La infancia interminable de Marguerite Duras

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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26 de marzo de 2014  

La infancia puede no ser recuerdo. A veces es un estado de perduración. Un candor viviente que irradia los destellos de la primera vez. Para Marguerite Duras, la infancia es un estado. No sé si escribir "estado" con mayúsculas; cuando se trata de una escritora que prescindió de nombres para sus personajes amantes, la mayúscula también puede ser un fraude, un empeño por enaltecer lo que necesariamente corre por debajo. Su propio nombre le viene del llano. Ella se lo cambió en medio de la Segunda Guerra Mundial. En vez de Donnadieu, empezó a firmar Duras -así se llamaba su casa de campo-. Y fue como si de su nuevo nombre empezaran a surgir libros, guiones, películas, obras de teatro, diálogos, ensayos. El primero de todos, en 1943, con el significativo título Los imprudentes.

A cien años de su nacimiento, se preparan múltiples festejos y nuevas ediciones. En la Argentina, la editorial El Cuenco de Plata viene publicando parte de su obra de culto en nuevas traducciones ( India Song, que incluye el guión de la película y la obra teatral La música; El cine Edén; Nathalie Granger, la mujer de Ganges, y la pequeña y bella novela, La lluvia de verano). A fines de abril, se realizará un homenaje en la Alianza Francesa y este mismo mes, la editorial Paidós publica un libro original y revelador, con traducción de César Aira y prólogo de Silvio Mattoni: Marguerite Duras, la pasión suspendida / Entrevistas con Leopoldina Pallota Della Torre.

El deseo es el tema central del libro y aparece bajo distintas formas. Hay capítulos que intentan apresarlo, darle un argumento, sobre todo el titulado "La pasión". Pero es en el primero cuando asoma por primera vez. En el capítulo "Una infancia", Della Torre le pregunta a Duras si ella considera que tuvo una infancia especial. "A veces creo que toda mi escritura nace de ahí, entre los arrozales, las selvas, la soledad. De esa niña flaca y despistada que era, pequeña blanca de paso, más vietnamita que francesa, siempre descalza, sin horarios, sin modales, habituada a contemplar el largo crepúsculo sobre el río, la cara quemada por el sol." Vale recordar que Marguerite Duras nació en los suburbios de Saigón y permaneció en Indochina hasta 1932. Luego se trasladó a París, donde estudió derecho, matemáticas y ciencias políticas. El segundo capítulo del libro se titula precisamente "Los años parisinos", al que sigue "Los caminos de una escritura", donde Duras expone ferozmente su entrega y el cambio en su escritura: "Durante años tuve una vida social y la facilidad con la que conocía gente o les hablaba se reflejaba en mis libros. Hasta que conocí a un hombre, y poco a poco toda esa mundanidad desapareció. Era un amor violento, muy erótico, más fuerte que yo, por primera vez. Hasta quise matarme, y eso cambió incluso mi modo de hacer literatura. La mujer de Moderato cantabile y la de Hiroshima, mon amour, era yo". Es cuando aparecen los huecos, silencios, tan bien dscriptos por Mattoni en el prólogo, "como si escribir no fuera componer una obra, sino vaciar, ahuecar, blanquear el flujo de las palabras".

El año 1914 dio una buena cosecha de letras: Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Octavio Paz y Marguerite Duras.

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