La mentira, ¿siempre tiene "patas cortas"?
Solemos atribuir a los políticos en campaña cierto grado de exageración. Si se exagera la exageración, empero, se cruza la frontera que la separa de la mentira. ¿Cuánto mienten los políticos? La suposición general es que, salvo las honrosas excepciones que afortunadamente existen, los políticos no suelen decirnos sino aquella parte de la verdad que coincide con sus intereses. Por eso, cuando descubrimos que alguno de ellos mintió, nos entristecemos pero no nos sorprendemos.
Otra cosa ocurre cuando sorprendemos en una mentira a alguien en quien confiábamos ciegamente. Si un político a quien suponemos, como Homero a Ulises, "fecundo en ardides", nos miente, decimos que "qué le hace una mancha más al tigre". Pero si alguien que se había elevado a la consideración pública como un dramático ejemplo de sinceridad, de autenticidad, admite que mintió, aun cuando su mentira haya sido menor, nos perturbamos. A partir de su mentira en un caso concreto, ¿podremos creerle en todo lo demás? Esta es la duda perturbadora, desgarradora, que acaba de sembrar entre nosotros Juan Carlos Blumberg.
La mentira es moralmente condenable. ¿Es, además, políticamente eficaz ? Media biblioteca dice que sí. "Miente, miente, miente, que algo quedará", reza la fórmula mil veces repetida del ministro de propaganda de Hitler Joseph Goebbels. El propio Hitler pretendió elevar este dicho a la categoría de un principio cuando afirmó en Mi lucha (Mein Kampf) que "cuanto más grande sea una mentira, tanto más fácilmente caerá en ella la masa del pueblo". Maquiavelo, por su parte, observó que el mundo político es el mundo de las apariencias, no el de la realidad.
Pero también hay media biblioteca que apunta en sentido contrario. Dice un conocido refrán, por ejemplo, que la "mentira tiene patas cortas", porque, a la larga, no se sostiene. Lo cual coincide con la famosa advertencia de Abraham Lincoln según la cual "es posible engañar a mucha gente poco tiempo y a poca gente mucho tiempo, pero no a toda la gente todo el tiempo". Esta observación es el fundamento de nuestra fe en la democracia.
Mentir está mal. Pero aun para el que no se detiene en consideraciones morales, aun para el pragmático más desprejuiciado, ¿ conviene mentir?
"Mentime, Carlos"
El indoeuropeo men alude a los movimientos a veces felices y a veces descarriados de nuestro espíritu. De él provienen el latín mens y el castellano "mente", así como las numerosas expresiones, sanas o enfermas, a las que la mente da lugar como, por ejemplo, "demente", "manía", "vidente", "musa" y "música", "amnesia", "mencionar" y, por supuesto, "mentir".
Véase aquí la impecable definición de nuestro diccionario: "Mentir es decir lo contrario de lo que se sabe". El fin de la mentira es engañar, "dando a la mentira apariencia de verdad". También cabe aludir aquí a "engañarse" a uno mismo, que es "cerrar los ojos a la verdad por ser más grato el error".
El análisis de la mentira ha ocupado por milenios a la filosofía, desde el célebre ensayo sobre la mentira de San Agustín (354-430) hasta un libro clásico de nuestro tiempo, Mentir ( Lying ), de Sissela Bok. Es que la mentira se presta a numerosas distinciones. No es lo mismo la gran mentira que la pequeña. Tampoco es lo mismo mentir para dañar que mentir en pos de un fin en sí mismo loable. ¿Qué decir, por ejemplo, de la mentira "piadosa", que Bok llama "blanca" ( white) , que se le dice a un enfermo terminal, o de las fábulas que se les cuentan a los niños, que aún se manejan por mitos, cuando se les hace creer en las generosas visitas de los Reyes Magos o de Papá Noel?
¿Cuánto mienten, en cambio, los gobiernos, no ya a los niños sino a los adultos y no ya para beneficiarlos sino para ocultarles una verdad a la que tienen derecho? En un reciente artículo, El negocio de mentir, Roberto Cachanosky acaba de acusar al gobierno de Kirchner de mentir con el concurso del nuevo y poco creíble Indec no sólo en cuanto a las cifras reales de la inflación, sino también en cuanto a las cifras reales del presupuesto, tratando de que creamos en un superávit tan generoso como inexistente, o cuando nos dice que no hay crisis energética sino, a lo más, pequeñas molestias derivadas del alto crecimiento económico.
Falta explicar lo que podríamos llamar la "popularidad" de la mentira. ¿Por qué caemos tan fácilmente en ella? Quizá la explicación reside en la alusión del diccionario al verbo "engañarse". A veces cerramos los ojos frente a la verdad. Maquiavelo escribió que "aquel que desee engañar, siempre encontrará a alguien que desea ser engañado".
Basta una anécdota para cerrar esta sección. En un viaje de regreso de Oriente, el avión que transportaba al presidente Menem y a varios de sus ministros empezó a fallar. Menem procuró calmar a los demás pasajeros repitiendo la famosa frase de Julio César, cuando les dijo a sus compañeros de un barco que corría el riesgo de zozobrar: "No temáis, lleváis a César". En el vuelo que venía de Oriente, Menem procuraba inspirar la misma confianza. Pero uno de sus ministros, que seguía aterrado, atinó a pedirle: "Carlos, por favor, mentime".
El caso Blumberg
¿En qué medida se pueden aplicar estas reflexiones a la mentira sobre su título de ingeniero de Juan Carlos Blumberg? Algunos dirán, en su defensa, que la falta fue en definitiva pequeña porque su prestigio no provenía de su condición universitaria, sino de la tragedia de su hijo Axel y del temple heroico que le permitió transformarla en una cruzada.
En este punto, cabe una pregunta: ¿por qué nos importan tanto a los argentinos los títulos universitarios? Alberdi escribió una vez que prefería un zapatero honesto a un abogado sinvergüenza. Carlos Fuentes también nos advirtió que "en tanto los mexicanos venimos de los aztecas, ustedes vienen de los barcos". Era una manera elegante de decirnos que somos una sociedad plebeya. Con una o varias generaciones de distancia, la mayoría de los argentinos venimos de los barcos. No hay entre nosotros, como en Roma, patricios y plebeyos. Pero aun los plebeyos necesitan algo similar a los títulos de nobleza porque el hombre es, después de todo, un ser jerárquico.
¿Cuál ha sido entonces nuestro título de nobleza? El grado universitario. A partir de esta necesidad, nuestra sociedad empezó a doctorar a una nueva capa de "nobles" intelectuales. De ahí que llamemos "doctores" no sólo a los médicos, sino también a los abogados o a esos otros nobles que son los ingenieros, los arquitectos y los licenciados.
Esto explica en parte la falta de Blumberg, pero el problema es que su "pequeña" mentira, tolerable en otros casos, es más grave en el caso de alguien que había cimentado un renombre intachable, porque basta una sola nube para oscurecer la imagen de un gran hombre como el que creíamos que era Blumberg.
Habrá que esperar un tiempo para saber si la imagen del máximo referente moral que teníamos contra el azote de la inseguridad podrá recuperarse. Estuvo mal Blumberg en mentirnos desde su alto sitial. Estuvo bien en reconocer su falta sin apelar a excusas. Ahora falta saber si, para bien de él mismo y del menguado capital de credibilidad que aún le queda a nuestra sociedad, el padre de Axel conseguirá finalmente remontar la cuesta.





