
La raíz del desdén yanquipor el fútbol
Los norteamericanos no ven en el juego más popular del mundo la excepcionalidad de sus propios espectáculos deportivos
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WASHINGTON.- El fútbol no sólo no es popular en Estados Unidos, sino que es mirado, tanto como a quienes lo practican, con apenas contenido desdén. Como se trata del deporte más popular del mundo, tratar de comprender porqué "el país indispensable" lo ha puesto en cuarentena no es una pérdida total de tiempo.
Con cierta expectativa, por lo tanto, acometí la lectura de un libro reciente que prometía ser educativo: Offside. Soccer & American Exceptionalism , de Andrei S. Markovits y Steven l. Hellerman (Princeton University Press).
Dos premisas parecen necesarias antes de aventurar explicaciones acerca de por qué el fútbol está "offside" en Estados Unidos. La primera, que el estudio de actividades deportivas conduce a importantes revelaciones sobre la condición humana y el carácter nacional. La segunda, que el comparar naciones a la luz de los deportes que prefieren lleva a intuir cosas útiles sobre cómo se ven estas naciones en relación con las demás. Ambas premisas son, en todo caso, difíciles de desarrollar porque se asientan sobre un territorio minado por la improvisación, la emotividad patriótica y el prejuicio.
Markovits y Hellerman, los autores de Offside , eligieron recorrer este territorio de la manera menos sutil. En vez de entrevistar a jugadores e hinchas, decidieron ir en busca de respuestas a los anales de la ciencia política vernácula, y a una de sus teorías en particular, la del "excepcionalismo norteamericano". En vez de examinar el juego del fútbol y el gusto del público de su país -dos expectativas razonables- optaron por recitar, interminablemente, sin picardía, las historias del basquetbol, béisbol y el fútbol americano, olvidándose por páginas y páginas del tema que los convocaba. De esto resulta que nunca se apartan demasiado del punto de partida de su análisis. El fútbol no es popular en Estados Unidos, argumentan, porque es un país "excepcional", diferente de los demás, que hace todo a su manera. El registro etnográfico y los manuales de historia rebosan con ejemplos de sociedades y de países que se consideran o consideraban el ombligo del mundo. Explicaciones circulares de esta índole tienen la señalada ventaja de que evitan el esfuerzo de dar una explicación.
Pero aun en las historias que ofrecen de los deportes locales hay omisiones notorias. ¿Cómo es posible escribir sobre el deporte en los Estados Unidos sin hacer referencia a las proscripciones sufridas hasta hace muy poco por atletas negros? Markovits y Hellerman deberían haber hecho de esta realidad una historia importante dentro del plan del libro. Pero tanto Jackie Robinson, el primer jugador negro que fue admitido en las Grandes Ligas del béisbol (1947), como el Civil Rights Movement de la década del sesenta (que abrió aún más las puertas) sólo reciben dos menciones tangenciales.
¿Cómo es posible ignorar, por otro lado, el creciente número de estudios que encuentran una clara relación entre el deporte y los ideales de lo masculino (y lo femenino)? Prejuicios raciales y proyecciones de la figura del varón ideal son, junto con sueños heroicos, la materia de la cual están hechos los deportes. A los autores parece no llamarles demasiado la atención que el fútbol, deporte predominantemente masculino en el resto del mundo, sea considerado afeminado y motivo de "cargadas" enEstados Unidos en donde son las mujeres, precisamente, quienes lo han adoptado.
Offside no es, por lo tanto, el libro original que podría haber sido, dada la teatralidad del tema y el pedigree de escritos que lo preceden. (Entre ellos Masculinities: Football, Polo and the Tango in Argentina , del antropólogo santiagueño -de Santiago del Estero- Eduardo Archetti).
Johan Huizinga -el erudito holandés mejor conocido por su libro sobre el fervor religioso en la Edad Media tardía- argumentó convincentemente en su otro clásico, Homo ludens , que la capacidad de juego es una característica esencial del hombre, y que en esta capacidad hay un elemento de lo sagrado. Otros autores, como el antropólogo peruano Luis Millones, lo han dicho de modo más dramático: a través de la danza -una forma de juego- el hombre ofrece su cuerpo a los dioses. Para los griegos, "entusiasmo", ser poseído por un dios, era un sentimiento olímpico, y como el de "ataraxia" (calma), un privilegio que visitaba con mayor frecuencia el cuerpo de los atletas.
En esta forma de ver el juego y los deportes, quienes los practican se escapan de los rigores de la existencia ordinaria y son elevados a un mundo diferente. Si el fútbol ha de servir como un espejo crítico en donde se mire la sociedad norteamericana (o cualquier otra sociedad), esta avenida clásica de análisis que opone lo sagrado a lo profano, el control social a la libertad de la persona, parece aun la más prometedora.
Lo que salta a la vista en el libro de Markovits y Hellerman es la temprana conexión que establecen en Estados Unidos entre deportes y negocios. La instancia más reveladora es la que marca la conversión, a principios del siglo XX, del rugby inglés al fútbol norteamericano.
Principios derivados de la industria, de la organización de los obreros en las fábricas, resultaron en la especialización de los jugadores, en el control del tiempo, la segmentación del campo de juego, y el uso de estadísticas y números, hoy una parte central (y curiosa a todo extranjero) de este deporte.
El discreto uso de estadísticas en el fútbol (no son lo más importante), los bajos scores -lo opuesto constituye hábitos que ya son segunda naturaleza en los aficionados norteamericanosÑ son dos de las razones que explican por qué el balompié no prende en los Estados Unidos. Una estimación diferente del tiempo también importa. Los cronómetros, en cuenta regresiva, forman parte prominente de los deportes norteamericanos. Acompañan al espectador desde la pantalla, y en cierto modo dominan la conciencia de los jugadores. Tanto en el fútbol como en el rugby, el reloj vuela hacia adelante, lo cual parece de acuerdo con el carácter fluido, abierto y continuado de esos juegos.
El lenguaje corporal y el tipo de físico del jugador de fútbol son muy distintos de los de los atletas norteamericanos. Más magros, menos colosales, son cuerpos y lenguajes adaptados al movimiento rápido y constante, no a la explosión y al choque. El choque repetido y buscado, una de las características del fútbol americano, sería el fin del fútbol tradicional.
Así como a muchos extranjeros les cuesta distinguir la trama de un partido de béisbol o de fútbol americano, a los norteamericanos los pierde el soccer. No pueden ver "the big picture", el panorama total.
Esto lo demostraron con toda claridad los camarógrafos locales durante la Copa del Mundo que se jugó aquí en 1994. Demasiado a menudo -en un caso extremo no tomaron un gol- no estaban atentos el juego, y apuntaban sus cámaras a las tribunas, al costado del campo, a los dirigibles que seguían las acciones desde arriba, y se obsesionaban con los "close-ups" de los directores técnicos en medio de jugadas importantes. (Esto parecería cómicamente emblemático del modo norteamericano de seguir la evolución de sucesos no deportivos en el mundo).
Estados Unidos tiene los mejores camarógrafos de golf del mundo, capaces de acompañar infaliblemente la trayectoria de pequeñas pelotitas supersónicas. No es falta de pericia lo que explica estas distracciones con el fútbol, sino su ignorancia de la gramática del juego. La obsesión con los directores técnicos, además, es muy norteamericana. El banco pesa mucho en el basquetbol, el béisbol y el fútbol de casco y hombreras. En este último juego hay tal lío de cables, auriculares, teléfonos, pizarras con jugadas y entrenadores frenéticos, que uno siente pena por los atletas, por la estrecha ventana de acción que les queda libre. En contraste, el control del banco, de los padres, del patrón, no le cae fácil a un deporte -el fútbol tradicional- que, en la mayoría de los países comienza como juego de chicos en la calle o en el "potrero", y en su provincia natal.
Así fue también para uno de los autores de Offside , Markovits, nacido en Austria y criado en la afición y la práctica del fútbol. Transplantado a Estados Unidos quiso escribir una obra que fuera a la vez explicación y súplica. No fue así para el coautor local, Hellerman, "que, más allá de la tarea intelectual asignada nunca demostró ningún deseo de involucrarse emocionalmente con el fútbol." (Esto figura en el prólogo del libro.) Ganó Hellerman, que no dio tregua. Victoria del excepcionalismo y el pago chico.
El autor es un antropólogo argentino que vive en los Estados Unidos. Jugó al rugby en las filas del desaparecido Old Georgian de Quilmes. Es aficionado al fútbol.





