La hora del derecho ecuménico

El actual mundo digital requiere leyes en un sentido universal, porque están demostrando que la inercia las afecta.
El actual mundo digital requiere leyes en un sentido universal, porque están demostrando que la inercia las afecta.
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20 de agosto de 2000  

MADRID.- Tenemos la sensación de encontrarnos en el ayer. Quiero decir, es tan rápida la transformación de nuestro entorno que en el presente "mundo digital" debemos ser muchos los que creemos que nos hallamos rezagados. Antes se esforzaban los seres humanos por estar al día, por "no perder la comba", mientras que algunos se situaban en el futuro, en lo que estaba por venir. Ahora resulta prácticamente imposible anticiparse a los cambios. Con menos pretensiones, arrostramos las dificultades para salir del pretérito.

Nicholas Negroponte, en su ya famoso libro Being digital , traducido y divulgado por doquier, nos describe la situación en que estamos, con "la muerte de la distancia" entre quienes habitamos este planeta. Se ha experimentado el teletrabajo, se han globalizado los negocios, Internet crece, emerge un lenguaje común que antes no existía y la gente puede entenderse sin el obstáculo de las fronteras. En esta era digital, sin embargo, el Derecho evidencia, de modo más claro que en otros momentos de la historia, la inercia que lo afecta, su incapacidad para seguir el ritmo social.

Continúan promulgándose leyes para el pasado, para un mundo superado por la revolución tecnológica, y se interpreta y aplica el Derecho sin adaptarlo a las actuales circunstancias.

Esta falta de sintonía, producto de la inercia del Derecho, genera preocupación. No estamos ahora en el siglo XX, dicho sea al margen de la disputa sobre el inicio y el fin de las centurias históricas. No estamos, o no debemos permanecer, en lo que hasta hace muy poco era nuestro horizonte vital, con nuestras posibilidades para ser y existir. El empeño se ha modificado radicalmente. El Derecho del mundo digital no puede ser el Derecho de las viejas épocas industrial o posindustrial, con sus dependencias del espacio y del tiempo, aquellas categorías cognoscitivas trascendentales de Kant.

Hay que recordar que la primera computadora personal apareció hacia 1970. En los últimos treinta años de la comunicación electrónica pretende prevalecer sobre la transmisión oral y la escritura. Causa cierta sorpresa la noticia relativa a la hostilidad de Sócrates frente a la escritura. "En el siglo V antes de Cristo -apunta el dato A. Martino- se produce una enorme disputa por el cambio cultural que significa pasar de una cultura oral a una cultura escrita. Sócrates pone en guardia de los falsos maestros que pueden aparecer en una cultura escrita. Platón cree, por el contrario, que en una cultura oral todo el esfuerzo dedicado a recordar impide una atención crítica. Quien sepa leer, sin intermediarios -apostilla Platón-, será libre".

Volviendo a nuestra situación tenemos que el Derecho ha dejado de ser, de forma progresiva, el resultado de una realidad social. La lucha contra la inercia del Derecho resulta, en definitiva, urgente, inaplazable.

La cultura digital requiere un Derecho ecuménico, en su sentido propio de universal, que se extienda por todo el orbe. El espacio judicial europeo, por ejemplo, que actualmente se presenta como un objetivo difícil de alcanzar, será visto por nuestros nietos -conjeturo- como algo natural, que ellos reciben en el legado histórico que les corresponde. Lo antinatural en ese futuro (presente) serán las fronteras para lo jurídico.

Indicios notables del Derecho ecuménico son los tribunales internacionales dedicados a la ex Yugoslavia y a Ruanda, así como el Tribunal Penal Internacional según el Estatuto de 1998. El fin del postulado de la "no injerencia" en los asuntos internos de los Estados sería otro paso adelante, siempre que no se entienda con criterios selectivos, en los que se excluya a las naciones poderosas.

En el ámbito del Derecho ecuménico, configurado con principios y preceptos propios del mundo digital, el concepto humanidad tendrá una recepción completa. La humanidad pasará de ser una palabra en los discursos éticos, o en las concepciones idealistas, a convertirse en un principio jurídico. El Tribunal Penal Internacional juzgará los crímenes contra la humanidad.

El profesor Juan Antonio Carrillo-Salcedo, de la Universidad de Sevilla, ha descrito con agudeza esa sociedad internacional de la era digital, en la que se habrá consagrado jurídicamente la noción humanidad.

"La referencia a la humanidad -nos dice- viene a implantar la visión de una comunidad interdependiente y solidaria, en lugar de aquella sociedad internacional clásica, atomizada y fraccionada, hecha de un entrelazamiento de relaciones bilaterales dominadas por los intereses nacionales y el do ut des ".

En este horizonte de esperanzas aparecen unas nubes que lo oscurecen. Los nacionalismos fanáticos, radicales y excluyentes se olvidan de que estamos en la era digital. No se practica, por otro lado, el diálogo entre las varias civilizaciones existentes, pretendiendo cada una de ellas imponer a las demás su visión de los hombres y de las cosas. Se globalizan con menos dificultad los quehaceres económicos que los enfoques culturales.

La historia, en suma, como gran aventura de final incierto, no ha terminado. Pienso, no obstante, que para los españoles la era digital está generando el beneficio inestimable de la aproximación a los pueblos de Iberoamérica. La antes denominada, con acento retórico, "comunidad hispánica de naciones", es, día tras día, una realidad. La muerte de la distancia, que al comienzo mencioné, abre para nosotros un porvenir fabuloso.

La nueva sociedad de Internet o el mundo digital exigen que el Derecho cambie y se adapte a la situación. Será una lucha titánica la que se libre contra la inercia del Derecho. Ya lo es. Tal vez los españoles, desde la posición privilegiada en que nos ha colocado la historia, centenares de millones de hombres y mujeres hablando la misma lengua, compartiendo las mismas ideas básicas, con raíces comunes, podríamos esforzarnos en la configuración del espacio judicial europeo y, simultáneamente, en la creación del espacio judicial iberoamericano. Sería ganar una batalla importante a la inercia del Derecho. Demostraríamos que es posible el Derecho ecuménico.

El autor es un catedrático español de derecho constitucional.

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