
La intimidad
Tener intimidad es uno de los mayores logros que puede tener una persona. Los seres humanos contamos con tres espacios que con frecuencia son traspasados. A saber:
- 1. Lo público: es nuestro aspecto social, que es conocido por los demás.
- 2. Lo privado: se trata de quiénes somos y qué hacemos “intramuros”; solo unos pocos lo conocen.
- 3. Lo íntimo: este es nuestro aspecto más profundo, lo interior, lo que se halla dentro de mí; solo lo conocen aquellos que se encuentran dentro de nuestro círculo de intimidad afectiva.
¿Por qué solemos contar nuestra intimidad a nivel social?
Básicamente por dos motivos:
- a. Porque lo que hago público tiene una “utilidad social”, un objetivo. Esto es totalmente válido. Por ejemplo, una mujer que cuenta públicamente que sufrió un abuso sexual y, de esa manera, busca ayudar a otros.
- b. Porque es uno mismo quien decide contarlo. Es el “dolor en misión”. La persona sabe que, al hacerlo público, deja de ser íntimo.
Algo muy distinto es cuando se hace algo público a través de las redes sociales. Aquí lo que importa es la mirada de los demás, sentirme deseado.
¿Por qué alguien comparte lo íntimo en las redes sociales?
Porque va detrás de la mirada del otro, del “me gusta”. Pretende estar en boca de todos y ser querido, aceptado popularmente, es decir, la “deseabilidad social”. Esta consiste en: “Te doy mi vida privada e íntima a cambio de tu mirada”.
Vivimos en una cultura superficial y exhibicionista. Buscar la mirada del otro es una posición adolescente y surge de la creencia: “Cuanto más me miren, más vivo/a me sentiré”. Pero en realidad la mirada popular, tan común en las redes sociales, es fugaz y exponencial. Esas personas que miran no son amigos. Toda mirada en el mundo de Internet es un “disfraz” de la autoestima y, por más que alguien tenga miles de seguidores, no logrará sanar su inseguridad. Porque la seguridad no proviene de afuera, sino de adentro.
Dificultades para establecer intimidad
Para que exista intimidad con otra persona debe haber un espacio de seguridad, de cuidado, de proximidad, de no amenaza. Es un “vínculo afectivo” que brinda comprensión, atención y, por ende, seguridad. Es un lugar donde no necesito construir una imagen falsa, donde me puedo mostrar tal como soy, donde no preciso quedar bien con nadie.
En este espacio de intimidad no hay protocolo, por lo que no me preocupa que mis falencias queden al descubierto. En consecuencia, me doy a conocer, revelo quién soy y cuál es mi pasado. En una relación donde existe intimidad, se genera una autorrevelación mutua, donde ambas partes se dan a conocer una a la otra.
Todos los seres humanos tenemos la necesidad de que nos conozcan, de compartir nuestra historia, de mostrarnos sin máscaras. Por ello, buscamos la intimidad; pero también podemos evitarla por temor. Calmamos el miedo a que nos conozcan tal como somos huyendo de ella. Quien no logra armar un lugar de intimidad, por lo general, explotará por otro lado. Tal es el caso del obsesivo.
Estas son algunas de las preguntas que me hicieron llegar sobre el tema:
- ¿Por qué él no me cuenta nada?
Por lo general, cuando un hombre no cuenta nada se debe a que no siente seguridad. Le falta comodidad en la relación para abrirse. “¿Qué podría hacer yo para hacer sentir al otro cómodo y seguro?”, sería una idea para reflexionar.
- ¿Está bien exigir intimidad?
La intimidad no es algo que se pueda exigir o demandar, porque eso es una tortura. Generalmente, la persona que está enamorada suele contar todo de manera irreflexiva porque siente que es seguro hacerlo. Pero luego, a medida que pasa el tiempo, si cuenta algo íntimo y no es escuchada, valorada o respetada por la otra parte, empieza a medir qué contar y qué no. Cuando soy lastimado, me retraigo porque soy vulnerable. No puede haber intimidad sin vínculo.
- Yo le cuento todo a ella… pero ella no me cuenta nada.
La relación no es recíproca. Por lo general, A se siente seguro con B pero B se siente seguro con C. Tampoco puede haber intimidad sin reciprocidad.
- Yo le cuento mis cosas a alguien que después no veo más.
Eso no es intimidad, es una descarga de angustia. Comúnmente, la persona se atreve a contar lo que le pasa y le genera angustia porque el otro no lo puede usar en su contra, ya que no lo volverá a ver. Es una actitud superficial porque no espera nada del otro. Como mencionamos, no hay intimidad sin vínculo.
- Tengo secretos que me dan vergüenza contar.
Todo lo que no expresamos queda guardado en nuestro interior y se transforma en un peso difícil de sobrellevar. Dice una máxima muy conocida: “Lo que la boca no dice el cuerpo lo habla”.
Generalmente, cuando hay un secreto que me avergüenza y no quiero que nadie lo sepa gasto energía en ocultarlo y con el tiempo me puedo llegar a enfermar (lo privado es íntimo). Algo que sé y no me atrevo a hablar (una infidelidad, un aborto, una adopción, una muerte, etc.) me puede dañar a mí mismo o a los demás. Es un potencial autoagresivo muy grande.
- Perdimos la intimidad en la pareja.
Normalmente, la monotonía no permite que haya intimidad y hace que se pierda la pasión en la pareja. Contar lo íntimo es correr el riesgo de lastimar la atracción sexual.
Hablar y contar algo que nadie sabe es sinónimo de intimidad. Por ejemplo, compartir un viaje que hice con mi papá. La expresión de la vulnerabilidad es la cuota afectiva extra en el relato; pero si lo que cuento no implica nada para mí, no hay intimidad. Esta va más allá de lo que se dice y es el marco del relato.
Para construir intimidad (un vínculo), hace falta tiempo y energía. Pero bien vale la pena porque todos necesitamos tener “madrigueras afectivas”.
¿Qué lugar ocupa la intimidad en tu vida?
Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com





