
La pasión por enseñar
Guillermo Marco Para LA NACION
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Sin dudas, los tiempos cambian, a veces no sé si para bien o para mal. La reciente celebración del Día del Maestro me retrotrajo a la infancia y a la influencia con la que muchos "maestros" marcaron mi vida. Lo primero que recuerdo es el respeto reverencial que sentía de chico por aquel docente que estaba a cargo de mi grado. Su palabra era incuestionable y temblaba ante la idea de que me tomara prueba y no supiera, por haberme quedado a la tarde en casa distraído sin hacer los deberes. Si venía una mala nota, el que sufría el castigo era yo. No tengo recuerdos de algún episodio en los que mis padres hayan ido a increpar a la maestra por haberme reprobado injustamente, como pasa hoy.
Desde chico, mamá me inculcó la pasión por los libros. Los libros de viajes o de aventuras ocupaban mi tiempo libre, como los soldaditos, el juego del estanciero, los autitos de carrera o la colección de figuritas. Papá me inculcó el amor por el deporte y la vida al aire libre. Pero no es mi intención detenerme en las anécdotas comunes que poblaron mi infancia, sino en la curiosidad por aprehender que supo despertar aquel docente que enseñaba con pasión. No fue uno de religión, que por aquella época no centraba mi interés.
La secundaria significó para mí una novedad. Hasta entonces, había que estudiar para aprobar. Sin embargo, aquel profesor de historia tenía algo diferente, no sólo venía a trabajar por un salario, sino que transmitía entusiasmo. De sus clases emergían los nombres que poblaban la historia para resucitar llenos de vida: con sus luchas, sus sueños y sus logros, se hacían presentes para cautivarnos en la clase. Y todo lo salpicaba con una cuota de humor y simpatía. Lo que quiero resaltar es el vínculo que se produce entre alumno y profesor, a través del conocimiento, cuando quien enseña lo hace con pasión y sabe contagiar su entusiasmo.
Tuve otros maestros que querían hacer alarde de su conocimiento. Es el caso de aquel docente que se vuelve incomprensible y cuando no lo entienden cree que el problema radica en la ignorancia del alumnado. Ya en el seminario recuerdo una charla con el padre Lucio Gera, un teólogo brillante. Con humildad, me decía: "Cuando era joven, enseñaba más de lo que sabía. Cuando fui madurando, enseñaba lo que sabía. Ahora enseño lo que los alumnos pueden comprender".
Pienso en tantos maestros que dejaron su vida por la vocación de enseñar, en aquel maestro rural que conocí en el Chaco, que para enseñar a los chicos del campo vivía en el aula. Allí se acostaba en el piso -con un colchón- por las noches.
Educar no sólo es transmitir conocimientos, es enseñar una cosmovisión de la vida y del mundo, es ayudar a abrir los ojos para saber mirar, es transmitir valores y convicciones. Por eso me parece espectacular haber tenido la dicha de aprender de verdaderos maestros, de los que me sentí discípulo, a quienes admiré y a quienes cansé a preguntas, porque cada respuesta suya me abría a nuevos desafíos y a nuevas inquietudes.
¿Y qué pasa con los alumnos? Se puede estudiar para zafar, como dicen los chicos. Pero, como con todas las cosas arduas en la vida, si uno se esfuerza, alcanza algo inesperado. Si existe placer en gozar de los bienes materiales, existe también un placer intelectual: el del conocimiento, y su búsqueda es "la verdad".
Cuando me he sumergido en el estudio y aquello que estaba estudiando atraía mi interés y curiosidad, llegaba un momento de "iluminación", donde aquello se comprendía, la mente se llenaba de luz y el problema complejo aparecía de un modo simple y nuevo. Qué lejos del que busca copiarse, zafar con una nota. Internet podrá darte millones de datos, pero sólo el esfuerzo por saber y alcanzar la verdad podrá hacerte aprovechar lo que sabe un "maestro". En el maestro verdadero encontraremos la cercanía y la confianza que nacen del amor, porque todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo. Sólo así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico. Sería muy pobre una educación que se limitara a dar información dejando de lado la pregunta acerca de la verdad, de aquella verdad que puede guiar la vida.
En mi conversión, también descubrí a Jesús como "Maestro"; era el que enseñaba de un modo nuevo, el que se preocupaba por ayudarnos a descubrir esa verdad fundamental de nuestra vida. Aún después de treinta años de releer los textos del Evangelio, me siguen conmoviendo sus dichos. "Enseña como quien tiene autoridad", decía la gente de su época, y la autoridad emanaba de su propia coherencia. Las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran.





