
La NASA ya se prepara para vivir en Marte
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COMO lo hizo a través del tiempo, Marte, a veces el vecino planetario más cercano a la Tierra, ejerce una extraña fascinación sobre la gente y desde hace mucho tiempo fue un ansiado destino para los más imaginativos.
Acicateadas ya fuere por la ciencia ficción o por los indicios de que pudo haber vida en las antiguas rocas marcianas, muchas personas parecen pensar que, inevitablemente, los seres humanos pondrán pie en el planeta rojo, en primera instancia para visitarlo y posteriormente para quedarse.
Con bastante discreción, y a menudo sin que nadie lo advierta, los científicos e ingenieros están armando planes y desarrollando la tecnología para convertir esos sueños en realidad.
En varios centros de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA), y en las universidades y compañías aeroespaciales se realizan actualmente estudios en pequeña escala acerca de diversas tecnologías que, una vez amalgamadas, podrían enviar una tripulación humana a Marte a principios del siglo próximo.
Son promisorias las nuevas propuestas bajo la lupa con vistas a un viaje a Marte: utilizar naves más livianas y, en parte, inflables; desarrollar sistemas cerrados para reciclar residuos y producir alimentos, y generar combustible para cohetes en Marte en lugar de transportarlo desde la Tierra.
Ante la ausencia de un mandato político para una misión humana a Marte, la NASA encara esa posibilidad con cautela y sin tanto aspaviento, financiando varios proyectos de investigación de bajo costo y preparando anteproyectos, por si acaso.
"Aparte de semejante viaje, no conozco otro acontecimiento que pueda incentivar más a fondo nuestra imaginación o nuestras ansias innatas de exploración", señaló Daniel Goldin, director de la NASA.
Goldin pretende que la administración a su cargo eche las bases para un emprendimiento de esa naturaleza, durante los próximos cinco o seis años. Una vez concluido ese período -añadió- los criterios para la misión espacial deberían ser suficientemente sólidos como para demostrarle al presidente o al Congreso de los Estados Unidos cómo realizarla y llegar a buen término dentro de un período de ocho a diez años a partir de la fecha en que sea iniciada.
"Antes de que se introduzca una propuesta seria relacionada con un viaje tripulado a Marte -advirtió Goldin- cuatro interrogantes deberán quedar en claro: ¿podrán los astronautas vivir y trabajar en el espacio durante el período de dos a cuatro años que se necesita? ¿Existe una imperiosa razón científica para enviarlos? ¿El viaje podrá hacerse con bajo costo? ¿Deberían los Estados Unidos encargarse de la misión por su cuenta o formar parte de un programa internacional?
Para tratar de responder esas preguntas, voceros del organismo expresaron que la NASA ha estado invirtiendo entre cinco y diez millones de dólares por año en estudios directamente relacionados con la exploración humana más allá de la órbita de la Tierra.
"Mucho ha cambiado desde los esfuerzos e iniciativas de otras épocas", afirmaron Louis Friedman, director ejecutivo de la Sociedad Planetaria, y otros especialistas. "En primer término -agregaron-, los cálculos estimativos del costo que supondría una expedición a Marte disminuyeron considerablemente en los últimos años y deberían seguir bajando a medida que los investigadores analizan nuevas formas de hacer las cosas. Ciertos cálculos elaborados hace poco por los ingenieros de la NASA indican que el costo de enviar seis astronautas a Marte en una misión que durará entre dos y tres años oscila en los cincuenta y cinco mil millones de dólares, una cifra que equivale a tan sólo el diez por ciento de los cálculos previstos hace diez años.
Algunos especialistas sostienen que los robots constituyen el mejor recurso para explorar a Marte. Sin embargo, Goldin y otros advirtieron que las investigaciones iniciales podrían derivar en ciertas tareas que sólo los seres humanos pueden hacer bien.
Parte de la tecnología examinada actualmente ante la posibilidad de un viaje a Marte será probablemente puesta a prueba en la estación espacial internacional, cuya construcción, según lo previsto, entrará en órbita dentro de algunos meses. Ese puesto de avanzada, de cuatrocientas setenta toneladas, será completado alrededor del año 2004 por los Estados Unidos, Rusia, la Oficina Espacial Europea, Canadá y el Japón.
Un significativo cambio que se analiza hoy para la estación espacial tiene potencialmente una importante aplicación marciana.
La NASA impartió una orden para que se abandonara la construcción -planificada desde hace tiempo- de un módulo habitacional a cargo de la compañía Boeing, como un importante aporte norteamericano a la estación espacial, y considera la posibilidad de reemplazarlo por una unidad más liviana e inflable llamada TransHab.
El hábitat presurizado, uno de los seis compartimientos principales de la estación, incluirá las habitaciones de la tripulación y gran parte de los equipos para los astronautas norteamericanos en ese puesto espacial de avanzada.
Funcionarios de la NASA señalaron que el organismo decidirá hacia fines de año si continúa la construcción del módulo original o si opta por el nuevo concepto. El costo estimativo de cualquiera de las dos alternativas, que será lanzada hacia la estación espacial internacional en el año 2003, es de aproximadamente 100 millones de dólares.
"Estamos diseñando un hábitat espacial inflable que es más seguro, más barato y mejor que cualquier cosa actualmente en desarrollo", comentó Donna Fender, la gerente del proyecto en el Centro Espacial Johnson de la NASA, en Houston.
El TransHab (que vacío pesa unas cinco toneladas) podría ser el 50 por ciento más liviano que el modelo previsto por la Boeing, mientras que su espacio interior es tres veces mayor. Debido a su menor peso puede ser enviado totalmente equipado hacia la estación espacial internacional, en lugar de ser equipado después, como es el caso previsto para otros módulos de esa estación. El espacio agregado podría tener múltiples usos.
"El diseño requiere de un revestimiento hídrico en los habitáculos principales. El agua impide la penetración de partículas radiactivas como, por ejemplo, los rayos cósmicos y los iones de las llamaradas solares, y una capa de 8 a 12 centímetros de espesor podría formar una especie de "sótano" que protegerá a los astronautas de las tormentas radiactivas y que no figuraba en la actual planificación de la estación espacial internacional", agregó Fender. Ese escudo contra la radiación podría ser útil en un viaje interplanetario a Marte que, en contraste con la Tierra, no tiene un campo magnético para captar la radiación solar sobre el planeta.
Otra tecnología en vías de desarrollo está concentrada en los sistemas de apoyo vital regenerativo capaces de reciclar desperdicios y producir oxígeno y alimentos para los viajeros del espacio.
Los ingenieros de la NASA que trabajan en el Programa Avanzado de Recursos Vitales, cuya sede también se halla en el Centro Espacial Johnson, afirman que progresaron a pasos agigantados en el desarrollo de un biorreactor que se vale de microbios para depurar el agua residual antes de que sea filtrada a través de un sistema de purificación convencional por ósmosis inversa.
Don Henninger, director del programa de recursos vitales en el Centro Johnson, señaló que en diciembre último se completó una prueba de noventa y un días con cuatro participantes en una cámara sellada y se demostró que ese sistema era factible. Permitió recuperar el 99 por ciento de agua potable.
Por primera vez en una prueba de esa naturaleza, los ingenieros utilizaron un incinerador para reciclar materia fecal recuperando dióxido de carbono y vapor de agua que fue usado para nutrir cultivos de lechuga y trigo en una cámara aledaña. El trigo, a su vez, produjo el 25 por ciento del oxígeno respirado por la tripulación.
"El sistema regenerativo tiene evidentes implicaciones para un viaje a Marte, ya que no sería nada práctico transportar todos los alimentos, el agua y otros elementos de consumo que la tripulación necesitaría si no existiera la posibilidad de reciclarlos", comentó Henninger.
Merced al programa está previsto construir una amplia unidad de investigación conocida como Bio-plex para poner a prueba la idea de un sistema herméticamente cerrado y contenido en sí mismo, capaz de dar sustento a una tripulación durante más de un año.
"Nuestra tarea consiste en tener lista la tecnología para cuando se la necesite", concluyó Henninger.
Por Warren E. Leary
(c)
La Nacion
(Traducción de Luis Hugo Pressenda)
Existen 108 objetos cercanos a la Tierra que son monitoreados estrechamente, pero ninguno se estrellará contra nosotros al menos en los próximos 33 años .
JIM SCOTTI ha sido cocinero antes que fraile en esto de la astronomía. Aficionado desde niño a la observación del cielo, un verdadero aficionado de la ciencia ficción, dedica sus ratos libres a pintar "arte espacial", a la fotografía y al softball . Aunque no tiene demasiado tiempo: casi todas las noches trabaja en el telescopio de 0.9 metros del Observatorio Steward, en Kitt Peak (Arizona). Desde hace más de diez años, él es uno de los vigilantes del espacio que intentan avisarnos si un día se va a hacer realidad aquello que tanto temía Abraracurcix, jefe de Asterix el galo, que "el cielo caiga sobre nuestras cabezas": junto con otros diez astrónomos dedica su trabajo al Spacewatch Project, una observación continua y sistemática de pequeños cuerpos del sistema solar (asteroides y cometas), algunos de los cuales podrían un día venírsenos encima.
El 6 de diciembre último, la Cámara CCD del telescopio, que trabaja con un programa de informática que permite comparar a tiempo real las imágenes que obtiene del cielo con las que han observado en días anteriores, avisó a Scotti que había aparecido un nuevo objeto. Se trataba, sin duda, de un cuerpo del sistema solar, que se movía lentamente respecto del fondo de estrellas. El telescopio, construido en 1921, está actualmente dotado de los más sofisticados sistemas de localización de cuerpos menores, y desde 1984 ha verificado casi dieciséis mil asteroides que nadie conocía antes, entre ellos ciento cincuenta y tres cuyas trayectorias alrededor del Sol se acercan de vez en cuando a la Tierra.
El descubrimiento fue transmitido esa misma noche a la Oficina Central de Telegramas Astronómicos, un organismo perteneciente a la Unión Astronómica Internacional (UAI) que fue creado hace 75 años, aprovechando las nuevas comunicaciones telegráficas para informar a los astrónomos de todo el mundo de los nuevos descubrimientos. En la actualidad, este centro, que dirige Brian Marsden en la Universidad de Cambridge (Massachusetts), ya no utiliza el telégrafo, sino el correo electrónico para poner en alerta a una red de miles de observadores en todo el mundo. De esta manera, en las noches siguientes había ya varios observatorios astronómicos profesionales -y también aficionados a la astronomía- que intentaban localizar y obtener la posición de ese débil punto luminoso en el cielo. Según se iban recopilando las mediciones, los responsables del Centro de Planetas Menores de la UAI introducían esas coordenadas en sus programas de cálculo de órbitas. A fines de febrero último, después de dos meses de observaciones del nuevo asteroide -al que ya se había bautizado provisionalmente con el número de catálogo 1997 XF11- se empezaba a ver que en el año 2028 el asteroide se iba a acercar mucho a la Tierra. Demasiado, pues estaba dentro de los errores de cálculo la posibilidad de un impacto contra nuestro planeta. Una nota de prensa emitida por la oficina de Brian Marsden advirtió que el asteroide podría pasar a menos de 50.000 kilómetros de nuestro planeta, o incluso chocar. Y ahí se empezó a desatar el "síndrome de Abraracurcix".
El proyecto Spacewatch no es el único dedicado a escrutar la noche para intentar descubrir asteroides. En Monte Palomar funciona Near-Earth Asteroid Tracking (NEAT) (Seguimiento de Asteroides Cercanos a la Tierra) que depende del Laboratorio de Propulsión de Cohetes de la NASA y de la fuerza aérea norteamericana. En imágenes que tenían archivadas, tomadas en 1990 en el observatorio de Monte Palomar, en California, estaba el 1997 XF11, aunque no se habían dado cuenta hasta hace pocos días, cuando los medios de comunicación ya estaban recibiendo las notas de agencia que alertaban sobre el fin del mundo para dentro de treinta años. Con las posiciones de 1990, la órbita del asteroide se ha podido trazar con mayor precisión. Y podemos respirar tranquilos porque se nos ha concedido una prórroga: el 1997 XF11 no chocará contra la Tierra, pues estará a millones de kilómetros de nosotros.
Lo cierto es que el cálculo de las órbitas de estos cuerpos menores, tanto de los asteroides como de los cometas, no es nada sencillo: se trata de objetos muy pequeños en comparación con los planetas, y su trayectoria se ve perturbada por la influencia de los demás cuerpos del sisterma solar. Cuantas más observaciones, cubriendo un espacio de tiempo mayor, más precisos son los cálculos y las predicciones.
El Centro de Planetas Menores de la UAI sigue asiduamente el movimiento por el cielo de ciento ocho objetos cercanos a la Tierra. Son los candidatos a venírsenos encima aunque, según las estimaciones del Centro, estaremos seguros durante los próximos treinta y tres años. En la lista que mantiene con los próximos acercamientos, ninguno se va a acercar a menos de un millón de kilómetros de nosotros.
Uno de los más cercanos será el asteroide 4179, Tutatis (¿otra vez Abraracurcix?), que estará la noche del 29 de septiembre del 2004 a tan sólo millón y medio de kilómetros de la Tierra.
Sin embargo, los astrónomos estiman que existen muchos más asteroides cercanos a la Tierra que los que conocemos: unas diez veces más, de los cuales se descubren unos diez al año.
El 9 de diciembre de 1994, el propio Jim Scotti descubrió en el cielo el asteroide 1994 XM1, que estaba a sólo 105.000 kilómetros, menos de una tercera parte de la distancia a la Luna. Y se descubrió esa misma noche: si hubiera venido hacia nosotros en trayectoria de impacto, no habríamos podido evitar el fin del mundo tal como lo conocemos hoy.
La primera detección de un asteroide cercano a la Tierra es antigua: en 1937 se descubrió que el asteroide Hermes se iba a acercar hasta a unos 700.000 kilómetros de nosotros aunque el Apolo, descubierto en 1932, también podría llegar a producir una colisión cósmica.
Desde entonces se conocen unos ciento cincuenta objetos cercanos a la Tierra, a veces conocidos como asteroides Atenea, Apolo y Amor. Los primeros tienen órbitas menores que la de la Tierra: están normalmente más cerca del Sol; los Apolo se acercan más al Sol, sus órbitas son más excéntricas; y los Amor tienen órbitas algo mayores que la de nuestro planeta. Potencialmente, también conocemos una veintena de cometas que pueden llegar a pasar cerca de la Tierra.
En 1991, el Comité Asesor Científico de la Casa Blanca solicitó a la NASA información sobre el posible peligro que estos objetos podrían plantear en el futuro.
Un año después, un congreso internacional plantaba las bases del llamado Spaceguard Survey, un programa de "salvamento espacial" que tomaba su nombre de la novela Cita con Rama , de Arthur C. Clarke, el visionario escritor de ciencia ficción.
El fin del mundo
El plan de acción que se está desarrollando pretende incentivar los programas de búsqueda, como el del Observatorio Steward, con la idea de obtener en los próximos treinta años un censo lo más completo que sea posible de estos objetos. Ello permitirá estar atentos y prevenir catástrofes. Aunque cada día nos cae, aproximadamente, de una tonelada de materia proveniente del espacio en forma de polvo interplanetario atraído por la gravedad terrestre, raramente se producen impactos. Pero el riesgo existe: el 9 de diciembre del año pasado los sismógrafos de Groenlandia marcaron un temblor inesperado. Se había producido por el impacto de un meteorito en el oeste de la isla. No causó daños: aunque pesaba casi 5000 toneladas era un cuerpo muy pequeño como para provocar una catástrofe mundial.
Los científicos calculan que si chocara contra la Tierra un objeto de quinientos metros de lado, la energía liberada en el impacto sería de unos diez mil megatones y causaría más de un millón de víctimas mortales inmediatas, aunque los efectos a largo plazo podrían causar mil veces más muertos. En el caso de que fuera un objeto con un tamaño de unos dos kilómetros de lado, como el 1997 XF11, el impacto causaría en un instante la devastación completa del planeta y podría acabar con la mitad de la población, además de provocar un período glacial de por lo menos veinte años de duración.
Sabemos que esto ha ocurrido otras veces en la historia de la Tierra: hace 65 millones de años, muy probablemente, el impacto de un cuerpo de unos diez kilómetros de lado contra nuestro planeta no sólo dejó el cráter que ocupa la zona submarina cercana a Chicxulub, en la península de Yucatán: también dio al traste con el ochenta por ciento de los seres vivos, incluidos los entonces reyes de la creación: los dinosaurios.
Y basta con mirar la Luna, cubierta de cráteres, para entender que esto no es algo extraño en nuestro sistema solar. Aunque no hay un completo acuerdo, los científicos calculan, a partir de los datos geológicos, que una extinción masiva provocada por un impacto cósmico podría producirse, por término medio, cada doscientos cincuenta millones de años. Pero hay otras previsiones menos optimistas: según el estudio de la NASA, de 1992, la probabilidad de una catástrofe global es de una cada medio millón de años, con la posibilidad de que muera una cuarta parte de la población mundial.
Sólo en el caso de saber con suficiente antelación (al menos medio año) la fecha del impacto, sería posible utilizar medidas que nos pudieran salvar de la catástrofe, como enviar un cohete con cargas nucleares contra el asteroide, de manera que lo desviara levemente, lo justo como para que no llegara a chocar contra nosotros. Por el momento este sistema de salvaguarda es sólo un proyecto para el futuro.
Mientras tanto, nos puede consolar el hecho de que incluso las estadísticas más pesimistas estiman que la posibilidad de que cualquiera de nosotros muera por una colisión cósmica es de una en dos millones: una incidencia muchísimo menor que la de tener un accidente del tránsito.
(c)
La Nacion






