La invasión de Orson
Con la emisión radial de La Guerra de los Mundos, el genial artista norteamericano generó, hace 60 años, una ilusión que disparó el pánico en sus oyentes. No era ésa su intención, pero le valió el estrellato en Hollywood.
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EL 30 de octubre de 1938, a los 23 años, Orson Welles, el audaz multigenio del espectáculo norteamericano, se aseguró, con el pánico desatado por la transmisión radiofónica que hizo de la obra La Guerra de los Mundos , de H. G. Wells, su página en la inmortalidad y un pasaje de ida en primera clase a Hollywood.
Para los aficionados de la radio, además, su voz era ya famosa, sobre todo desde que comenzó a interpretar para la CBS al enigmático Lamont Cranston, personaje de The Shadow ( La Sombra ), tenebrosa y novelesca figura a la que había dotado de su voz dramática, cavernosa, y de una carcajada estentórea (que divertía a la vez que asustaba al oyente) de la que ningún niño ni adolescente norteamericano de aquellos años podría olvidarse jamás.
Los 3000 dólares semanales que Welles obtenía por sus actuaciones en la radio, prolijamente se utilizaban para ayudar a solventar a su grupo, el Mercury Theatre, creado en agosto de 1937, un auténtico semillero de talentos que terminaría destacándose en el ambiente teatral, en el radiofónico y en la industria cinematográfica, junto a su mentor.
El Mercury
La misma emisora, CBS, le ofreció un espacio semanal, titulado First Person Singular ( Primera persona singular ). La condición requerida por la empresa era que Welles lo escribiera, dirigiera, actuara en él y, además, lo presentara. Eso era demasiado, hasta para un enfermo del trabajo, como él.
La temporada del ciclo (que luego se renovaría otro período con el modificado título de Mercury Theatre on the Air ( Teatro Mercury en el aire ) se inició el 11 de julio de 1938 con Drácula , La Isla del Tesoro , Los 39 escalones , representaciones de obras clásicas que, por esos mismos años, conocían versiones cinematográficas, y que el propio Orson Welles adaptaba audazmente.
En el otoño de 1938, Welles estaba literalmente tapado por sus proyectos, empezando por el estreno, en teatro, de la obra La muerte de Dantón , en el que tenía puestas todas sus esperanzas. Había llamado (esta vez contratado por él), a su viejo amigo y asociado, John Houseman y contaba, además, con el invalorable aporte de un joven guionista que pensaba muy rápido y escribía más rápido aún, Howard Koch, futuro coguionista del film Casablanca .
El estupendo equipo del Mercury Theatre on the Air comprendía a actores como Joseph Cotten, asociados con los proyectos teatrales de Welles, a los que se sumaba personal incorporado de la misma radio, como el sofisticado compositor y director de orquesta Bernard Herrmann, cabeza de la CBS Music Workshop.
Llegan los marcianos
Uno de los proyectos que más atraían a Welles era una adaptación radial de la obra de H. G. Wells, La guerra de los mundos .
La obra, escrita en 1898, aun siendo una precursora del género de la ciencia-ficción, tenía muchos detalles que la hacían anticuada y difícil de adaptar a la radio. Welles deseaba mucho hacerla, pero no tenía el tiempo para averiguar cómo. Howard Koch tendría que hacerlo por él.
Desde un primer momento, el joven y talentoso guionista (para nada escaso de ingenio y astucia) vio las dificultades que presentaba el texto original de la novela. En primer lugar, se decidió por trasladar la acción, de Inglaterra a los Estados Unidos, y a una época contemporánea. La invasión marciana, además, debía ocurrir muy cerca de los oyentes.
En segundo lugar, sabiamente, decidió no respetar al pie de la letra la estructura de la obra, adaptando la acción al formato de una transmisión radial contemporánea, con flashes informativos que traían los avances de la tenebrosa invasión marciana de la Tierra.
En un día de descanso, finalmente, eligió un punto en el mapa de Nueva Jersey, cercano a Grovers Mill, en el corazón de la más tradicional y rural región de los Estados Unidos. Allí, decidió, en un granja no muy lejana a la Universidad de Princeton (que convenientemente tenía un observatorio astronómico), debía comenzar el ataque marciano.
Al libreto original trabajado por Koch, por supuesto, se le sumaron las sugerencias de Houseman y, sobre todo, los agregados y supresiones de último momento practidos por Welles, que nunca estaba conforme con ningún guión hasta el instante en que se paraba frente al micrófono.
El día elegido para la transmisión fue el anochecer del domingo 30 de octubre de 1938, por lo que para muchos, el escándalo que provocaría la emisión no dejaba de constituir una desproporcionada broma de Halloween.
A la hora señalada para el comienzo del programa, todo el elenco del Mercury estaba listo, absolutamente tranquilo, sin suponer en lo más mínimo que estaban por entrar en la historia cuando desataran una histeria colectiva como nunca se había producido. No tenían por qué saberlo, entre otros motivos, porque el ciclo no alcanzaba buenos niveles de rating , y era superado holgadamente en audiencia por el programa Chase and Sanborn Hour , del popular ventrílocuo Edgar Bergen (padre de la exquisita actriz Candice Bergen) y su insoportable muñeco (para cualquiera que no fuera norteamericano), Charlie McCarthy.
Así estaban las cosas en ese inolvidable anochecer del 30 de octubre, cuando a las 20 comenzó puntualmente la transmisión del Mercury Theatre on the Air, con la aclaración previa, hecha por el locutor del ciclo, de que lo que vendría a continuación era una adaptación de Orson Welles de la obra de H. G. Wells, La Guerra de los Mundos .
El mismo Orson presentó el programa, leyendo con voz dramática y sombría: "Ahora sabemos que durante los primeros años del siglo XX este mundo estaba sometido a estrecha observación por inteligencias superiores a las del hombre y, sin embargo, tan mortales como la suya propia".
Una deplorable Cumparsita
La dimensión del pandemonio desatado por el programa tuvo mucho que ver con la estructura de la emisión. Tras las palabras de Welles y el anuncio de un pseudolocutor de la radio, acerca de las explosiones captadas en la superficie del planeta Marte, el programa tomó la inocua forma de una rutinaria transmisión musical, que llegaba desde el inexistente Meridian Room del también inexistente Hotel Park Plaza, supuestamente ubicado en el centro de Nueva York.
Desde ese salón, precisamente, llegaban al oyente los nada espléndidos compases de la orquesta de Ramón Roquello (otro invento para la ocasión) arremetiendo con una espantosa versión de La cumparsita , casi tan aterradora como la invasión marciana misma, y una desvaída interpretación de Stardust .
Pronto, el ambiente de cóctel y danza era interrumpido por flashes noticiosos que anunciaban extraños fenómenos astronómicos relacionados con el planeta Marte y, finalmente, acerca de la caída de una inmensa bola de fuego, probablemente un meteorito, en una granja cercana a Grovers Mill. El mismo Welles aparecía otra vez en la transmisión, interpretando ahora al profesor Pierson, que desde su refugio astronómico daba, con tono bastante pedante, una breve y tranquilizadora explicación de los sucesos.
Ya en el lugar de la supuesta caída del objeto, un reportero (inexistente, claro) llamado Carl Phillip, se comunicaba con la radio desde la granja de Wilmuth, describiendo en tono azorado el "enorme cilindro", recubierto de un metal blanco amarillento, del que, por desgracia para la humanidad, saldrían en minutos unas criaturas repugnantes con bocas en forma de V, sin labios, de las cuales se desprendía una abyecta saliva.
Luego, la transmisión era interrumpida por gritos de pánico, escenas de terror y un ominoso silencio, al final, rubricando así la destrucción, por parte de los invasores, de la multitud de curiosos, de los policías que habían llegado al lugar e inclus del mismísimo reportero Phillip. Muy impresionante, claro, pero nada tan especial como para provocar el pánico en las proporciones que éste alcanzaría.
La narración continuaría con el mismo esquema: flashes noticiosos cada vez más frecuentes, que narraban cómo las naves llegadas de Marte destruían, una tras otra, y a un ritmo que la Luftwaffe de Hermann Goering habría envidiado con toda el alma, todas las grandes ciudades del planeta. Los consejos a la población para que abandonara las ciudades o se cubriera el rostro con toallas mojadas (que, al parecer, tenían la propiedad de debilitar en algo el efecto de los mortíferos rayos de los invasores marcianos), todo era un ingenioso y divertido truco radial, lo que no explicaba del todo, ni entonces ni hoy, cómo un muy buen programa terminó por desatar un terrible pánico colectivo.
La locura
Ya a los pocos minutos de la emisión de Welles, las centrales telefónicas de muchas radios de la Costa Este de los Estados Unidos se pusieron al rojo. La gente de ciudades importantes, o de pequeñas aldeas rurales (el efecto fue similar en ambos sitios), aterrorizada súbitamente por lo que escuchaba en la radio, había optado por huir hacia los suburbios (produciendo, en consecuencia, serios congestionamientos de tránsito), o esconderse en grutas y en alejados parajes montañosos (en algunos casos, en zonas de Nueva Jersey, la Guardia Nacional necesitaría semanas para hallar a la gente, tan bien se había escondido de los marcianos).
A los veinte minutos de iniciada la transmisión, guardias de la emisora se habían dirigido hacia la sala de control de la radio. Terminado el programa, el elenco del Mercury fue mantenido aislado por un tiempo, mientras representantes de la CBS (cuyos ejecutivos estaban furiosos con Welles) se llevaban a buen recaudo el guión original (al que, de todas formas, la emisora le había practicado veintisiete modificaciones previas) y algunos otros papeles y elementos de la transmisión.
Al principio, Orson Welles se hizo el inocente aunque, posteriormente, iniciaría un jugueteo burlón con la idea de que había previsto provocar semejante efecto en el público, algo descabellado si se parte de la base de que él conocía perfectamente el bajo rating habitual de su ciclo como para intentar semejante aventura.
Las razones del miedo
¿Qué había pasado? ¿Por qué una simple transmisión radiofónica de una obra de ficción, previamente presentada como tal, había provocado un pánico nacional?
Es cierto que la casualidad, como siempre, ayudó un poco. El día de la histórica emisión la competencia natural del programa del Mercury, el show de Bergen y su muñeco (en realidad, más que competir con Welles, Bergen prácticamente lo desalojaba del dial), había presentado a un cantante más anodino que de costumbre (curiosamente, el pánico parece haberse desatado cuando, terminado el monólogo del ventrílocuo, éste dio paso al segmento musical), lo que puede explicar que el público girara el dial para encontrarse, inadvertidamente, con lo que parecía una transmisión musical corriente, perdiéndose, por supuesto, los títulos del programa y la introducción de Welles.
Podía resultar importante, claro, el hecho de que muchos oyentes circunstanciales del programa volvían en sus autos, cansados, de regreso a casa tras un fin de semana en los alrededores de su ciudad. Esto no explica, por supuesto, que gente grande haya creído que la Tierra podía ser destruida en el término de sólo una hora.
Con todo, los relatos de muertes y desgracias personales relacionados con los efectos de la transmisión de Orson Welles fueron exagerados, aunque hubo, eso sí, algunos abortos espontáneos y piernas y brazos rotos en la fuga ante el inexistente ejército marciano.
Se habló, también, de una catarata interminable de juicios por valor de 200.000 dólares (en todo caso, los juicios debían ser contra la CBS, no contra Welles), además de un muy real telegrama de protesta del autor de la obra, el mismísimo H.G.Wells.
Otra consecuencia más risueña de la frustrada invasión fue un cablegrama enviado por Alexander Woollcott (brillante crítico teatral y uno de los personajes más vitriólicos e ingeniosos de la época), que Welles conservó enmarcado en su oficina. El telegrama rezaba: "Esto sólo viene a demostrar, mi brillante muchacho, que toda la gente inteligente estaba escuchando a un tonto (por Bergen y su muñeco) y que todos los tontos te estaban escuchando a ti".
Welles estaba libre de cualquier amenaza legal (igualmente el periodismo lo criticó con dureza), porque su abogado, Arnold Weissberger, había insistido especialmente en una cláusula del contrato con la CBS que, eventualmente, lo hacía responsable por plagio y difamación, pero no por otras consecuencias que pudieran derivarse de la emisión.
Los marcianos, de todos modos, resultarían económicamente redituables para Welles porque, gracias al frenesí desatado por su emisión, las famosas sopas Campbell le ofrecieron su auspicio y un mejor contrato radial y, desde Hollywood, además, los ejecutivos de la RKO se terminaron de convencer de que era el momento de llamar al joven mago que había revolucionado, sin solución de continuidad, el teatro y la radio norteamericanos.
Poco más de tres años después, a Orson Welles le tocaría leer por la radio un texto acerca de otro inminente peligro que se abatía sobre los Estados Unidos para encontrarse, esta vez (como lo recordaría risueñamente hasta el final de su vida) con la incredulidad de sus oyentes, que precisamente por ser él quien hacía el anuncio no lo pudieron tomar en serio. Para desgracia de los norteamericanos, el ataque japonés a Pearl Harbor, que de eso se trataba, no era otra broma radial del bueno de Orson. Estos invasores, a diferencia de los de Marte, llegaron en serio.



