma, la apertura de nuestras fronteras nos permitiría rebajar los precios de los productos a granel y volver a especializarnos a partir de nuestros viejos terruños. Si bien es cierto que muchos han desaparecido, podemos reencontrar o recrear las costumbres y recuerdos perdidos. Parece obvio que la ventaja comparativa de Europa depende de la diversidad de sus suelos, climas y tradiciones culturales. ¿Por qué pretender competir con Iowa o las pampas, si tenemos Auge, Lot y Garona, o la Toscana? Los holandeses lo han comprendido hace largo tiempo: favorecen el cultivo de flores para exportarlas al mundo entero. Si los agricultores europeos volviesen a la calidad, la diversidad y las marcas, responderían a la fuerte demanda de los consumidores ávidos de sabores. Los alimentos pueden ser ecológicos o transgénicos; aquellos no son necesariamente más gustosos que estos.
Vicio ideológico
Las nuevas técnicas informáticas coadyuvarían a este retorno a la diversidad de productos con un fuerte valor agregado al posibilitar el contacto directo entre el agricultor y el mercado. Asimismo, los nuevos métodos de rastreo de productos garantizarían al consumidor su origen y autenticidad. Por último, convendría admitir que el mundo rural ya no pertenece exclusivamente a los agricultores: los residentes secundarios, turistas, artesanos y pequeñas empresas contribuyen tanto como ellos al mantenimiento, y aun al renacimiento, de los terruños y sus suelos.
¿Cómo pasar del productivismo de la "vaca loca" a una agricultura de calidad, diversificada y rentable sin subsidios? ¿Cómo dejar la comida basura para volver a los sabores? La transición es el ejercicio más difícil, el que hace refunfuñar a los políticos. Pero podríamos contemplar la capitalización de los subsidios agrarios correspondientes a varios años. En otras palabras, que la Unión Europea proponga a los agricultores y ganaderos dos alternativas: perpetuar los subsidios anuales o entregarles una suma única -digamos, equivalente a cinco años de subsidios- para que, con ese capital, salgan del sistema antiguo y se reconviertan.
Esta salida de la agricultura burocrática solo traería ventajas para el agricultor, el consumidor, las vacas, los países pobres, los gastrónomos, los ecologistas y los contribuyentes. Pero reconozcamos que oculta un vicio ideológico: dejaría sin trabajo al grueso de la burocracia europea y podría resultar sospechosa de liberalismo. En efecto, la salida de la crisis aquí bosquejada se basa en la premisa de que cuarenta años de asistencialismo no lograron matar el espíritu emprendedor de los campesinos europeos.
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)





