
La honestidad, un valor en alza
El rescate de los principios éticos tradicionales y el acento puesto en una educación clásica con base humanista serán los mejores aliados de las nuevas tecnologías cibernéticas para enfrentar los desafíos del siglo XXI.
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DAVOS.- ¿POR qué se habló tanto este año en el foro económico de Davos sobre honestidad, transparencia o comportamiento ético?
Por una simple razón: los temores que genera la globalización y sus incertidumbres llevan, inconscientemente, a un redescubrimiento de los valores esenciales que aseguran la supervivencia.
Esta no es una reflexion en el aire sino una conclusion muy generalizada en los muchos paneles de debate colaterales que tienen lugar en la cita anual de Davos y que a veces quedan opacados por los encuentros más notorios que giran, como es previsible, en torno de los jefes de Estado y las principales figuras políticas o económicas.
Conducta moral
Tanta es la incertidumbre que producen los efectos no deseados de la globalizacion -porque todos los países quieren los beneficios del intercambio global, pero advierten ahora que tambien hay serios riesgos- que conceptos tales como "preservar los valores básicos", "conservar la esencia cultural" o "defenderse de la pérdida de identidad" ocuparon un lugar tan importante como el que en otro años ostentaban, en forma indiscutida, términos como rentabilidad, eficiencia o gestión.
No fue una casualidad, por lo tanto, que hubiera este año una de las reuniones más atractivas de Davos bajo el llamativo título de "Comportamiento moral: ¿es algo natural o de origen religioso?".
Como en muchos temas básicos, siempre podrá decirse que no hay una respuesta satisfactoria y que lo único cierto es que hay muchas opiniones al respecto. Pero esos debates del Davos 2000 -como otro sobre si debe profundizarse o modificarse la educación clásica- fueron los que sirvieron para explicar mejor que otras veces por qué asistimos a una nueva etapa de revalorización de aspectos esenciales, tal como en los discursos políticos pudieron plantearlo Bill Clinton, Tony Blair o Fernando de la Rúa.
En ese debate sobre el comportamiento moral, un biólogo de Harvard, Edward Wilson, y un astrofísico de Princeton, Piet Hut, apuntaron quizá más lejos que muchos de los líderes políticos que hoy constatan con similar preocupación la inquietud de todas las sociedades ante el fenómeno de la globalización.
"Es lógico que muchas personas rechacen el cambio que vislumbran, porque la globalización va tan rápido que se puede tener la sensación de que el mundo se va de control", explicó Hut, que ocupa hoy un puesto de educador en el mismo departamento en el que enseñó Albert Einstein en la universidad de Princeton. "Pero el efecto más positivo de esos nuevos temores es que se empiezan a reclamar con más insistencia los valores básicos", agrega.
No se trata de una suerte de retorno al pasado sino de la revalorización de principios permanentes. A ellos se refirió también el primer ministro británico Tony Blair -que hizo, probablemente, el mejor discurso como orador político en Davos- cuando resumió que "hoy hace falta aplicar nuevas políticas para sostener los viejos valores de siempre".
¿Cómo separar principios morales de actitudes políticas? He allí la gran tarea para un buen epistemólogo; pero también, sobre todo, para un fino político de estos tiempos de incertidumbre.
Lo subrayaron bien los dos panelistas citados cuando advirtieron que muchos fracasos políticos -el más reciente, el de la utopía socialista- se produjeron, probablemente, por la errónea asimilación entre criterios morales y acciones políticas. "Cuando un político transforma su prédica de acción concreta en un principio básico se corre el gran riesgo del determinismo sugerido por alguien -precisó Hut-, aunque por suerte el siglo XX produjo el gran avance de Einstein, cuyo descubrimiento central fue terminar con el determinismo".
A esa prepocupación por separar valores básicos de acciones concretas apuntaba, justamente, la intencion de Blair al explicar su concepción del uso de instrumentos circunstanciales -por ende, no ideológico- como la forma pragmática de atender mejor los principios básicos que reclama hoy más que nunca la sociedad moderna.
¿Rigen las mismas inquietudes para ciudadanos de todos los países y, especialmente, de los menos desarrollados?
Lo interesante de separar adecuadamente valores e instrumentos de acción es que, finalmente, siempre se puede encontrar una notable similitud en las aspiraciones morales de cualquier cultura.
"Allí se ve la indiscutible identificación entre criterios morales y las religiones" -sostuvo Wilson, un investigador de Harvard cuya especialidad es, por separado, el estudio de las hormigas-. Según Wilson, esos valores esenciales reflejan las aspiraciones comunes de un grupo social determinado porque tienen relación con la necesidad de supervivencia en todas las épocas.
Y la globalización es percibida por mucha gente, con razón o sin ella, como una potencial amenaza a la supervivencia de cada uno por temor a cosas tan concretas como la pérdida de un empleo, no saber cómo subsistirán sus hijos o qué nuevas exigencias imposibles de cumplir deparará el futuro inmediato.
Leer, leer y leer
Este último aspecto es el que se liga especialmente con la preocupación mundial por una mejor educación. Es sorprendente que lo que se llama "la crisis de la educacion" no aparezca como un problema típico de los países subdesarrollados sino que se mencione insistentemente como el problema principal, aun en los más avanzados.
La sensación de que sin una educación más completa no será posible defenderse en el mundo de mañana es la que llevó a discutir también sobre si llegó la hora de revalorizar la vieja educación clásica.
En otro panel de excepcional interés se examinó así la pregunta sobre cómo transmitir mejor a los niños de hoy los datos básicos necesarios para la supervivencia en el mundo globalizado.
Sorpresa: muchos coincidieron en que nada es mejor que una buena educación clásica, es decir leer, leer y leer.
Como en la dimensión de los valores éticos, he aquí que el mejor instrumento moderno puede ser una computadora o Internet. Pero que con esas facilidades, lo que hay que acercar a los niños de hoy, más que nunca, es la base humanista clásica que da lugar a una visión abierta y comprensiva del mundo.
Alguien señaló que la educación clásica era, por vocación, una pretensión globalista.
Allí está, justamente, su valor para hacer frente a la temida palabra de la globalización.





