
La letra de Irène Nemirovsky
Tengo una costumbre que me condujo a una incomprensión: no logro entender a quienes sin necesidad ni urgencia huyen del cine no bien advierten que la película ha terminado o parece que ha terminado.
No me fastidia facilitar la salida ni el rumor de voces que crece durante esa fuga. En realidad, lamento que esos espectadores dejen de serlo justo en el momento en que muchas películas nos muestran algunos de sus pequeños secretos.
Ese interés por encontrar datos en los títulos finales del film es un paliativo a la intensidad con la que suelo esquivar referencias que me anticipen su contenido.
En concreto: antes de ver una película me alcanza con leer cómo la calificaron (para luego acordar o no con la cantidad de estrellas que le pusieron los críticos), conocer el género y encontrar nombres reconocibles en el elenco o en la dirección. El placer de leer las críticas del cine es, en mi caso, siempre posterior y nunca anterior al impulso cotidiano de entrar a una sala que mantengo desde que era un chico.
Un par de semanas atrás encontré una emocionante validación al hábito de elegir ignorar algunos datos previos a cambio de alguna sorpresa posterior. Fue cuando entré al cine para ver un drama de la Segunda Guerra. Suite francesa transcurre en un pequeño pueblo a cierta distancia de París en el que la ocupación alemana detona lo peor y lo mejor de la condición humana.
Los personajes arquetípicos son presentados como quien dispone la mesa para servir un clásico culebrón. En ese poblado empobrecido habitan malos y buenos, ricos y pobres, valientes y cobardes. Es una buena trampa. La historia girará varias veces para descomponer esos paradigmas mientras muestra un buen catálogo de miserias y grandezas sometidas al rigor de una situación extrema.
Una mujercita aparece en secuencias muy laterales acompañada por su hijita escribiendo en la mesa de su cocina. Está en peligro, oculta que es judía. Pero la película no se detiene en ella, escapa hacia el amor naciente entre un invasor y una esposa que sospecha su prematura viudez. La historia se solapa luego con otra trama: la cacería de un fugitivo francés.
La maldad y la grandeza correrán hacia el final una tan previsible como intensa carrera buscando el desenlace. La película me gusta mientras esa premeditada opción por la ignorancia prepara un golpe certero.
La historia termina y aparecen un par de subtítulos aclaratorios mientras mis escasos compañeros de sala desaparecen. Quedo solo, a segundos de ser acompañado por el muchacho que entrará a realizar la limpieza entre final y comienzo de cada film.
Al leer ese texto sobreimpreso mi memoria recuperó aquella historia detrás de la historia que apenas si tiene poco más de 10 años. Suite francesa es el resultado de un rescate, la salvación tardía de un manuscrito de la gran Irène Nemirovsky.
Irène murió en Auschwitz el 17 de agosto de 1942. En una licencia que el director se tomó, la historia de su captura está en la película, como también la salvación de su hija. Está representada por esa mujer que escribe mientras ocurre lo peor.
Es precisamente la hija mayor de la escritora quien casi 60 años después se atrevió a leer ese cuaderno oculto en un baúl, a salvo de los nazis.
Suite francesa es un drama que sintetiza la gran tragedia de la guerra que finalmente encontró una traducción en el cine. Un libro de más de 500 páginas que puede encontrarse desde hace años en las librerías entre los autores traducidos del francés.
Los títulos del final corren con una cierta lentitud y en ellos espero encontrar lo de siempre: los autores e intérpretes de la música, el habitual agradecimiento a un municipio que me permitirá saber en qué pueblo filmaron. Son los datos que suelo llevarme como módica ganancia de mi costumbre de quedarme.
Pero no podría decir de Suite francesa ningún dato más. Había otras letras detrás de esos títulos. El mensaje de Irène estaba ahí, en la pantalla, visitada por el director en un plano que recorrió esa escritura en miniatura, difícil de leer.
La película no había terminado, no había que irse. Las hojas del cuaderno están amarillas, la tinta azul tiende al gris, Irène está ahí en la sala desierta para decirme con su letra también estará en mi memoria.






