
La marea negra
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Las imágenes de las desdichadas aves que, empetroladas hasta los tuétanos, vagan por las costas de Magdalena mientras en vano procuran encontrar algún alimento y limpiar por sí mismas su ennegrecido plumaje, difundirán en todo el mundo cuál ha sido el saldo negativo de una funesta imprevisión. La extensa mancha de petróleo vertida en el Río de la Plata como consecuencia de la colisión de dos buques mercantes -uno de ellos petrolero y con sus tanques cargados de ese viscoso elemento- llegó a las costas bonaerenses y ha provocado patéticas y deletéreas consecuencias.
Es probable que una maniobra deficiente, cuya naturaleza aún no fue determinada, hizo que el SEA Paraná embistiese al Estrella Pampeana -curiosas denominaciones autóctonas de barcos con banderas alemana y liberiana, respectivamente- y le abriese un rumbo por el cual se derramó, incontenible, el petróleo patagónico. Los riesgos omnipresentes en esa clase de cargamento se convirtieron entonces en una concreta y amenazante realidad.
Por ese motivo, justamente, fue llamativa, por así decirlo, la demora con que se asumió, incluso a ojos de los profanos, la probabilidad de un desastre ecológico de impredecible magnitud. Hasta se llegó a decir que la mancha , de varias hectáreas de extensión, no era peligrosa porque la corriente la llevaría a aguas oceánicas.
Ahora, en momentos en que las lamentaciones son tardías e inútiles, se puede apreciar a simple vista que el desplazamiento de esa errática alfombra marina no ha sido inocuo. Al recostarse sobre la costa, emponzoñó las aguas aledañas y playas, mientras teñía de negro a la vegetación y a la fauna. Han sido afectados de gravedad balnearios públicos, campos privados y el Parque Costero del Sur, poseedor de riquezas naturales que le han valido que la Unesco lo considere reserva de la biósfera.
Es sabido que la calidad del medio ambiente depende de un equilibrio frágil y sutil. Los seres humanos tienen la inexcusable obligación de preservarlo porque está en juego en ello, sin exageración alguna, su propia calidad de vida. Pero abundan quienes, según parecería, están empeñados en dejarlo librado al azar.
El accidente registrado en nuestro litoral fluvial no es insólito ni, por desgracia, infrecuente. Han ocurrido percances de ese tenor en muchas otras partes del mundo y tal circunstancia debe haber servido, sin duda, para acumular experiencia acerca de los recursos más apropiados para enfrentarlo. Mal se condice con esa certeza, pues, la estimación pesimista realizada por la Secretaría de Política Ambiental de la provincia de Buenos Aires. Según ese organismo, las medidas tendientes a circunscribir la marea negra, adoptadas por la empresa responsable del petrolero accidentado, son insuficientes y escasos, asimismo, los elementos puestos en juego para comenzar la ímproba tarea de tratar de ponerles remedio a las consecuencias del siniestro.
Sería descabellado pretender que se impida el transporte del crudo por vía marítima. El petróleo es un elemento vital al que están subordinadas -por lo menos hasta que sea sustituido por otra fuente de energía- numerosas e imprescindibles actividades productivas; tiene notable influencia, además, en el bienestar y el progreso de la humanidad. Esa inevitable necesidad no basta para explicar, sin embargo, la casi absoluta falta de previsiones para mantener bajo control sus riesgos potenciales que ha desnudado este derrame reciente.
Excepto el organismo ambiental bonaerense, ninguna otra autoridad parecería haberse preocupado mucho por el desastre en sí y por sus nefastas consecuencias. Se trata de una reprochable suma de desidias e indiferencias que impone reflexionar seriamente en qué medida se le presta sincera y eficaz atención a la indispensable preservación ambiental.




