
La identidad demorada
Por Rodolfo Rabanal Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Desde hace algo más de doce meses, Beatriz Moretti aguarda pacientemente que su pequeña hija adoptada obtenga el documento único de identidad que las leyes argentinas exigen para que sus padres y la niña puedan moverse libremente dentro del país y fuera de él. La niña pronto cumplirá dos años, el trámite de adopción ha sido ya sobradamente aprobado y la pequeña es la legítima hija de Beatriz, pero por alguna razón su preciado DNI se demora, sin fecha segura de resolución.
Su caso es similar al de cientos de personas que en los últimos tiempos dejan al anochecer los alrededores de Buenos Aires y se encaminan al Registro Nacional de las Personas, en la avenida Roque Sáenz Peña, en plena Capital. Una vez allí, como si fuesen peregrinos de un extraño culto laico, se arreglan en largas filas para iniciar la espera de toda una noche, y a veces de todo un día, haciendo una cola que desemboque en la ansiada y exigida carta de identidad. La televisión muestra casi a diario a esos grupos de gente reclinada contra la pared, sentada en los umbrales o simplemente de pie después de pasar la noche durmiendo, o mal durmiendo, a la intemperie. La razón de ese padecimiento es que en la mayor parte de la provincia de Buenos Aires obtener un DNI toma casi tres años, mientras que en la Capital acaso sólo uno. Pero decir “sólo” un año es ya una enormidad.
Lo paradójico e irracional de esta situación es que, como nadie ignora, nada puede hacerse sin el carnet que diga quiénes somos. Máxime en la Argentina, donde una historia de abusos de autoridad nos sometió y nos habituó a exhibir nuestras credenciales de identidad ante el reclamo de cualquier persona uniformada investida de un poder burocrático, pesado y lacónico y, en ocasiones, peligrosamente caprichoso.
Por otro lado, ¿cómo presentarse a solicitar empleo sin el papel oficial que nos acredite como ciudadanos legítimos y viables? ¿Cómo hacer para solicitar un pasaporte –otra tortura oficinesca de parecida tardanza– sin el DNI? ¿De qué modo renovar el registro de conductor sin el documento previo, cuando la cédula de identidad se ha vuelto obsoleta para ese menester y el registro recién vencido, o a punto de vencer, tampoco sirve como prueba “inmediatamente histórica” de nuestra probidad, capacidad o habilidad normal ante el volante? Además, ¿cómo puede un chico iniciar su año escolar sin la documentación adecuada? Por otra parte, los pequeños que ya tienen la “gracia” de contar con su documento deben renovarlo cuando cumplen ocho años, y entonces son sometidos a la cola de la larga e inmerecida perseverancia.
Por otra parte, es previsible que cuando una persona se ve obligada a esperar tres años para la obtención de su DNI su posición en el seno de la sociedad puede tornarse dramática. En principio, se trata de alguien indocumentado, fuera de lugar, un marginal cuya identidad civil o está en suspenso o ha cesado. Ni siquiera es demasiado seguro que le acepten una denuncia en el caso de que se lo agravie o dañe. En términos civiles, es poco menos que un no existente.
Uno se pregunta cómo es posible que disponiendo, como hoy se dispone, de una tecnología que abarata sensiblemente los procesos de impresión gráfica se produzcan estas dilaciones, probablemente explicables hace cincuenta o sesenta años, pero no ahora. Cuál es el negocio es la otra pregunta inevitable que encierra esta demora afrentosa. ¿Quién controla estas irregularidades, quién intenta rectificarlas, quién las acepta por oscura conveniencia propia? Ocurre como si la Argentina fuera el país de los ciudadanos demorados.
Sobre la marcha de este escándalo doméstico y cotidiano estalló el de las valijas de Ezeiza, con sesenta kilos de cocaína en su interior. En lo aparente, no son fenómenos que puedan vincularse entre sí con demasiada facilidad. Sin embargo, ambos delatan una idéntica carencia, o, dicho de otro modo, un peligroso estado de cosas: nuestras instituciones siguen siendo endebles y mal ocupadas y el Estado que nos representa –porque es ilusorio suponer que se puede vivir sin Estado– muestra grados alarmantes de enajenación, como si su propia identidad estuviese amenazada o demorada.
Naturalmente, la gravedad del contrabando de cocaína en Ezeiza rumbo a Barajas es mucho más alta que el atropello que significan las demoras en la entrega del documento único. El escándalo de Ezeiza indica que en la Argentina fueron desmantelados los sistemas de control y que los millones de dólares que el tráfico ilegal de drogas hace circular por el mundo pagan sobradamente esa “negligencia”, pero las colas con todas esas personas dispuestas a tolerar el maltrato por un derecho que los asiste consiguieron impresionarme más, ya que es el abuso del que puede contra el que no puede lo que indigna.
Desde la disco de Cromagnon hasta ahora, incluyendo a los penitentes de identidad y las valijas en vuelo, el país muestra costados de desborde, áreas fuera de control, incapacidades penosas para conseguir que una república democrática no sólo sea ir a votar o concurrir a sorprendentes plebiscitos absolutamente innecesarios. Entonces, la pregunta ya no es qué nos está pasando, sino por qué nos sigue pasando todo lo que nos pasa.
En el extraño y bello poema de W. G. Sebald “After Nature” (algo así como “Al modo de la naturaleza”), el fallecido autor austríaco consigna esta sorprendente idea: “No es que nosotros destruyamos la naturaleza, sino que la naturaleza, utilizándonos como sus agentes, se destruye a sí misma”. No cabe duda de que los políticos y gobernantes argentinos son nuestros agentes, pero somos nosotros, la sociedad toda, los que elegimos a quienes nada parece preocuparles que sus propios conciudadanos duerman a la intemperie.





