
La nueva reforma previsional
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NADIE puede desconocer en la actualidad la delicada situación financiera que afronta el Estado nacional, ni tampoco ignorar que buena parte del déficit en las cuentas públicas guarda relación con el maltrecho sistema previsional, que consume unos 22.500 millones de pesos por año en concepto de beneficios para jubilados y pensionados.
La creación del sistema de capitalización para las jubilaciones, que motivó la constitución de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP) ha sido una de las transformaciones estructurales más relevantes de los últimos años.
En efecto, ese sistema surgió como alternativa a un régimen estatal insostenible que condenó a millones de jubilados actuales y futuros a percibir un haber minúsculo y alejado del nivel de los aportes hechos a lo largo de toda su vida. Este sistema estatal, llamado de reparto, persiste en nuestros días aunque son muy pocos los trabajadores jóvenes que se adhieren a él.
La necesidad de una nueva reforma previsional, que permita reducir el crítico déficit del sistema, ha sido planteada en reiteradas oportunidades. En las últimas semanas, el gobierno nacional ha anunciado que ha llegado el momento para instrumentar algunos de esos cambios.
En tal sentido, ha propuesto la eliminación del sistema de reparto estatal para las jubilaciones de quienes se incorporen al mercado laboral en adelante. También se aspira a abandonar la prestación básica universal (PBU), actualmente a cargo del Estado y equivalente a 200 pesos por mes, y a su reemplazo por una prestación suplementaria (PS) que sólo se aplicará a quienes se jubilen con más de 30 años de aportes, mediante el Estado o una AFJP, siempre y cuando perciban una mensualidad inferior a los 600 pesos.
La iniciativa oficial también propicia el aumento de la edad para la jubilación de las mujeres, de los actuales 60 años hasta los 65.
Debe ser bienvenida la idea de eliminar para el futuro el régimen de reparto, que se ha demostrado inviable. Otras propuestas, no obstante, deberían ser objeto de un muy cuidadoso estudio. Es cierto que las finanzas públicas atraviesan por un momento sumamente complejo. Pero esta situación no puede habilitar al Gobierno a adoptar decisiones que perjudiquen a un inmenso número de ciudadanos que vería esfumarse prácticamente la totalidad de los aportes jubilatorios que efectuó al Estado durante toda su vida.
Podrá esgrimirse desde el Gobierno que ese ahorro permitirá elevar la jubilación mínima a 300 pesos mensuales. Sin embargo, en el caso de que se cumpla con tal promesa, como está comprobado, ese criterio convalidaría una injusticia desde otro punto de vista: los beneficios jubilatorios tenderán a acercarse, independientemente de los aportes que unos y otros realizaron a lo largo de su vida laboral. En otras palabras, trabajadores de ingresos medios que se jubilen en los próximos años por el sistema estatal deberán hacerse a la idea de que recibirán un haber previsional notoriamente inferior al que perciben actualmente, y que, consecuentemente, sufrirán un brusco descenso en su calidad de vida.
Antes que eso, sería mucho más aconsejable pensar en derogar jubilaciones de privilegio de ex funcionarios que perciben haberes mensuales verdaderamente desproporcionados en comparación con los beneficios ordinarios.
La modificación de la edad jubilatoria para la mujer también es una cuestión que deberá analizarse muy detenidamente. Por un lado, hay una natural tendencia a la igualación entre ambos sexos. Pero, en otro orden, es cierto que la postergación de la jubilación femenina en cinco años podría generar un incremento del desempleo.
En virtud de estas apreciaciones, debe apoyarse en general la intención del Gobierno de modificar aspectos de un sistema previsional en estado crítico, aunque la sensatez indica que, en honor a la seguridad jurídica, una reforma de tamaña complejidad no debería escapar al estudio del Congreso de la Nación, sin que esto implique que la iniciativa quede cajoneada en despachos legislativos por meses o años, como lamentablemente estamos acostumbrados.





