La monoparentalidad en debate

Mariángeles Castro Sánchez
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15 de febrero de 2018  

Madre y padre son necesarios ambos. ¿Es así? ¿O en el escenario actual ya no se desprende tan claramente esta afirmación? ¿Deberíamos justificarlo de manera fundada? Asistimos hoy a la propagación de un fenómeno novedoso: el de las monoparentalidades deliberadas. Ya no resulta retórica nuestra pregunta inicial, pues decidir ser padre o madre en soledad es hoy tendencia.

Lejos de invocar a la sabia naturaleza, apelemos al sentido común. Tiempo atrás, la ausencia de uno de los progenitores se experimentaba como una carencia real, una dolorosa marca en la biografía personal y familiar. Y la monoparentalidad era padecida o, en el mejor de los casos, aceptada y llevada adelante con fortaleza y resignación. Pero jamás buscada. La monoparentalidad compone una elección que, por sus características, se sitúa entre las diversas prestaciones de alta gama. Así, nos encontramos ante la propagación de esta opción voluntaria, un movimiento que cuenta entre sus filas ciertos casos emblemáticos que modelan su ejercicio.

Sabemos que todo niño puede sobreponerse a una historia de crecimiento en orfandad de padre o madre. Ahora bien, ¿puede el amor de uno de los progenitores suplir la ausencia del otro? La realidad nos interpela cada vez que voluntariamente provocamos una situación de orfandad. Porque las monoparentalidades intencionales depararán nuevas subjetividades.

Es necesario promover una reflexión desde la perspectiva del niño. ¿Cómo fue nacer sin papá? ¿Cómo será vivir sin mamá? No se trata ya de un progenitor ausente, se trata de su inexistencia. Esto marca un quiebre profundo, una ruptura de los cánones preexistentes.

Se impone, pues, ampliar la mirada. Los fenómenos desconocidos demandan un abordaje abarcativo, multidimensional. No podemos quedarnos sólo con la perspectiva del adulto que decide su monoparentalidad. Tenemos necesariamente que incluir en el análisis también al niño que la recibe, al entorno familiar y comunitario más extenso que la contiene y sus potenciales derivaciones sociales.

Necesitamos estudios que problematicen estos nuevos vínculos, estas dinámicas familiares diversas, considerando el desarrollo personal de cada miembro y el funcionamiento del sistema todo. Partiendo de una observación rigurosa y contextualizada del proceso de crianza, del ejercicio monoparental y de los posibles emergentes. No tendremos resultados precisos y confiables hasta dentro de años. Por el momento, reafirmemos que la perspectiva ética no puede escindirse y que ningún fin justifica los medios. Porque una postura finalista y lo radiante de los logros cortoplacistas pueden oscurecer nuestro entendimiento. Somos conscientes de que partimos de un deseo radical y profundo de trascendencia, que confiere sentido a la vida y que se concreta a través del amor. Y es verdad que el amor transforma. Pero no lo es menos que nuestra vocación parental debe siempre tener como límite la no objetivación de ese otro, que será siempre un sujeto, una persona, un fin en sí mismo. Nunca un medio. Ni siquiera en nombre del amor.

Por ahora, nos quedamos con las fotos. Fotos que sin duda conmueven, emocionan, ilusionan. Y confiamos en que la presencia de ese padre o esa madre todo lo sanará. ¿Será realmente así? No lo sabemos. Llas imágenes felices no son más que una secuencia en la película que recién comienza y que pondrá a prueba, una vez más, la capacidad resiliente de la especie humana.

Directora de la Lic. en Orientación Familiar (Universidad Austral)

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