
La lógica del terror
Por Michael Kelly The Washington Post Writers Group
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WASHINGTON.- Esta es la lógica extrema del terror. La larga era del imperialismo legó a este siglo XXI un mundo lleno de interrogantes: quién hizo daño a quién, quién despojó a quién de sus tierras y qué debería hacerse. Lejos de hallar respuesta en la paz a medias subsiguiente a la Guerra Fría, estos interrogantes resuenan cada vez más. Al faltar la estabilidad relativa que imponía la guerra entre los gigantes, los agravios de aquellos en los que los gigantes saciaron sus ambiciones territoriales tuvieron mucho más espacio donde crecer.
En teoría, esto no es malo. Pero hay dos grandes problemas. Primero: en última instancia, el mundo entero le fue robado a alguien, en su mayor parte reiteradamente; hay reclamos, contrarreclamos y contracontrarreclamos por cada palmo deseable del planeta, y por muchos que no lo son. Segundo: a los pueblos (y a los gobiernos que ellos constituyen) no les gusta devolver lo adquirido; no importa si tal adquisición es de dudosa moralidad o no.
Quienes tienen reclamos territoriales recurren, pues, a la fuerza. Pero aquí surge un tercer problema: en general, los agraviados carecen de la fuerza necesaria para vencer en una guerra abierta. De ahí el uso corriente del terror: no atacan a los soldados del enemigo, sino a su pueblo, a víctimas inocentes elegidas al azar. Desde el punto de vista táctico, cuanto más inocentes y fortuitas sean, tanto mejor.
Eso es asesinar. Por lo tanto, cabría suponer que al terrorismo le costaría encontrar adherentes. Pero el tribalismo y la ideología son dos elementos corruptores poderosos, y una característica espantosa de los tiempos modernos ha sido el grado de aceptación del terror como algo lícito por quienes sustentan los objetivos de los diversos movimientos que lo practican. El comunismo no tuvo dificultad alguna en persuadir a varias generaciones de izquierdistas de que la necesidad de liberar al mundo del yugo del imperialismo capitalista justificaba el uso del terror en una escala descomunal. Los norteamericanos de ascendencia irlandesa prestaron un apoyo casi monolítico al IRA en sus décadas de asesinatos y atentados con bombas, tendientes a ahuyentar a los británicos de Irlanda del Norte. Y así sucesivamente, caso por caso (tribal o ideológico), en el mundo entero.
Entre todos los usos del terror, ninguno ha estado más de moda en estas últimas décadas -al menos, en la izquierda- ni ha recibido una cobertura mediática más respetuosa que el de los palestinos. Se adujo que, en efecto, los terroristas palestinos, y otros que invocaban su causa, asesinaban a inocentes, pero su conducta era comprensible. Los palestinos habían sido tratados de manera injusta. Se los oprimía y eran débiles. ¿Qué otra cosa podían hacer?
Vinimos a parar en esto: la matanza de gente cuyo único pecado, al parecer, fue ser norteamericanos. Inmediatamente, las sospechas se centraron en los grupos terroristas hostiles a Israel (y, por ende, a los Estados Unidos). No obstante, Yasser Arafat, que siempre defendió la licitud del terrorismo contra Israel, se apresuró a declararse "absolutamente conmocionado" por un ataque que dijo condenar, y presentó sus condolencias al pueblo norteamericano en nombre "del pueblo palestino".
Asesinato de inocentes
No dudo de su conmoción, ni creo que haya estado implicado, en forma directa, en la monstruosa maldad del 11 de septiembre. En verdad, es posible que los sucesos del martes no hayan tenido nada que ver con el Medio Oriente. Pero esta maldad deriva directamente, con una lógica espantosa, de la filosofía que los líderes y partidarios de la causa palestina vienen sustentando desde hace largo tiempo: una filosofía que acepta el asesinato de inocentes como expresión lícita de una lucha legítima.
Si es moralmente aceptable asesinar a una mujer en una calle de Tel Aviv, volar una "disco" llena de adolescentes o poner una bomba en un restaurante familiar, invocando la necesidad de asestar ese golpe para conquistar la libertad, entonces debe de ser moralmente aceptable lanzar dos aviones de línea contra un lugar donde trabajan 50.000 personas. Dentro de la lógica moral, ¿cuál es la diferencia? Si asesinar a inocentes es un acto excusable por el motivo que fuere, lo es y punto; si es lícito, lo es y punto. Si es aceptable en pequeña escala, también lo es en gran escala.
Según informó Associated Press, el martes por la tarde, en Nablus (Cisjordania), miles de palestinos celebraron las matanzas de Nueva York y Washington con una improvisada fiesta callejera. Gritaban "¡Dios es grande!", y distribuían golosinas, a la usanza tradicional.
Deben de haber recibido con cierta perplejidad las palabras de su líder. ¿Acaso no era esa la expresión final de su propia filosofía? ¿No era un gran golpe, el mayor que se hubiera asestado jamás, contra la opresión? ¿No era algo bueno y necesario, como les habían enseñado y se lo habían hecho enseñar a sus hijos? Un gran bien, ¿no es mejor que un pequeño bien?





