La Iglesia y las culpas del pasado
Por Roberto Bosca Para LA NACION
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Promediaba la década del 60. El Concilio Vaticano II, la formidable asamblea de los obispos que trazó el programa pastoral de la Iglesia Católica cara al tercer milenio, promulgaba la declaración Nostra aetate sobre las religiones no cristianas, básicamente el hinduismo, el budismo, el islamismo y el judaísmo.
El documento imprimió un giro copernicano a las relaciones judeo-cristianas al suprimir la acusación de deicidio, es decir que la muerte de Cristo no podría ser imputada en lo sucesivo a los judíos, y advertir además que el pueblo elegido no había dejado de ser amado de Dios: al contrario, sigue siendo muy querido por Él.
Después de casi una década, la Comisión Pontificia para las Relaciones Religiosas con los Judíos puntualizaría que Jesús, sus apóstoles y gran parte de sus primeros discípulos fueron miembros de ese pueblo y que el cristianismo ha recibido de él algunos elementos esenciales de su fe y de su culto. A más de un cuarto de siglo de distancia, todavía a muchos cristianos les cuesta digerir esta herencia, que compromete nuestra valoración del judaísmo.
Los aires del nuevo clima pueden advertirse en el actual Catecismo de la Iglesia Católica, en el que se recuerda que Jesús no abolió la Ley del Sinaí, sino que la perfeccionó. Pero donde las gentes perciben soplar el "viento del Espíritu" es en el papa Juan Pablo II.
Juan Pablo II se ha constituido en un decidido impulsor de este talante religioso desde su primer encuentro con organizaciones judías romanas en 1979. Él ha sostenido un ritmo audaz en un camino que no siempre ha encontrado eco en el resto de la Iglesia Católica. Bastantes fieles cristianos parecen no haber terminado de asimilar el despliegue promovido por el sucesor de Pedro (también judío), que a veces aparece a los ojos del mundo como un solitario.
Sobre todo en ambientes integristas, donde se ve a los judíos como una torva conspiración anticristiana que domina el mundo, las palabras del Primado producen desconcierto. ¿Por qué tenemos que pedir perdón -se preguntan- sin ninguna reciprocidad?
Sin embargo, no es ésta la actitud mayoritaria entre los cristianos, aunque muchos de ellos no dejan de cuestionarse si el actual pontífice no ha ido demasiado lejos. Pero el Papa no sobreactúa, al contrario. En 1998 se publicaba Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah , que discierne el signo anticristiano del antisemitismo nazi, pero deplora que el Holocausto encontrara en países de tradición cristiana un sentimiento de desconfianza sobre el que asentarse.
Hermanos mayores
Esta falta contra la caridad requería un acto de arrepentimiento ( teshuvah ) que permitiera limpiar esa mácula en el rostro del pueblo cristiano. A pesar de su buena voluntad, la declaración recibió críticas de importantes personalidades judías, que, posiblemente por alentar expectativas un tanto excesivas, se mostraron decepcionadas.
La reflexión no es sino un reflejo institucionalizado de la sensibilidad del Pontífice, que ha llamado hermanos mayores a los hebreos y cultiva una entrañable amistad desde su niñez con el judío Jerzy Kluger (una evidencia de que Wojtyla no aprendió el diálogo interreligioso del Concilio Vaticano II).
El texto vaticano sobre la Shoah se refiere también a Pío XII, al que algunos judíos atribuyen haber guardado silencio ante el genocidio. En un pequeño pero revelador libro de memorias, Pascualina Lehnert, una religiosa que conoció como pocos la intimidad del papa Pacelli, explica que su prudencia lo movió a callar, al advertir que una condena del episcopado holandés había provocado una nueva persecución.
Por último, la Comisión Teológica Internacional difundió este mismo año Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado , en el marco del Jubileo, donde la Iglesia implora perdón por los pecados de sus hijos, alcanzados ya por la salvación aunque aún en vías de santificación. Allí se invita a los cristianos a eludir una apologética que pretenda justificarlo todo, pero también la atribución de una culpabilización indebida. Un sinceramiento en las relaciones entre cristianos y judíos durante dos milenios exige admitir que ellas exhiben un balance más bien negativo que es necesario cambiar.
Está fresca en la memoria la reciente peregrinación a los lugares sagrados de Juan Pablo II, también con motivo del Jubileo, que constituye un momento cumbre de su pontificado. Allí lo esperaba Yossef Bainenstock, otro amigo de infancia, con el cual visitaba la sinagoga del pueblo. Hay que imaginar lo que puede sentir un hebreo viendo al papa polaco hincarse ante el Muro de los Lamentos en un gesto que dice más que muchas encíclicas.
Cultura del menosprecio
Entre Nostra aetate y Memoria y reconciliación se ha construido una nueva conciencia, aunque sería ingenuo desconocer que las sombras se ciernen todavía sobre una problemática erizada de dificultades, porque el prejuicio aún anida en los corazones de muchos cristianos, y también de no pocos judíos. No podría decirse que todos los cristianos han sido siempre hostiles hacia ellos, pero debe reconocerse que el panorama actual es distinto del de pocas décadas atrás, puesto que se ha dado un cambio que quebró una cultura del menosprecio.
La declaración sobre la Shoah se abre anunciando el amanecer de un nuevo milenio cristiano. Unos años atrás le preguntaron al Papa por qué se levantaba tan temprano. "Me gusta contemplar el amanecer", contestó el pastor, que es también poeta. Cuando algunos quisieran ver brillar el sol en lo alto, conviene consultar el reloj. No ha llegado aún el esplendor del mediodía. Pero amanece, que no es poco.






