
La perla argentina de Rubinstein
Por José Luis Sáenz Para LA NACIÓN
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Se cumple medio siglo de la última visita que Artur Rubinstein (1887-1982) realizó a la Argentina, en el invierno de 1951, cuando brindó sus últimos recitales al público porteño, que lo idolatraba y había llenado, incontenible, hasta el escenario.
Tenía solo treinta años cuando llegó aquí por primera vez, ya en plena Gran Guerra, como secuela de su consagración en España, de donde fue reclamado por esta América Latina que él designaría en sus memorias ( My Many Years, 1980) como “la Tierra Prometida” y que luego supo recorrer en sus giras a lo largo y a lo ancho, desde La Habana y México hasta Montevideo y Santiago de Chile. A Buenos Aires le dedicó largas páginas de sus indiscretas pero fascinantes memorias. Vale la pena resumir algunas y, de paso, transcribir algunas frases o párrafos.
Aquel juvenil Rubinstein llegaba en 1917 contratado no para el Colón sino para el desaparecido teatro Odeón de la calle Esmeralda. Según nos refiere, al día siguiente de desembarcar vino a visitar La Nacion, “el diario más importante de la mañana, para cuyo administrador, don Luis Mitre, un verdadero melómano traía una carta de recomendación y una medalla de San Cristóbal que le enviaba Pastora Imperio” (a la que el pianista había conocido en Madrid, gracias a Manuel de Falla). Fue Luis Mitre el que le abrió las puertas de Buenos Aires, pues “dio orden de redactar en la primera página un suntuoso artículo sobre Rubinstein y sus triunfos en España”.
Tras su primer concierto triunfal, el pianista se conectó con la sociedad porteña, “una sociedad más cerrada que en París; si no se era adoptado, nadie pasaba el umbral de las casas Alvear, Unzué, Gainza Paz, Martínez de Hoz, Anchorena, Sánchez Elía”. Pero él fue “adoptado” por una anciana dama de origen paraguayo, Susana Rodríguez Viana, viuda de aquel presidente Manuel Quintana (1835-1906) que según Juan Argerich fue prototipo de la elegancia porteña, un dandi proverbial que muchos habían comparado con Eduardo VII. Admirada por su arte, la viuda de Quintana tomó casi como un hijo a este Rubinstein aún soltero y aprendiz de dandi y sibarita (materias en las que luego sería académico).
Doña Susana fue “la amiga maternal más devota; su recuerdo perdura siempre en mi corazón”. Le abrió su casa, le dijo: “Su cubierto está puesto; venga a almorzar o cenar cuando quiera”. Según refiere el propio Rubinstein, “solía pasar por mi hotel todas las mañanas, para asegurarse de que atendiesen a mi ropa; me hizo colocar mis pequeños ahorros en los excelentes bonos del Crédito Argentino, garantizados por el Estado y que me daban el 6 por ciento. «Arturito – me decía–, yo lo conozco: usted es un derrochón. Quiero que deje este dinero en reserva.»”. Lástima que esos ahorros se le diluirían en el barco de regreso, en su terco y desafortunado aprendizaje del póquer.
Y aquí viene una doble perla: “El día de nuestra despedida me regaló una perla del más bello oriente, que había pertenecido a su marido. Yo la he llevado en mi corbata todos los días de mi vida hasta el momento en que escribo estas líneas”. Es decir, durante más de sesenta años, en todos sus conciertos a través del mundo, y en esas famosas fotografías del dandi Rubinstein con su yaqué y su corbata de plastrón, ese talismán reluciente que culminaba su célebre elegancia había pertenecido a otro dandy argentino: el presidente Quintana. Un detalle curioso: hay otra tradición oral que señala que cuando Quintana fue con Roque Sáenz Peña a la Conferencia Internacional Panamericana de Washington, en 1889, se desprendió de otra de sus valiosas perlas para obsequiársela al presidente de los Estados Unidos, que la había admirado.
Pero volvamos a Rubinstein y sus vínculos con la sociedad porteña. Nos cuenta que esa sociedad, “más bien conocida por ir raramente a los conciertos”, cubría los palcos del Odeón en sus actuaciones. También dio un recital en el Jockey Club, “muy remunerativo, mi público estaba formado por miembros que solían pasar sus veladas jugando a las cartas o dormitando en cómodos sillones de cuero. Me costaba mantenerlos con los ojos abiertos, salvo cuando tenía que tocar algunos acordes en fortísimo”.
Piano y aventuras
Su opinión sobre los músicos argentinos de la época no es muy favorable: “No había un compositor cuya música tuviese un contenido realmente original”. Dice que Alberto Williams “brindaba un Cesar Franck difuso, con algunos pequeños toques de Schumann y ocasionalmente un arpegio audazmente debussysta”. Celebra en cambio el “talento de un joven, Carlos López Buchardo, que no le debía nada a nadie”, pero agrega: “Por desgracia, pertenecía a la sociedad argentina, y había aprendido de ella la principal virtud, la pereza”.
Muchas veces más regresaría. Su popularidad fue tal, que hasta pusieron su nombre a un conservatorio de Belgrano, “en los suburbios de Buenos Aires” (sic). Aquí vivió también episodios pintorescos, como impenitente protagonista de aventuras sentimentales arriesgadas, cuando tuvo que ocultar sus relaciones con la célebre diva Gabriella Besanzoni. Hasta terminó una noche en las habitaciones de servicio del Plaza Hotel, porque no se podía pernoctar con una mujer con la que no se estuviese casado. Otra vez, una amiga, la marquesa de Salamanca, née Martínez de Hoz, tuvo que mover sus influencias con el jefe de policía por el chantaje que un mucamo le hacía al pianista por otro episodio galante, mientras la viuda de Quintana le sentenciaba maternalmente que “este Arturito es un Don Juan Tenorio”, opinión que en París confirmarían luego los cenáculos sociales más encumbrados, que comandaban Misia Sert y la princesa de Polignac.
Cuando finalmente se casó, para tranquilidad de los maridos, una de sus hijas nació aquí, en otra de sus visitas. Su amiga Brígida Frías de López Buchardo (“de todas las cantantes de Lieder que jamás escuché, la que tenía más bella voz”) le sugirió que a su hija argentina le pusiese como nombre “Vidalita”, original propuesta que Rubinstein declinó amablemente.
Impresionante es un episodio que Rubinstein narra de su visita en 1940, cuando a su camarín del Colón acudieron judíos polacos desplazados por el nazismo, que no tenían noticia unos de otros, no solo de que sobrevivían sino de que estaban tan cerca, en este rincón del mundo. Allí se produjeron los más increíbles y conmovedores reencuentros. Luego viajó a Córdoba a saludar al ya valetudinario Manuel de Falla en su refugio serrano.
Refiere Rubinstein que en su visita posterior tuvo problemas con Juan Perón porque se negó a que sus conciertos fueran transmitidos por radio. Además de idas y vueltas con su pasaporte y duración de la estadía (que él replicó con sabrosas anécdotas sobre Eva Perón), no le dejaron entrar su piano viajero por la aduana con el pretexto de un retraso portuario de tres semanas. Pero él se salió con la suya haciéndose mandar otro Steinway por avión, y derivando sus recitales a un monumental cine-teatro de la calle Corrientes. A pesar de todo, afirma el pianista: “Yo estaba encantado de regresar a mi querida Argentina, a la que debía tanto. [...] Esta temporada quedó en mi memoria como la mejor”.
Desgraciadamente, no volvió en su casi milagrosa ancianidad, cuando más que octogenario siguió sorprendiendo a todo el mundo con el encendido y poderoso cantar de sus manos. Fue la suya con la Argentina una larga y entrañable amistad que une dos momentos tan dispares de nuestra historia como Quintana y Perón, la belle époque y la era peronista. Una amistad que honra a Buenos Aires y que, aunque interrumpida hace ya medio siglo, él supo evocar larga y sabrosamente en sus memorias.





