La mentira política bajo la lupa

Alberto Castells
Alberto Castells PARA LA NACION
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2 de junio de 2014  

En tiempos en que el fraude, la simulación y el engaño asoman con una frecuencia inusitada, ¿serán los políticos que nos gobiernan los únicos causantes de los cimbronazos que sacuden la nave del Estado? Anticipemos desde ya una conjetura que a nadie debería sorprender: la mentira, con sus gravosas consecuencias, acompaña paso a paso la vida del país como si fuera una llaga incurable que va esquilmando despiadadamente a todos.

La mentira política alimentó desde siempre la actuación de los gobiernos, pero sólo en décadas recientes se instaló como un hábito de conducta y un estilo de gestión. Acercando tramos de la historia, registramos hechos emblemáticos que en su tiempo extendieron mantos de sospecha y provocaron agravios irredentos. La quema de la Bandera en la segunda presidencia de Perón enfrentó al oficialismo con la Iglesia, se enrostraron acusaciones apenas desmentidas y se declararon autorías nunca confirmadas. La presencia del "Che" Guevara en Buenos Aires y su entrevista con Frondizi, en secreto para evitar riesgosas consecuencias, resultaron determinantes en la inmediata caída del gobierno. El cheque millonario firmado por Isabel Perón y depositado en la sucesión de su difunto esposo fue atribuido a los manejos de un ministro, sin que la investigación del Congreso terminara en absoluciones o condenas. ¿Quién no recuerda la Guerra de Malvinas, con su acción psicológica, comunicados triunfalistas y estrepitoso desenlace? Las excusas y las maniobras distractivas de los artífices del Pacto de Olivos quedaron al desnudo cuando salieron a la luz los acuerdos, muy parecidos a un "pacto entre caudillos". Y por si esto fuera poco, la carta del Papa a la Presidenta ha desatado un vendaval inédito que pone en crisis el "sacrosanto" compromiso con la verdad. Éstas y otras evidencias enmarcan el acontecer actual, ayudan a pensarlo más a fondo y lo blanquean de espurias explicaciones.

Entre errores y desvaríos, la presidenta Cristina Kirchner dijo en algún momento que "...en política no hay que mentir más". Atraídos por el escándalo de la mentira instalada en las usinas del poder, vamos más allá de sus manifestaciones, nos interesamos por sus orígenes profundos y buceamos en la base del tejido social. ¿Es la política un espejo de la sociedad?

Desde el nuevo ángulo de mira, tres eslabones sirven para enhebrar esta ecuación.

Acusamos ante todo una inquietante realidad: arraigada en la condición humana, la mentira es una constante que día tras día le gana terreno a la verdad. Como un costo de transacción necesario para que funcionen los intercambios, la mentira ha dejado de ser un oprobio agraviante para convertirse en un motor de la existencia. Pero a las palabras las carga el diablo y la mentira -pese a que todo el mundo comete alguna- tiene una connotación tan maleable que los especialistas debaten sobre su significado y dimensión, a fin de establecer qué mentira es aceptable y cuánta es tolerable.

La universalidad de la mentira nos lleva a los orígenes del fraude, la simulación y el engaño que anidan en la vida política del país. El comportamiento de los políticos, se dice, no acusa mayores diferencias con las tendencias que prevalecen en la sociedad. Una relación para nada novedosa, ya que desde los primeros hallazgos freudianos hasta las modernas investigaciones psicosociales, se viene afirmando sin mayor disputa que la política es un emergente de la sociedad que asume la representación de sus virtudes y defectos. Si el argumento es válido, no extrañará que los políticos formados en una sociedad rebosante de mentiras terminen mezclando la vocación por el bien general con la codicia por el interés particular.

En su aplicación a los asuntos del Estado, la política mantiene estrechos lazos con el componente ético. En la visión de los pensadores clásicos y modernos, lo político conforma un segmento de la actividad humana en que el cultivo de la verdad es -debería ser- un imperativo inexcusable por estar al servicio de un bien superior: la vigencia -teórica- de la democracia representativa. El compromiso con la verdad -objeto de culto en la vida política- sería un valioso aporte a la transformación institucional que, sin ser una revolución moral, nos aproximaría a la legitimidad del buen gobierno.

Pero la noble utopía no se anuncia sin reservas. Si los líderes políticos son emergentes de la sociedad, la formación de una dirigencia preocupada por la ética no dependerá de la llegada de nuevos elencos gobernantes ni de las innovaciones en la estructura de poder. La regeneración ocurrirá cuando el proyecto personal de cada uno, sumado a la responsabilidad social de todos, marque el camino hacia una producción de ciudadanía comprometida con la legitimidad del buen gobierno. A medida que las conductas individuales y colectivas se vayan alejando de la adicción a la mentira, aparecerán nuevos escenarios aptos para que las generaciones venideras puedan acceder a nuevos perfiles de conducción y de gestión. "Hay que cambiar a los pueblos para que los pueblos cambien a sus gobiernos", escribió Juan Bautista Alberdi.

Aunque no es probable que el síndrome de la mentira disminuya en un futuro inmediato, hay un dato que merece el mejor de los augurios: si es cierto que la política es la imagen de la sociedad, la insistencia en el cambio de actitudes tendrá un efecto multiplicador que puede dar sus frutos tanto en conversión ejemplar como en rédito electoral. Y poco a poco, personalidades influyentes y ciudadanos comunes empezarán a desear, por fin, alejarse del flagelo de la mentira para abrazar la cultura de la verdad.

El autor, profesor de Teoría Política y de Derecho Constitucional, es investigador principal del Conicet.

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