
La “ocultación” como política de Estado
Nada justifica que Adorni haya sostenido una mentira durante más de dos años como funcionario y más de tres meses desde que estalló su escándalo
La Real Academia Española define a la palabra “ocultación” como acción y efecto de ocultar, equivalente a esconder, tapar, disimular, enmascarar o encubrir algo a la vista. En el plano jurídico o tributario, se trata de una acción consistente en no presentar declaraciones o falsear datos para evadir responsabilidades o impuestos.
Durante su informe del 29 de abril ante la Cámara de Diputados, el cuestionado jefe de Gabinete, Manuel Adorni, afirmó que “nunca existió ocultación alguna” al referirse a sus declaraciones juradas patrimoniales. A juzgar por sus recientes declaraciones a LN+ y por las rectificaciones que acaba de hacer en sus presentaciones de los últimos años ante las autoridades fiscales, queda claro que no solo cometió una “ocultación”, sino que además les mintió en la cara a los congresistas y a todos los argentinos.
La mentira tiene patas cortas. En especial en estos tiempos en que nadie, aunque se trate de expertos en la construcción de relatos, resiste los archivos.
Como si fuera una llaga sin cura, la mentira acompaña, paso a paso, las relaciones entre los ciudadanos y sus gobiernos. Cuando se refería al régimen comunista de Checoslovaquia, anterior a la Revolución de Terciopelo de 1989, Václav Havel afirmó: “Dado que el régimen es cautivo de sus propias mentiras, debe falsificar absolutamente todo. Falsifica el pasado, falsifica el presente y el futuro. Falsifica las estadísticas. Finge respetar los derechos humanos y finge no procesar a nadie. Finge no temer nada. Finge no fingir nada”. Sus palabras podrían describir en buena medida los engaños de gobiernos populistas que, como el kirchnerista, manipularon los índices de inflación y de pobreza, al tiempo que intentaban hacerle creer a la población que no había cepo cambiario o que la inseguridad era apenas “una sensación”. Pero también podrían dar cuenta de otras mentiras orientadas a proteger determinadas situaciones personales. Tal sería el caso de la expresidenta Cristina Kirchner, quien ante la inesperada pregunta de un estudiante de la Universidad de Harvard sobre el origen de su fortuna, no pudo idear una versión más creíble que aquella que atribuyó su abultado patrimonio a haber sido “una abogada exitosa”. Salvando las distancias, Adorni no tuvo mejor idea para justificar su sospechoso enriquecimiento que presentarse como una suerte de gurú del bitcoin, caracterizado por un grado de audacia tal que lo persuadió de invertir unos 200 mil dólares en criptomonedas en una época -13 o 14 años atrás- en la que operar con esa clase de activos era una aventura tan riesgosa como compleja y sobre la cual “no estaba muy metido en el tema”, como lo admitió en un video de 2021.
En su Antimanual de Filosofía, el contemporáneo pensador francés Michel Onfray subrayó que la ambición de poder lleva a falsear datos y hechos, desacreditar al adversario y mentir sobre uno mismo. “Se ocultan las propias zonas sombrías, se borran las molestas huellas del trayecto, los fracasos, las blasfemias y las anteriores tomas de posición tajantes”, escribió.
Es Milei quien se está desestabilizando a sí mismo defendiendo a un funcionario que se ha convertido en el peor pasivo de su gobierno
Hannah Arendt, por su parte, reflexionó en Verdad y mentira en la política: “Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la verdad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad no solo de los políticos y los demagogos, sino también del hombre de Estado”.
El peligro mayor que han planteado durante el siglo pasado filósofos como el alemán Theodor Adorno es el cinismo institucionalizado, en el que la mentira no apunta tanto a ocultar un hecho como a exhibir impunidad y dominación. Los poderosos pueden recurrir así a la mentira conociendo que el otro sabe que le mienten, y eso lleva a la destrucción de la confianza. Para este pensador de la Escuela de Frankfurt, la mentira se convierte en más inmoral aún cuando “toma al otro por estúpido y sirve de expresión a la irresponsabilidad”.
En su particular explicación, para justificar su evasión impositiva, el jefe de Gabinete expresó que, como tantos argentinos, ahorró durante 25 años “en negro”. Nadie puede negar que esa ha sido una tendencia arraigada en buena parte de la sociedad, harta de impuestazos y de corrupción pública. Pero nada de eso justifica el proceder de Adorni, ni mucho menos su empecinamiento en sostener una mentira a lo largo de más de dos años como funcionario público y más de tres meses desde que se destapó el escándalo que lo involucra. Tampoco, a pretender convencernos de que la política es un simple reflejo de la sociedad y que si hay políticos que mienten, como él, es porque no pueden escapar a una cultura del ocultamiento que anida en la sociedad argentina.
Al margen de que algunas de sus expresiones podrían encontrar un paralelismo con dichos de Javier Milei, quien alguna vez tildó a los evasores de “héroes”, el relato de Adorni y su defensa por parte del Presidente contradicen el cambio que dice impulsar Milei, cuyo eje es la lucha contra los privilegios de la casta política y la moral como política de Estado.
Llama por eso la atención que el propio Presidente insista en que no va a “ejecutar a un inocente”, cada vez que se le pregunta si va a despedir a su jefe de Gabinete. Milei se refugia en la idea de que, detrás de los ataques a Adorni, están quienes quieren voltear su gobierno. Tal vez no alcanza a advertir que es el propio Presidente quien se está desestabilizando a sí mismo defendiendo a un funcionario que se ha convertido en el peor pasivo del Gobierno. Y que esa actitud defensiva no solo opaca su gestión y las buenas noticias que provienen del frente económico, sino que también está intensificando los cortocircuitos dentro del propio oficialismo.




