
La mala conciencia de la época
Karl Kraus, al que se le daba fácil el epigrama, escribió en el artículo "La lengua" (1932) que había que "enseñar a ver abismos allí donde aparecen lugares comunes". Anotó también en otra parte, al compararse con el arquitecto Adolf Loos, a quien lo unía la crítica, la invención y un amigo en común, "Todo lo que Loos y yo hicimos -él, literalmente; yo, lingüísticamente- fue mostrar que existe una diferencia entre una urna y un orinal, y que en esa diferencia reside un margen de libertad para la cultura. Pero los otros, los ?positivos', se dividen entre quienes usan la urna como orinal y el orinal como urna". Son frases justamente famosas que no quedaron en el brillo de la ocurrencia. Eran parte de un plan de acción: la demolición de la impostura literaria y del mal gusto (que existía entonces, a principios de siglo, lo mismo que existe ahora).
Hay intelectuales que cuestionan el mundo, pero muy pocos son los que cuestionan el mundo intelectual. Kraus fue uno de ellos. Casi nadie quiere morder la mano del amo que, estiman ingenuamente, les dará de comer. Ese amo no tiene un nombre propio: son muchos nombres propios (un mundo) que profieren posiciones, eso que nos gustaba llamar la doxa. No puede ignorarse la peligrosidad de semejante posición: se rompe la complicidad política y profesional que une a todos los que juegan el juego. Kraus era la mala conciencia de la Viena de principios de siglo, y decir eso implica decir que era, sin más y en ese período, la mala conciencia de la cultura.
Desconfío un poco del poderío de la sátira, que tiende a disolver impugnación en carcajada. Pero es claro que la sátira de Kraus daba más nervios que risa. La primera línea del ataque fueron los periodistas porque así mataba dos pájaros de un tiro: muchos de esos periodistas eran además escritores. Mortificó sin piedad a Heinrich Heine cuando dijo que le había aflojado tanto el corset al idioma alemán que cualquiera podía manosearle los pechos. Hizo de la opinión un arte, pero no le gustaba esa contaminación: "Al arte no le importa la opinión; se la regala al periodismo para que la valore por su cuenta. Cuando este le da la razón, el arte está en peligro".
Esto puede explicarse. En una conferencia ("Actualidad de Karl Kraus. Centenario de la Fackel (1899-1936"), Pierre Bourdieu señala una causa, nada más que una, que explica la furia de Kraus: "Siente repulsión por las buenas causas y por quienes sacan provecho de ellas: en mi opinión, es un signo de salud moral enfurecerse contra quienes firman peticiones simbólicamente rentables. Kraus denuncia lo que la tradición llama fariseísmo. Por ejemplo, el revolucionarismo de los literatos oportunistas que, tal como él lo prueba, son apenas el equivalente del patriotismo y de la exaltación del sentimiento nacional de otra época. Todo puede simularse, incluso el vanguardismo y la transgresión". También cómo se llega a ser lo que se es públicamente, y el periodismo, según dice Bourdieu que pensaba Kraus, lo logra por el hecho de colocar títulos y leyendas o etiquetas profesionales más o menos arbitrarias, por exceso o por defecto (por ejemplo, la etiqueta de "filósofo"), por el hecho de transformar en un problema algo que no lo es, o lo contrario.
Hace cien años, Kraus publicó la "opereta mágica" Literatura. Apenas al principio, canta un coro de bacantes una cancioncita que el propio Kraus se ocupó de que le transcribieran en partitura: "Ladramos, bailamos/ pintamos, verseamos/ sin comprometernos/. Sabemos que nada nos va a pasar/ pero ya veremos". No hay nada en común con la frivolidad del engagement sartreano. La cosa es aquí simplemente que todo lo que se escribe o se dice sea respaldado, como un reaseguro de solvencia, por la persona entera. "Arte es eso que se hará mundo, no lo que ya lo es". Se abre una espera indefinida. Estaba seguro de que en Viena (en la de su tiempo) se ponían los ceros delante de los unos. Cien años después, en Buenos Aires, no pasa algo muy diferente.






