
La "mala onda" de los argentinos
EL jueves último La Nación publicó un artículo de Enrique Valiente Noailles, La insatisfacción argentina, que comienza así: "Nuestra sociedad no tolera ya aplazamiento alguno entre el deseo y la realización. Este es el obstáculo más serio que tiene que enfrentar cualquier gobierno hoy en un país en el que ninguno de los problemas más graves tiene solución a corto plazo. Y es esa intolerancia, paradójicamente, la que empuja la realización cada vez más lejos".
La sociedad argentina se siente insatisfecha ante la persistencia de graves problemas como la recesión, el desempleo, la pobreza y la inseguridad pese a que, para resolverlos, eligió un nuevo gobierno hace ocho meses.
La originalidad de la tesis que acaba de presentar Valiente Noailles no reside, por cierto, en el reconocimiento de este malestar evidente sino en que, en vez de atribuir la responsabilidad por el clima de desazón que nos envuelve a la aparente incapacidad del nuevo Gobierno, la atribuye a los propios argentinos, cuya "intolerancia" es tan intensa que no deja al gobierno el espacio político necesario para procurar las soluciones de largo plazo que necesitamos.
El malestar, la "mala onda" que hoy afecta a los argentinos, se abre de este modo a dos diagnósticos contrapuestos. Uno es que el Gobierno, hasta ahora, ha fracasado. El otro es que el mal argentino no reside en los gobernantes, sino en los gobernados, cuya pretensión de que se les ofrezcan soluciones de corto plazo allí donde las que hay son de largo plazo, es tan "intolerante" que los vuelve en cierto modo ingobernables. Si esto fuera así, el remedio al mal argentino ya no sería lograr que el Gobierno rectificara cuanto antes su política económica y social, sino lograr que los argentinos cambiaran de humor para acompañar de buen grado las medidas que, finalmente, podrían salvarlos.
El primer "acusado"
¿A quién acusar, entonces, por el pesimismo que nos invade? ¿A los gobernantes o a los gobernados?
Sería difícil eximir enteramente al Gobierno por lo que nos pasa. Todavía está en discusión, por lo pronto, el acierto o el desacierto de sus primeras medidas económicas. En marzo último se insinuaba, tímidamente, una reactivación. ¿Fue oportuno aplicar en ese momento el llamado "impuestazo"? ¿No habría sido mejor aliviar la carga impositiva como lo está haciendo De la Sota en Córdoba, para afianzar de este modo el proceso de reactivación en curso, dejando para más adelante el necesario arreglo de las cuentas fiscales, que habría sido más fácil con un país en movimiento?
Desde el momento en que el mal argentino es no sólo "objetivo", sino también "subjetivo", psicológico, también cabe preguntar si los mensajes iniciales del nuevo gobierno no contribuyeron a agravarlo.
Tanto De la Rúa como Machinea enfatizaron desde el comienzo lo mal que recibían las cuentas públicas. Subrayaron la existencia de un déficit de 10.000 millones de dólares anuales en el presupuesto. Dijeron hasta el cansancio que el país estaba al borde del abismo. Que ésta era su herencia. Pese a que fue útil para despegar a la Alianza de la administración Menem-Roque Fernández que heredaba, el énfasis en la crisis fiscal y económica que el gobierno saliente había dejado también alarmó a la sociedad. La gente se dijo: "Las cosas están peor aún de lo que pensábamos". No bien el impuestazo y el ajuste de gastos y salarios se sumaron al negro diagnóstico que ofrecían los nuevos gobernantes, se agravó la alarma. Ante un gobierno que le enviaba una tras otra noticias "pálidas", la sociedad empalideció a su vez. Nadie le mostró una luz al fondo del túnel. ¿Por qué habría de comportarse como si esa luz existiera?
El segundo "acusado"
El Gobierno había hecho muy poco para mejorar el ánimo de los argentinos hasta que, al regresar de su gira, el Presidente lanzó palabras de aliento sobre el futuro argentino. Pero lo hizo frente a una sociedad que ya estaba deprimida. Su mensaje, ahora resueltamente positivo, ¿podrá revertir la tendencia o quedará aislado en medio de lo que dice la calle, como si el Presidente viviera en otro planeta?
"Cuando todo el mundo se equivoca -dijo alguna vez el general Mitre- todo el mundo tiene razón." Si los argentinos, aun cuando el nuevo optimismo del Gobierno sea razonable, siguen creyendo que todo va mal, actuarán de manera que todo vaya mal. El optimista termina por crear un futuro que le dará la razón. Lo mismo le sucede al pesimista. Cada uno a su manera, los dos tienen razón.
Pero la "mala onda" que se ha apoderado de los argentinos, ¿es culpa exclusiva del Gobierno? ¿No predomina entre nosotros desde hace largo tiempo una cultura de la queja capaz de interpretar como malos hasta los buenos momentos? Hoy todos elogian al estadista Frondizi. En su tiempo, lo llamaron traidor o comunista. No recuerdo un solo momento de mi vida en que no se dijera que estábamos en crisis. Cuando se los viven, los tiempos son malos. Es cuando se hunden en el pasado que, elogiándolos, se los añora.
Se dirá: lo que pasa es que nos caracteriza un vigoroso espíritu de crítica. Pero la crítica es lo opuesto a la queja. Se critica la tarea del hijo o del alumno talentoso porque se sabe que pueden rendir más. Se espolea al brioso corcel, no al pobre matungo. Porque apunta a un futuro mejor, la crítica es un acto de esperanza.
La queja, en cambio, es un desahogo sin proyecto. Después de la crítica, se espera una superación. Después de la queja, sólo se espera el temporario alivio de un resentimiento.
El estoico Epicteto escribió una vez que si la casa ahúma, siempre te puedes salir de ella. Si te quejas y te quedas en ella, agregó, eres un mentiroso, puesto que tu permanencia desmiente tu lamentación. La "casa" podría ser la patria o la vida. Continuar en ellas es un acto de esperanza, aunque el quejoso lo quiera disimular.
La escritora María Elena Walsh viene de manifestar en un reportaje de la revista Tres Puntos que, después de años de antiperonismo, ahora le tiene más miedo a la ineficiencia de De la Rúa que a la corrupción de Menem. ¿Qué es lo suyo? ¿Una crítica o una queja? Recuerdo que una vez, cuando le preguntaron qué era peor, si el capitalismo o el comunismo, el ayatollah Khomeini contestó: el capitalismo es peor aún que el comunismo, que es peor aún que el capitalismo. ¿Es el peronismo peor aún que el radicalismo y éste peor aún que el peronismo? ¿O es el presente, ya sea peronista o radical, lo que nunca nos viene bien?
Al hablar de la "mala onda " de los argentinos, ¿estamos hablando de un estado de ánimo pasajero, el que hoy nos invade, o de un rasgo permanente que nunca nos abandonó del todo, llevándonos a perder partidos antes de jugarlos?
Si el espíritu de la queja ha sido por demasiado tiempo un rasgo del carácter nacional, criticarlo debería ser, para cada uno de nosotros, autocriticarnos. Si cada uno le dice al otro, cuando éste propone algo, que "no va andar", nos anularemos entre todos. Sin embargo, en el fondo de nuestro espíritu también sospechamos que a la Argentina le espera, en algún punto del futuro, una era de esplendor. Si esto es así, lo que necesita el brioso corcel argentino es que lo espoleemos para animarlo en vez de enervar su energía con la pesada carga del mal humor.







