La idoneidad, un valor esencial
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Falta menos de un mes para que los argentinos elijamos un nuevo presidente de la República. Es un momento propicio para reflexionar sobre la necesidad de que el futuro ocupante de la Casa Rosada designe a sus principales colaboradores atendiendo, fundamentalmente, al principio de la idoneidad y no a meras razones de conveniencia política.
La Argentina tuvo, en otro tiempo, una tradición de respeto a ese concepto, que aparece consagrado, en su sentido más amplio, en el artículo 16 de la Constitución Nacional, según el cual "todos los habitantes son iguales ante la ley y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad".
Durante muchas décadas se advirtió en el país una fuerte tendencia a confiar el ejercicio de la función pública -con importantes y honrosas excepciones, por supuesto- a quienes no reunían las habilidades y los conocimientos técnicos adecuados para desempeñar con eficiencia la responsabilidad que se les encomendaba. En ocasiones, se convocó al gobierno a quienes ni siquiera llenaban los requisitos mínimos de confiabilidad moral que un alto funcionario debe satisfacer.
La causa de esa distorsión reside, obviamente, en la proclividad de los gobernantes a privilegiar los compromisos político-partidarios y a mostrarse poco exigentes en la consideración de las virtudes y los valores éticos y profesionales que garantizan un óptimo rendimiento en el desempeño de una función de gobierno. Con excesiva asiduidad se utilizaron los cargos públicos para premiar a quienes no acreditaban otro mérito que una prolongada militancia en comités o unidades básicas. Esto no significa desconocer que en una democracia la pertenencia o la adhesión a un partido político tiene una significación que merece ser respetada y reconocida. No se puede ignorar que resulta natural, dentro de límites prudentes y razonables, que el presidente de la Nación tenga en cuenta a los hombres sobresalientes de la fuerza partidaria que impulsó su candidatura y lo llevó al ejercicio de la primera magistratura. Los partidos son instituciones fundamentales e insustituibles del sistema democrático.
Pero tampoco puede desconocerse que la Argentina tiene un sistema institucional presidencialista y que, por lo tanto, el poder político reside en una persona, que debe asumir su responsabilidad en plenitud, sin condicionamientos. Esa persona tiene el deber de integrar su gabinete con las mujeres o los hombres más capaces y eficientes.
La Nación ofrece hoy a sus lectores, en el suplemento Enfoques, una nota en la que se detallan los nombres de los probables integrantes del eventual gabinete de ministros de los candidatos con mayor posibilidad de llegar a la Presidencia. Obviamente, no es misión de este diario analizar, en esta instancia, el perfil de cada uno de los ministeriables y las razones que harían aconsejable -llegado el caso- su designación o no.
Pero hay algo que La Nación cree necesario afirmar desde ya y es la necesidad de que el futuro presidente seleccione a cada uno de sus colaboradores con el acento puesto en el reconocimiento a su calidad ética y profesional. La creciente complejidad de las tareas que todo gobernante afronta en este tiempo torna indispensable la formación de un plantel ministerial de elevada jerarquía técnica y moral.
Es de esperar que el 10 de diciembre próximo, cuando juren los nuevos ministros, la ciudadanía perciba con nitidez que el requisito de la idoneidad, tantas veces olvidado, ha vuelto a ocupar -como quiere la Constitución- el centro de la escena política.





