
La historia electoral
Curiosidades, anécdotas y datos de lasvotaciones en la Argentina. Una recopilación de la historia democrática del país, en un día en que las urnas vuelven a ser protagonistas Por Pablo Mendelevich
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Votar se votaba. Pero no era como ahora. La gente "más sana y principal" formaba el cuerpo electoral en tiempos de la Junta Grande, la Asamblea del Año XIII y el Congreso de 1816. Las mujeres, desde luego, no contaban (aunque no había sido así en todas partes: por ejemplo en Francia, durante el siglo XIV, para la elección de los representantes de los Estados Generales participaban todos los habitantes del distrito sin distinción de sexo, aunque después hubo restricciones que sólo desaparecerían en 1848). Aquí había que ser blanco, tener casa y oficio conocido y, en definitiva, ser honorable, cosa que certificaban... otros honorables. Afuera quedaban los artesanos, los mestizos, los negros, los indígenas y los criollos pobres. Es decir, la mayoría.
La historia electoral argentina tiene en sus etapas formativas dos elementos que volverían a colarse, con notable insistencia, en el siglo XX: las exclusiones y el fraude.
Cierta distancia entre la letra escrita y la realidad ya se vislumbraba en 1821, cuando fue reconocido por ley el derecho a votar a todos los ciudadanos mayores de veinte años, pero siguió votando una minoría, acaso uno de cada diez.
No había entonces un padrón como el de ahora. Era necesario presentarse una semana antes de los comicios para inscribirse, trámite que se hacía sin presentar documentos, por lo demás inexistentes. Cuando llegaba el momento de votar, en la respectiva parroquia el ciudadano se presentaba y de viva voz decía su nombre y su voto. Estos comicios orales se hicieron sistemáticos después de la caída de Rosas. Durante las campañas la prensa era filosa, virulenta, y otro tanto ocurría en las calles, donde se aclaraban diferencias políticas a base de puñal.
Los primeros fraudes se hicieron con simple mecanismo de repetición. Bastaba anotarse en varias parroquias, claro que con nombres distintos. Esa era una práctica más o menos común, por ejemplo, en 1874, año en el que fue elegido presidente un candidato tucumano de apenas 37 años, Nicolás Avellaneda.
Cuando empezaron a usarse padrones, su depuración quedó a cargo de una junta calificadora que resolvía su tarea con un sistema binario: "éste vota", "éste no vota". Claro, era importante conocer a los empadronados.
"Yo creo que la causa original, fundamental, de todos los vicios políticos que han llegado hasta a suprimir el régimen electoral en la República Argentina, está en el fraude o en la simulación electoral", dijo Carlos Pellegrini mucho antes de que la llamada "década infame" expandiera el "fraude patriótico".
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En 1916, Hipólito Yrigoyen, el primer presidente elegido con el voto universal, secreto y obligatorio, ganó luego de haber obtenido 340 mil votos sobre un total de 747 mil votantes, apenas el 63 por ciento de los que estaban habilitados. El padrón de la Argentina de 1916 era más chico que el actual padrón de La Matanza. Pero en la siguiente presidencial, la que ganó Marcelo T. de Alvear, hubo un número apenas superior de votantes pese al crecimiento demográfico. Ese 1922 el porcentaje de votantes respecto del padrón fue de sólo 55,33, el más bajo que hubo hasta hoy desde la ley Sáenz Peña. Al votar poco más de la mitad de quienes debían hacerlo, prácticamente se igualó la media de Estados Unidos, donde el voto no es obligatorio.
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La "década infame", en cuanto a elecciones, no fue mera cuestión de facto. Estaban, por suerte, los que la explicaban. Como el gobernador bonaerense Manuel Fresco. "Los ciudadanos de una democracia deben votar a cara descubierta para asumir la responsabilidad de la elección que realizan", decía Fresco, cuya apellido bien podría leerse aquí, también, como sustantivo común. En su opinión, el voto secreto era "el fraude más escandaloso".
Pero nada tan curioso en la historia del fraude como el destino de Roberto Ortiz. Catapultado a la Casa Rosada por efecto de las elecciones nada cristalinas de 1937, Ortiz, una vez instalado, se impuso acabar con el fraude. Lo hubiera logrado de no ser por la diabetes que primero lo obligó a delegar el mando en Ramón Castillo -atado a las viejas costumbres conservadoras- y después terminó con su vida.
De todos modos, la siguiente presidencial, celebrada en 1946, suele ser considerada como excepcional por su calidad, no sólo porque no hubo entonces fraude ni proscripciones sino porque después hizo falta esperar 27 años para que hubiera de nuevo comicios libres (incluida la potestad de la oposición de hacer campaña). Pero no fueron elecciones convocadas en marcos democráticos. Ambas -la de 1946 y la de 1973- estuvieron organizadas por sendos generales, Edelmiro Farrell y Alejandro Lanusse (y en las dos ganó el peronismo).
Entre 1930 y 1983 hubo seis golpes de Estado y por lo tanto, en su desembocadura, la misma cantidad de elecciones nacionales completas, es decir, de presidente y vice, Congreso íntegro, todos los gobernadores, legisladores provinciales, concejales e intendentes.
Hasta la de 1946, por otra parte, todas las presidenciales se hicieron de acuerdo con la Constitución de 1853, es decir, con colegios electorales, de manera similar a lo que ocurre desde siempre en Estados Unidos. Después la serie se volvió errática. Hubo otras tres indirectas (1958, 1983 y 1989) y cinco directas (1951, las dos de 1973, 1995 y 1999). La de hoy es, pues, la sexta elección presidencial directa de la historia y la tercera consecutiva bajo los preceptos de la Constitución de 1994, que además de abolir los colegios electorales dejó instituido el ballottage con piso de 45 por ciento.
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En las elecciones posteriores a la creación del peronismo en las que éste no fue proscripto ha sido común que quien ganaba las elecciones lo hiciera en forma rotunda (Perón ganó sus tres elecciones con 52,40%, 62,49% y 61,86%). En gran medida ello se debió al bipartidismo, pero incluso cuando fue más atenuado, en 1995, por la presencia de dos fuerzas opositoras, Carlos Menem resultó elegido con más del 45%. Tampoco Alfonsín habría ido a segunda vuelta (sacó 51,74%) de haber regido en 1983 ese sistema, ni Fernando de la Rua, votado por uno de cada dos ciudadanos, necesitó hacer que el Estado duplicara el gasto en urnas.
De allí que la dispersión del voto que los encuestadores han venido anticipando para hoy, en caso de verificarse, sería tan novedosa como lo es el análogo peronismo dividido a nivel nacional. De allí también que en un país sin antecedentes de ballottage , ahora se lo crea casi inexorable.
Nunca hubo segunda vuelta en la Argentina, pero sí en muchos otros países latinoamericanos. Según datos del Centro de Estudios para la Nueva Mayoría, de 23 casos de elecciones que merecieron doble vuelta en diferentes países, en 16 el ganador de la primera vuelta también ganó en la segunda. Y en siete se invirtió el resultado: terminó siendo presidente quien había salido segundo. Por lo general, cuando la distancia entre el primero y el segundo es importante, termina ganando el primero. Hubo, sin embargo, una excepción muy cercana: el presidente Jorge Batlle, en Uruguay, había quedado siete puntos debajo de su rival y consiguió dar vuelta el resultado.
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Pasaron 91 años desde la instauración del voto universal, secreto y obligatorio (52 desde que se agregaron las mujeres), pero se vota cada dos años en forma ininterrumpida, como manda la Constitución, desde 1983 (más aún, hay un par de sellos adicionales en muchos documentos por la consulta pública no obligatoria del Beagle, de 1984, y la convención constituyente, 10 años después). Aunque es una novedad en la Argentina tener cinco presidenciales seguidas (sin que medien golpes de Estado), la serie no imita aún la regularidad norteamericana. Las renuncias de los presidentes Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa junto con el acortamiento del mandato presidencial dispuesto en 1994 (primero a cuatro años y medio, por una vez, y luego a cuatro años) motiva los saltos. Si todo anda bien, las próximas presidenciales serán en los impares 2007, 2011, 2015 y 2019. Y si no se vuelve a alterar la duración del mandato, por decisión de Eduardo Duhalde todos los presidentes asumirán en el Día de la Patria.
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Singularidades políticas aparte, desde el punto de vista institucional no hay antecedentes de una elección como la de hoy. Nunca se votó en la Argentina sólo para presidente y vicepresidente en el mismo año en el que está pendiente la renovación parlamentaria. Se ha dicho que ésta es una elección adelantada -algo que no es habitual en los regímenes presidencialistas sino un recurso de democracias parlamentarias- y aunque el 23 de septiembre de 1973 también se votó sólo para presidente y vice, fue distinto.
Cuando triunfó la fórmula Perón-Perón (contra Balbín-De la Rúa) habían renunciado al unísono el presidente Héctor Cámpora y el vicepresidente Vicente Solano Lima, tras un mes y medio de gobierno, y había asumido como presidente provisional el titular de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, sólo para organizar nuevos comicios. Pero Lastiri convocó a presidenciales sin involucrar a los legisladores que lo ungieron a él como provisorio porque había ese año un Congreso entrante. Recién le tocaba renovarse cuatro años después (lo cual no ocurrió por el golpe de Estado de 1976). Ahora, en cambio, hay un Congreso saliente: su composición procede de la era De la Rúa y deberá coexistir con el nuevo Poder Ejecutivo hasta el 10 de diciembre, cuando cambien media Cámara de Diputados y un tercio del Senado (producto de un sinnúmero de jornadas electorales que se escalonarán hasta octubre).
El mismo Cámpora fue el único presidente, hasta hoy, que con 49,9% de los votos estuvo a punto de estrenar el sistema de doble vuelta, ya que no alcanzó la mitad más uno de los votos exigidos entonces, pero al final Ricardo Balbín, que salió segundo a más de 28 puntos porcentuales de distancia, desistió. También Cámpora fue el único presidente que asumió un 25 de mayo, día consagrado ahora para el recambio presidencial.




