
La política del fin
En los últimos días se han multiplicado las críticas hacia el jefe de Gabinete por decisiones vinculadas a un viaje oficial: la incorporación de su pareja en la comitiva y el uso de un avión privado para trasladarse a Punta del Este. A ese cuadro se sumó su reciente reaparición pública, en una conferencia de prensa largamente postergada, que lejos de ordenar la situación terminó por agravarla.
Lo que podía ser una oportunidad para explicar, aclarar y recomponer, derivó en una nueva exhibición de un estilo ya conocido: respuestas cargadas de ironía, descalificaciones hacia periodistas, negativas a dar precisiones y un tono confrontativo incluso frente a preguntas legítimas.
Había una expectativa razonable: que, frente al conflicto, aportara claridad. Ocurrió lo contrario. Lejos de apagar el incendio, eligió avivarlo.
Sería tentador analizar el episodio en sí mismo. Pero hacerlo sería quedarse en la superficie. Lo relevante no es el hecho aislado, sino el clima en el que ese hecho ocurre. Porque lo que hoy se expresa como crítica no nace de un episodio: es la consecuencia de una forma.
Durante su etapa como vocero presidencial, el actual jefe de Gabinete construyó un estilo que no pasó inadvertido. Respuestas cargadas de ironía, descalificaciones hacia periodistas, intervenciones más orientadas a clausurar que a explicar. Un modo de ejercer la palabra pública que, lejos de ordenar, tendía a tensionar.
Ese tono no fue circunstancial. Fue sostenido. Y, en gran medida, trasladado.
Hubo incluso gestos que, por su carga simbólica, excedieron lo meramente comunicacional. En una conferencia de prensa, al referirse a figuras “zurdas” destacadas, omitió deliberadamente a Diego Maradona. Más allá de cualquier valoración personal, el episodio no fue inocuo: implicó confrontar, de manera innecesaria, con uno de los pocos consensos emocionales que aún atraviesan a la sociedad argentina.
A esto se sumaron intervenciones sobre temas particularmente sensibles -como las referidas a personas con discapacidad- que, por su tono o su forma, generaron rechazo allí donde debería haber primado la prudencia. No fueron descuidos. Fueron expresiones innecesarias, gratuitas y profundamente soberbias.
Durante meses, una palabra sintetizó ese estilo: “fin”. Un cierre seco, unilateral, casi definitivo. Como si no hubiera lugar para la réplica, para el matiz o para la complejidad. Como si desde el poder se pudiera clausurar la conversación. Pero la política no funciona así. Lo que se intenta cerrar desde arriba, se reabre desde abajo. Y lo hace, casi siempre, con mayor intensidad. Porque la sociedad puede tolerar errores. Lo que tolera menos es la soberbia. Y cuando la soberbia se vuelve un rasgo -cuando aparece en el tono, en los gestos, en la manera de responder- deja de ser un problema individual para convertirse en un problema político.
Es en ese punto donde deben leerse las críticas actuales. No como una reacción desmedida frente a un episodio puntual, sino como la expresión acumulada de un vínculo deteriorado.
Un vínculo que no se erosiona por una decisión, sino por una forma de ejercer el poder que, sistemáticamente, ha privilegiado la confrontación por sobre la explicación.
En ese sentido, el fenómeno no es aislado. Encuentra continuidad en el estilo presidencial. Los insultos reiterados, la ironía como herramienta constante, la exposición pública atravesada por episodios de euforia inmoderada, difíciles de conciliar con la templanza que la investidura exige.
No se trata de cuestionar la personalidad. Se trata de recordar que el poder no se agota en quien lo ejerce. También se proyecta en cómo se representa. Y cuando esa representación se desordena, la autoridad se resiente.
Tal vez por eso, frente a cada error, la respuesta social ya no es moderada. Es amplificada. No tanto por la magnitud del hecho en sí, sino por el contexto que lo precede.
Hay una enseñanza antigua -tan simple como incómoda- que acompañaba a quienes ejercían el poder en sus momentos de mayor exaltación: alguien de su entorno, en algunas versiones un esclavo, en otras un bufón o simplemente alguien con licencia para decir verdades, debía recordarle que era, antes que nada, un ser humano.
No para debilitarlo. Para evitar que se confunda.
Porque cuando el poder pierde conciencia de sus límites, deja de ser ejercicio para convertirse en desborde. Y cuando el poder se acostumbra a cerrar con un “fin”, lo que empieza a construirse –inevitablemente- es un final.
Diputado nacional







