
La pantera negra ataca de noche
Se anuncian temperaturas heladas este fin de semana. No saldré de casa. Me arroparé masivamente. Dormiré con tres pares de medias polares, zapatos puestos y dos pijamas, una sobre la otra. Sin embargo, no encenderé la calefacción. Si los ductos del aire acondicionado expulsan aire caliente, no podré dormir con placidez, me secaré como un árbol en otoño y enfermaré. Mi cuerpo diezmado repele todos los aires acondicionados: si son fríos, duermo mal, y si son calientes, también.
Es bastante insólito que en esta isla tropical la temperatura baje a cero grados centígrados. Exagerado como he sido desde niño, siento que mi existencia se encuentra amenazada por el frío insidioso que en los próximos días se deslizará en mi cuerpo, entrando el muy cabrón por los pies. En los vestidores de mi casa tengo más de veinte aparatos para calentar el ambiente. Llevo media vida en una batalla desigual contra el frío. Tengo pequeños ventiladores que soplan aire caliente haciendo un ruido irritante, radiadores de aceite que expulsan calor sin emitir ruidos, calefactores con resistencias eléctricas que se tornan anaranjadas cuando están encendidas a tope. Sin embargo, ahora que llegará un frío desusado a la isla, me rehusaré a prender alguna de esas formas de calor artificial, pues me traen malos recuerdos.
En otra época de mi vida, una época que ahora parece extranjera a mi existencia, una época que no sé si viví yo mismo o me la robó un fantasma que habitaba transitoriamente mi cuerpo, el frío no me dejaba dormir, dondequiera que estuviese. Prendía una o dos estufas y las colocaba al lado mismo de mis pies. Lo que pretendía ser un alivio acababa siendo una tortura minuciosa. Sudaba, no dormía, me resfriaba. Recuerdo con horror las noches en Buenos Aires, en un piso alto, frente al club de rugby. El frío me asaltaba con tanta saña que no podía dormir, a pesar de encender estufas, radiadores y calefactores, provocando que se cortara la luz en mi apartamento por absorber demasiada energía desde mi habitación. Enloquecí tanto que forré de gomaespuma las paredes de mi dormitorio, como si fuese una cabina radial insonorizada, pensando que así me aislaría del frío, de los ruidos de la calle y de las ásperas discusiones a gritos de los vecinos alemanes, sospechosos de un pasado vil. Mis planes fracasaron miserablemente. El monstruo del insomnio, esa pantera negra que ataca de noche, siguió devorándome, acercándome al balcón helado del piso once, poniendo en entredicho el valor minúsculo de mi vida. También recuerdo con espanto las noches en una casa que le alquilé a una finlandesa alcohólica en el barrio de Georgetown, ciudad de Washington. Como no podía dormir, me confortaba leyendo sus libros. Muy temprano caminaba a dar clases en la universidad y me sentía un fantasma, un muerto en vida. Fueron los años más desdichados. Pensé que encontraría mi destino sereno en Buenos Aires y el frío se conjuró contra mí. Pensé que en Georgetown sellaría un armisticio conmigo mismo y de nuevo el frío me redujo a escombros.
Hace quince años, cuando compré esta casa, en esta isla tropical, le dije a mi esposa que, si no conseguía dormir bien, sin padecer las perfidias del frío, moriría pronto, antes de cumplir cincuenta años. No puedo ser feliz si no duermo le dije. Lo primero que hizo mi esposa fue alejar de mis pies todos los aparatos que expulsaban formas artificiales de calor. Pero tengo los pies fríos, helados, me quejaba. No, decía ella, tienes la cabeza fría, el frío se origina en tu cabeza, no hace tanto frío como dices, tú imaginas el frío y luego te enfermas. Ella prevaleció, escondió las estufas, los radiadores y los calefactores y me aseguró que el problema era uno de salud mental. Me dijo: “Estás mal de la cabeza, por eso tienes frío en todas partes”. En los aviones me congelaba tanto que forraba mi cabeza con chalinas de seda, respirando tibiamente debajo de ellas. A veces las azafatas me tocaban y preguntaban si estaba vivo, despertándome, asustándome. En los cines me forraba de ropa gruesa, como si estuviera en la nieve, y me ponía mascarillas para calentarme las vías respiratorias. En los restaurantes pedía que apagaran el aire y, por supuesto, no me hacían caso. En un hotel de Bogotá dormía sobre la alfombra, al pie de la chimenea encendida, despertando cada media hora, echando más leña al fuego, o al lado de la ducha prendida con el agua bien caliente, el baño recalentado por los vapores, una niebla espesa, conveniente, desdibujando la noche. Sentía el frío mordiéndome los pies como si fueran los colmillos de la pantera negra que me atacaba de madrugada. Pero mi esposa me decía que el origen del frío era imaginario, uno de mis tantos trastornos, una forma de locura autodestructiva.
Después de consultar a muchos médicos, y probar con numerosas pastillas recetadas y automedicadas, y sin poder recurrir a los calores artificiales de los aparatos sopladores de aires enfermizos, aquella batalla desigual contra el frío se suspendió. Era pronto, no obstante, para cantar victoria. Tal vez se trataba de una tregua, un cese temporal de hostilidades. Un médico sabio me recetó tres pastillas no para conjurar el insomnio, sino para combatir la bipolaridad. Según ese doctor, yo había pasado tantos años durmiendo mal por ser bipolar. El problema, afirmó, no estaba en mis defensas contra el frío, sino en mi cabeza, como postulaba mi esposa. Es decir que mi cabeza estaba fría, helada, gélida, y desde allí ordenaba que todo mi cuerpo se pasmase de frío. No me entraba el frío por los pies, como me decía mi madre cuando era niño, sino que penetraba por mi cabeza aterida.
Hace doce años tomo religiosamente esas tres pastillas cuando el reloj marca la medianoche, lo mismo si estoy en América que en Europa. A las doce de la noche, cumplo el ritual que me salvó la vida: tomo tres pastillas, confiando en que me hundirán en un sueño tan profundo que mi cabeza se olvidará del frío, se entibiará mansamente y, dopada, domesticada, se rendirá al sueño. No es exagerado decir entonces que estoy vivo gracias a los químicos. Mi cuerpo original es un sistema de nervios defectuosos, cuyos cables estropeados conducen al dolor y a la muerte pronta. Mi cuerpo químico, de pronto invadido por agentes externos dispuestos a combatir con denuedo por su bienestar, encuentra en la alquimia de los laboratorios, en la sabiduría de los farmacéuticos, las armas para ganar la guerra al frío y entregarse a la paz de los justos. No me han salvado los curas, los predicadores, los charlatanes que hablan de la felicidad como si la conocieran íntimamente. Me han salvado los químicos.
El fin de semana, muy a mi pesar, esa guerra habrá de reanudarse. De pronto los ejércitos invisibles del frío invadirán mi casa, subirán a mi habitación y se meterán en mi cama. Los esperaré con las estufas apagadas, con tres pares de medias polares y con los zapatos puestos toda la noche. En el peor de los casos, me pondré encima del pijama la ropa que uso cuando vamos a esquiar en Vail y Aspen: un pantalón muy grueso, negro, que pesa mucho, y una casaca gigantesca, que me convierte en un oso polar, prendas que me inmovilizan como si fuera un astronauta tendido en un iglú, y a las que recurro cuando mi cabeza se tensa de frío otra vez. A pesar de que soy un hombre mayor y mis reservas están diezmadas, no dejaré que el frío acabe conmigo este fin de semana: dormiré vestido como un alpinista, como si mi cama fuese una montaña nevada cuyas cumbres debo coronar, y resistiré a la seguidilla traicionera de noches heladas que se avecinan. Después, con suerte, volverá el calor a mi cabeza, y a mi cuerpo, y al cuerpo de mi esposa, que me calienta más poderosamente que ninguna estufa, radiador o calefactor.
Hoy, último día cálido antes de la llegada del frente frío, desperté relajado y contento, tras dormir doce horas continuas. Nunca había descansado tan bien como estos últimos años en esta casa, esta isla tropical. Contra toda probabilidad, la pantera negra que ataca de noche ha sido enjaulada. Gracias a mi esposa, a mi médico de cabecera y a las tres pastillas que me salvaron la vida, ahora mi cabeza y mi corazón están en paz, después de una guerra feroz contra el hombre con frío que me tocó ser.






