
La metáfora del desdén
Por Francisco Delich Para La Nación
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CUANDO en junio de 1984 el presidente Raúl Alfonsín, apenas recuperada la democracia en la Argentina, visitó a España, recibió como regalo un facsímil del Tableau économique , de Francois Quesnay, en la edición española de la traducción de Manuel Belgrano. Esta edición, cuya importancia no necesito destacar, le fue ofrecida al presidente y a su comitiva por el entonces ministro Ernest Lluch, asesinado en noviembre por ETA. Hace pocas semanas, cuando la Biblioteca Nacional argentina incorporó once cartas de Manuel Belgrano, importantes para la historiografía de la independencia, el historiador argentino Gregorio Weinberg, que acompañó en su viaje de 1984 al presidente Alfonsín, recordó el gesto de Lluch, comentando que éste había contribuido como pocos a la divulgación del conocimiento que la etapa española había tenido en la formación intelectual del héroe de la Independencia.
De modo que desde entonces Lluch fue un amigo de los historiadores e intelectuales argentinos, no sólo por este gesto sino por su nunca desmentida sensibilidad para con los iberoamericanos. Así lo recordamos los que lo conocimos en aquella y otras ocasiones. Su asesinato nos ha conmovido a todos. Cierto, se podría argumentar que todos estos crímenes son igualmente condenables. Pero algunos nos impresionan más que otros, porque la víctima nos resulta familiar, próxima.
Formas de la violencia
Otros amigos muy conocidos y queridos en nuestro país, como Fernando Savater y Jon Juaristi, han sido amenazados. Tal vez, como hicieron los ayatolás iraníes con Salman Rushdie, condenados a muerte por tribunales desconocidos y arbitrarios, sin otra defensa que su propia dignidad y nuestra solidaridad.
Pertenezco a una generación que conoce bien las formas de la violencia y su racionalización: violencia popular, violencia estatal, violencia civil, violencia espontánea y organizada, violencia reactiva, instrumental, táctica o absoluta y metafísica, violencia moral. Algunos pagaron con su vida, a otros se les partió -literalmente- el alma. Nadie sale indemne de discursos parecidos ni de sus gestos, ni las sociedades ni las personas ni las instituciones ni las organizaciones. Nada es igual después, nunca somos los mismos.
En los años oscuros de las dictaduras encontramos solidaridades de países europeos, de fundaciones norteamericanas, iglesias, y, por supuesto, de los países democráticos que sobrevivían en América Latina durante los años 70. Las amistades traspasaron las fronteras, los Estados, las lenguas, las naciones. A nadie le preguntaron por sus ideas ni por sus acciones.
Aprendimos a deletrear, provocativamente, el verbo disentir . Había quienes habían disentido con el poder. Los más. Pero también los que habían disentido con sus organizaciones políticas, con sus referentes ideológicos. Descubrimos que organizaciones que se presentaban a sí mismas como herederas de la razón y portaestandartes de la justicia eran capaces de comportamientos autocráticos y represiones insuperables por su refinamiento y crueldad. Este fue un descubrimiento existencial. Si recuerdo este pasado que no represento (que nadie representa cuando de escribir el sentido de la historia se trata), es simplemente para que la identidad del autor contribuya a clarificar el texto.
No escribo desde una forma de pacifismo, sino desde otra orilla: desde el compromiso intelectual que algunos aprendieron en Marx; otros, en Sartre o Mounier, y algunos, cómo no, en el príncipe Kropotkin. De este lado del Atlántico, compromisos ejemplares fueron las generaciones de intelectuales que contribuyeron a inventar naciones, organizaron la educación, crearon universidades y generaron cultura como control y eventual oposición al "furor de los príncipes", como escribió un humanista olvidado seis siglos atrás.
Derecho al disenso
El Estatuto vasco es un problema del Estado español. La acción de ETA es un problema de todos nosotros, intelectuales del planeta necesitados como del oxígeno del reconocimiento del disenso. Porque de esto se trata, del derecho a pensar diferente, argumentar, oponerse ideológicamente, en fin, expresar libremente el pensamiento y su continuidad natural, la acción.
De ETA nos separa su concepción étnica de la nación, que conduce inevitablemente al racismo. Vascos, arios o hutus, definidos con atributos raciales, conducen inevitablemente a la muerte selectiva o masiva del otro, del diferente. En este lejano Sur, desde hace un siglo y más, se intenta justamente olvidar las etnias para fundar una nación: gallegos, vascos, judíos, piamonteses, friulanos, entre otras decenas de identidades, grupos religiosos, para fundar una comunidad que no reconozca diferencias de origen sino de conductas.
Tenemos con ETA una concepción diferente de la nación, también del Estado de derecho y, por eso mismo, del futuro común.
La identidad y la cultura nacionales no las definimos como ancladas en fantasías y mitos fundacionales tan esquivos con la historia como con la razón, sino con proyectos de sociedad y de Estado, en los cuales la comunidad es capaz de pensarse a sí misma y realizarse autónomamente.
No nos separan de ETA solamente estos crímenes. Nos separa el camino que conduce a los crímenes, que los justifica y legitima. Nos separa su incongruencia entre fines retóricos y prácticas retrógradas; nos separa el internacionalismo proclamado y el racismo encubierto; nos separa la democracia reivindicada y el autoritarismo practicado. El crimen de Ernest Lluch no es peor crimen que los anteriores ni que los que vendrán. Pero es un crimen que además tiene otras enseñanzas, que puede leerse como una metáfora del asalto a la razón por los racionalistas, del asalto a la ilusión por los ilusos, del asalto a la solidaridad por los solidarios: la metáfora del desdén por la inteligencia.





