
La prensa escrita en una sociedad de multimedios
Por Julián Marías Para LA NACION
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MADRID
Siempre he creído en la gran importancia de los periódicos, a pesar del inmenso influjo actual de otros medios de comunicación, auditivos y visuales. El hecho de tratarse de algo impreso y en algún sentido permanente, su continuidad, hace que contribuyan a la formación de los estados de opinión, más allá de la influencia fugaz de un momento.
En España hay además una larguísima tradición, no frecuente en otros países, y que data por lo menos de Larra. Escritores conocidos en diversos géneros literarios han solido escribir con frecuencia artículos de periódico, a veces reunidos después en libros. No se trata de colaboraciones aisladas y eventuales; tampoco de columnas. Una parte considerable de su obra se ha realizado en periódicos, y en su caso han sido más leídos y conocidos que los autores exclusiva o casi exclusivamente de libros. Así, Unamuno, Azorín, Ortega han sido mucho más leídos que Valle-Inclán, Baroja o Machado. Después de muertos quedan sólo los libros, y las cosas cambian.
La primera vez que apareció mi firma en un periódico fue en 1933, en El Sol . Desde entonces he escrito mucho en periódicos, con la importante excepción de doce años, desde el final de la Guerra Civil hasta 1951. He escrito en diversos periódicos, españoles y algunos extranjeros, con discontinuidades porque siempre he estado dispuesto a irme de donde no me sentía cómodo. Bastantes libros míos han ido apareciendo primero en las páginas de los diarios.
Tengo la impresión de que los periódicos actuales no reflejan adecuadamente los cambios que se han producido en los últimos decenios. Dedican su mayor extensión -después de la publicidad y los deportes, por supuesto- a la información, a las noticias. El hecho es que en gran proporción el lector ya conoce todo eso: lo ha oído en la radio, lo ha visto en la televisión, con voces e imágenes, muchas horas antes. Los periódicos deberían tratar la información partiendo de ese hecho capital. Hace no muchos decenios el lector se enteraba de las noticias al leer el periódico. Ahora ya las conoce, pasa distraídamente la vista por las páginas impresas o se las salta.
Las noticias tienen que aparecer, naturalmente, en los periódicos, pero de otra manera. Sucintas, ceñidas a la formulación breve, precisa, rigurosa; con la aportación de los datos que se pueden retener. Lo que no puede hacer el diario es contar minuciosamente lo que ya se sabe.
Lo que en cambio suele faltar en otros medios es el trasfondo de la información. Los antecedentes, los motivos, la caracterización de los principales personajes, la significación en un contexto más amplio, las posibles consecuencias.
Esto requiere partir de lo que ya se sabe, de la información recibida, elaborarla, presentarla de forma inteligible y, por supuesto, veraz.
Con esto llegamos a un aspecto decisivo. Las palabras y las imágenes vuelan; los escritos quedan, se pueden releer, se ve cómo se ha equivocado el que escribe o ha faltado a la verdad. Esto consta y engendra desconfianza y malestar. Si se leen varios periódicos, sorprenden sus diferencias, las deformaciones que a veces experimentan las noticias, la habitual tendencia a la orientación partidista del lector.
Información sesgada
En muchos casos la información es suficientemente objetiva, incontrovertible, difícil de manipular. Pero hay un recurso de extremada importancia: la titulación. Si se comparan varios periódicos, se advierten las diferencias: en conjunto la información, transmitida por agencias, es la misma; los titulares son bien distintos, mediante la selección de las palabras, a veces simplemente de su orden. Como muchos lectores se quedan en los titulares o en todo caso leen "desde ellos", reciben con frecuencia una información sesgada. Son muchos los que leen un solo periódico, que para ellos se convierte en la realidad misma; les parece una herejía leer otro, una especie de infidelidad o traición. Esto es sumamente peligroso y de extrañas consecuencias.
No se olvide que los periódicos pueden experimentar variaciones muy importantes, por el paso del tiempo, por cambios de personas, a veces por infidelidad a los propósitos originarios. Siempre que algo así ha ocurrido, mi reacción ha sido marcharme.
Ortega dijo que toda creación es aristocracia, pero que en nuestro tiempo es menester ser aristócrata en la plazuela, y la plazuela es el diario. Con sus artículos, añadía, habían hecho libros formales las imprentas extranjeras. Si no recuerdo mal, esto lo dijo hace setenta años. La prensa tenía entonces un puesto mayor que hoy en el conjunto de la comunicación, pero en lo sustancial la situación persiste.
Creo que en sociedades como las actuales el posible papel de los periódicos es absolutamente capital. Y digo posible porque tengo la impresión de que en conjunto su importancia ha descendido. Tal vez en España se haya conservado un influjo mayor. Creo que la causa principal de esta situación española es la persistencia en los diarios de nombres que significan algo para el lector. El lector sabe con cierta aproximación qué puede esperar, en qué medida puede confiar, si puede aceptar con holgura lo que va a leer, o sólo a beneficio de inventario.
Hay algo decisivo: el que escribe un artículo de periódico tiene que conseguir ser leído. Sería interesante medir la frecuencia de lectura. En algunos casos, el lector lee la firma y pasa por alto; en otros, pasa distraídamente los ojos, con alguna esperanza, y si ésta se frustra demasiadas veces, deja de leer. Finalmente, hay otros casos en que la firma o el título retienen la atención y se empieza a leer. Los artículos demasiado largos a veces se abandonan; para el autor sería grave frustración el darse cuenta de ello. Hay casos en que el que escribe es razonable, sabe lo que dice, tiene razón; le falta únicamente un toque de gracia, de vivacidad, que es siempre exigible, pero especialmente en escritos muy breves. Dicho con otras palabras, conviene que el que escribe sea escritor. No hace falta que sea un gran escritor: ha habido o hay articulistas capaces de acertar siempre. Han conseguido o consiguen, por lo pronto, ser leídos.
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El autor es miembro de la Real Academia Española.






