
Por qué vamos al cine
Creo que le debo el amor al cine a mi tía Delia. A mi padre le gustaba leer y escuchar tangos y partidos de fútbol en la radio; a mi madre, hacer visitas y cuidar animales y plantas. Pasaba varios fines de semana con mi tía, mi tío y mis dos primos, menores que yo. Aunque vivo en Buenos Aires hace años, olvido los nombres de las calles fácilmente, pero la calle Oliden, donde estaba la casa donde vivían mis tíos, es una marca imborrable en la geografía personal. De ahí caminábamos hasta la avenida Juan B. Alberdi, que tenía no una sino dos salas de cine enormes. Como escribió Edgardo Cozarinsky, eran palacios modernos en medio de otros locales y edificios construidos, para mí, sin ninguna imaginación.
Cuando leí que, para un filósofo francés, el cine era el “diván del pobre”, entendí en parte mi costumbre de ver películas a la salida del trabajo, varias veces por semana. La frase tenía la virtud de funcionar como una justificación elevada, a la que sin embargo los demás parecían prestar poca atención. A las palabras de Félix Guatari, habría podido agregar que el cine también era un oasis en la rutina diaria, una salida ideal y una escuela de sensibilidad. Si alguien hubiera afirmado que esa escuela podría encontrarla en oficinas, fábricas e instituciones donde trabajamos los adultos, hubiera desconfiado. Quizás ahora sentiría algo similar, además de la alegría porque todavía existan salas de cine a las que ir acompañado o solo. Un escritor argentino opina que no hay nada más deprimente que ir al cine solo, pero el mundo por suerte es muy diverso, tanto que incluso haya gente que piensa que no hay nada más deprimente que leer novelas de escritores argentinos. Hay para todos los gustos.

El cine fue siempre una materia de conversación. En sobremesas, en lugares de trabajo y en reuniones con amigos, se filtran frases como “Ayer fui al cine a ver...” o “En una película que vimos con Fulano...”. Como dice Gastón Molayoli en su primer y recomendable libro La máquina gigante. Escenas del cine contemporáneo (Cartografías), la experiencia cinematográfica conecta mediante palabras esa experiencia con el exterior. Entre el cine y la vida, hay palabras. ¿Sino por qué motivo leemos con interés escritos sobre películas que quizás jamás podamos ver, impresiones de esa experiencia en escritores, artistas y filósofos? Las películas se vuelven materia de discusión, de apasionamiento y de analogías y metáforas (como cuando se dice que Relatos salvajes, la película de Damián Szifron, es el emblema de la Argentina actual).
“El cine modela nuestra relación con el mundo –escribe Molayoli-. Según las películas que veamos (o que las salas de cine, los festivales, la televisión y las plataformas virtuales nos permitan ver) nos acostumbraremos a la representación de ciertos lugares, ciertas clases sociales y ciertos cuerpos.” Desde distintos ángulos, por medio de vistas verbales sobre películas de Claire Denis, Gustavo Fontán y Abbas Kiarostami, entre muchos otros directores, el autor acerca otros territorios, pueblos y afectos.
Molayoli, de la ciudad de Río IV (igual que el sello editorial que publica La máquina gigante), profundiza en varias de las formas en que el cine sale del cine e impacta en el mundo de los espectadores. El método que utiliza se parece al de un paseo por el tiempo. A medida que los días pasan, vamos al cine y vemos películas para alejarnos del mundo y, en simultáneo, para intentar captar en las películas algo del futuro que nos espera. La máquina gigante transmite amor por el cine, deseo de ver y de entender lo que vemos en silencio, a solas y acompañados, sentados en la oscuridad de la sala de cine hasta que la función del mundo se inicie de nuevo.






