
La política como conflicto
Por Federico Pinedo Para LA NACION
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Los teóricos políticos que hablan con el Presidente no deben llevarlo a engaño: la dialéctica amigo-enemigo no es la única dimensión de la política. También existe la dimensión del esfuerzo compartido entre quienes piensan y sienten distinto. Una cosa es partir y otra compartir. Una dimensión es la de la destrucción y otra la de la creación. Un camino busca la división, el otro, la unión.
El lema fundador de la Argentina fue "en unión y libertad". Los lemas divisorios, los lemas de las "divisas", los lemas de los partidos, fueron muchos más, pero de ellos quedan recuerdos dolorosos y frustraciones. ¡Qué importante sería para una Argentina tan dolida que el período de gobierno que inauguró el presidente santacruceño Néstor Kirchner el 10 de diciembre último fuera un período de paz y construcción!
Un filósofo político cercano al nazismo, Carl Schmitt, dijo que la principal dialéctica de la política era aquélla de "amigo-enemigo". El tema de la política es el del poder. Cuando uno tiene el poder, no lo tiene otro. El poder se ordena por la voluntad más fuerte. El príncipe debe, en primer lugar, elegir al enemigo, y a partir de allí se establece el juego, mezcla de fuerza e ingenio, amor, temor y odio: conmigo o contra mí.
Esta es la tesis. Como se ve, se trata de un enfoque divisorio y de ver a la política como enfrentamiento y, yo diría, como fin en sí misma, como juego de poder entre grupos de guerreros. La comunidad, o la polis , de donde viene la preocupación política, no está en el juego sino como material disponible. Inunda la escena el olor del elitismo o, en el mejor de los casos, de una de sus variantes, el vanguardismo, impulsado por una vanguardia sin objetivo claro o con un objetivo utópico e indemostrable: la felicidad eterna, la igualdad absoluta del género humano, la creación desde el Estado de un hombre nuevo totalmente racional y automatizado.
Sin embargo, no todo en la vida son batallas, ni la guerra es el estado ideal y de equilibrio de las comunidades. Es discutible que el poder tenga que ser de unos o de otros. Al fin y al cabo, el gran descubrimiento de los republicanos ha sido la distribución del poder, en resguardo de las personas y de su libertad interior. Rige, así, la idea cristiana de que la salvación está dentro de cada uno, y no en la sociedad o en el Estado. Por otra parte, en los sistemas republicanos la comunidad no es un convidado de piedra en las luchas entre grupos oligárquicos que trabajan para sí mismos, sino la fuente del poder. En los sistemas republicanos el pueblo ejerce sus derechos a la libertad de pensamiento, de expresión y de prensa, atributos de la soberanía popular no delegados en los funcionarios de turno.
Es verdad que la enorme mayoría de la Argentina, después de lo que ha pasado, necesita y desea que su presidente ejerza el poder: el fantasma de la anarquía nos sobrevoló. Es verdad que dividir a la sociedad entre buenos y malos permite aumentar el poder propio. Pero seguir la lógica del enfrentamiento y de la guerra no es lo aconsejable. Esta fue la lógica de la metodología política de la década del 70, pero ella no debería ser reeditada en el siglo XXI. La Argentina, mis hijos, nuestros hijos, no lo merecen. Nosotros tampoco.
A partir del 10 de diciembre es posible construir poder a través de otras metodologías, orientadas a los objetivos y basadas en lo creativo y lo constructivo.
No habrá, entonces, unanimidad ni mayoría opresora organizada y manipulada desde el poder, al estilo gris plomo de los totalitarismos del siglo pasado o desde mesianismos varios que ensombrecen el presente, pero sí será posible retomar la aventura siempre truncada de la Argentina: la unión en la diversidad, el esfuerzo común hacia objetivos claros, los círculos virtuosos generados por el aprovechamiento de los opuestos complementarios.
Si es verdad que los objetivos estratégicos son el fortalecimiento y el respeto de las instituciones, el impulso de la educación pública y la instauración de un capitalismo competitivo y no prebendario, feudal y oligárquico; si los objetivos tácticos son la eliminación rápida del hambre y la miseria y la generación de seguridad, el Presidente tendrá una coalición en su favor mucho más diversa y creativa de la que se avizora. El lema de los padres fundadores merece que le apostemos algunas fichas.





