
La política al servicio del bien común
Por Héctor Aguer Para La Nación
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Un rasgo sobresaliente de las sociedades contemporáneas es la actividad, a veces bulliciosa, de instituciones sectoriales conocidas como organizaciones no gubernamentales, que encauzan inquietudes e iniciativas de distintos órdenes para obtener el apoyo del público en general y que en algunos países consiguen presionar sobre las autoridades del Estado. Junto a ellas otras entidades representativas de intereses y profesiones determinados ejercen análogas funciones, y al margen o por encima de todos se sitúan grupos poderosos, como el Fondo Monetario Internacional, en principio no adscripto a Estado nacional alguno, que gravitan de manera decisiva sobre muchos gobiernos del planeta.
Estos hechos, visibles también en la Argentina, indican que el monopolio de la conducción de los asuntos públicos por parte de los Estados nacionales -limitados por adentro y por afuera- es un concepto que carece ya de plena vigencia, si alguna vez la tuvo. No obstante, la función del Estado como garante del bien común, como armonizador entre las partes y corrector de los abusos que algunas de ellas pueden pretender consumar en perjuicio del conjunto, sigue siendo necesaria e irrenunciable. Al decir esto hay una referencia a quienes en la práctica representan al Estado, esto es, los políticos, tanto los oficialistas como los opositores. A ellos corresponde desde sus respectivos campos de acción orientar a la ciudadanía en las cuestiones de interés colectivo.
Los argentinos tenemos conciencia de atravesar una situación de profunda crisis en nuestras formas de convivencia. No hace falta abundar en explicaciones sobre un fenómeno cuyas manifestaciones se perciben a diario. Quizá la más visible se halla en la sensación generalizada de inseguridad ante las formas de delincuencia violenta: la gravedad y la expansión de esta enfermedad social señalan que en la muralla de la pólis se abre una brecha de deshumanización.
Formas de la pobreza
Pero no es extraño que se produzca la decadencia o pérdida del sentido moral en un contexto en que la juventud no recibe educación adecuada ni encuentra posibilidades de trabajo estable y honesto, y en cambio es bombardeada constantemente con mensajes que le proponen como ideales el egoísmo, el relajo y la irresponsabilidad. La familia, moral y materialmente agrietada, contempla impotente cómo nuevos factores de deseducación reemplazan a su autoridad educativa.
De modo paralelo a esos males, el empobrecimiento de la mayoría de la población llega, en algunos sectores, a la necesidad de ser asistida en requerimientos tan básicos como la alimentación y la indumentaria. Muchos integrantes de esos grupos particularmente desfavorecidos han padecido también rigores de la naturaleza, como inundaciones, pasados los cuales no han encontrado otra alternativa que emigrar a la periferia de las concentraciones urbanas en pos de alguna oportunidad de trabajo. Y si bien tales formas abiertas de pobreza resultan especialmente conmovedoras, no dejan tampoco de serlo las que padece la antaño próspera clase media, ese amplísimo y variado estrato cuyo ímpetu y creatividad otorgaron un sello característico a la Argentina y que hoy parece condenado a la extinción.
Sin duda, los problemas mencionados ocupan su lugar en plataformas partidarias y en reportajes y discursos de los dirigentes, expuestos a veces de manera encendida, pero casi nunca con la profundidad y seriedad deseables. Se enuncian quizá metas auspiciosas, pero no se indica cuáles podrían ser las medidas por implementar para alcanzarlas. La prioridad parece ser, para no pocos políticos, el ajetreo de las internas y un electoralismo salvaje que no les deja tiempo para la reflexión y la acción propia de los estadistas, y que paradójicamente los aleja de las "bases" a las cuales buscan halagar pero que esperan de ellos actitudes más sustanciosas y empeños más eficaces.
Todos las esperamos, porque a pesar de las limitaciones internas y externas que hoy condicionan el actuar de los políticos, ellos conservan un amplio campo de iniciativa. Desde luego, su tarea no es fácil, pero también es cierto que quienes con verdadera vocación se dedican a la acción política intuyen que el servicio que ellos pueden brindar a la comunidad implica el ejercicio de una voluntad inteligente y responsable. Pienso en aquella disposición que los antiguos consideraban cualidad arquitectónica y que debe brillar en los rectores de la sociedad: la prudencia, que no ha de confundirse con el cálculo interesado ni con la astucia, sino que se identifica con la capacidad de ver lo que es bueno y la decisión de llevarlo a la práctica.
Convicciones y lealtad partidaria
Además de una revalorización de la prudencia política, algunos esfuerzos que están perfectamente al alcance de los dirigentes podrían contribuir a mejorar el ejercicio de sus responsabilidades. Entre ellos no sería el menor que las convicciones fundamentales de cada uno se conservaran por encima de la lealtad partidaria en las situaciones que plantean cuestiones de conciencia. Como dijo Juan Pablo II, "una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o encubierto".
Sería deplorable que las presentes reflexiones fueran consideradas un aporte a ciertas críticas que procuran desconocer y socavar la función de los partidos y de los dirigentes políticos en el mundo contemporáneo. Por lo contrario, han sido inspiradas por un propósito de colaboración, para que ellos puedan llevar adelante con éxito la gestión del bien común, peligrosamente jaqueado por intereses particulares a veces intrínsecamente perversos, como la especulación financiera, la usura y el narcotráfico. Procuran alentarlos para que no desmayen en la defensa y aplicación de los principios y los valores esenciales que fundan la convivencia en la comunidad nacional: el amor a la patria, el sentido de la justicia y de la solidaridad, el respeto de nuestras mejores tradiciones.
Porque son tan nobles y sustanciales estas realidades, requieren una auténtica consagración cívica, que es la que confiere a la actividad política su elevada dignidad. Para alabanza de los políticos cito lo que dice Aristóteles del gobernante, guardián de la justicia y de la igualdad: que si efectivamente es justo, se entrega por los otros al trabajo con solicitud esforzada, sin ahorrarse fatigas, y no se atribuye a sí mismo más de lo que corresponde, por eso merece como recompensa el honor y la dignidad. Pero añade el Estagirita: "Los que no se contentan con esto se convierten en tiranos".





