
La realidad supera a la ficción
Pablo MendelevichPara LA NACION
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Ya corre la primera década de este siglo, pero todavía no se habla en Wall Street de burbujas ni hipotecas. En Los Angeles es una mañana soleada. Un reputado guionista irrumpe en una espaciosa oficina de Universal Studios. Arroja sobre el escritorio un texto de cien carillas y exclama "¡lo tengo!". Desgrana su euforia delante de un ejecutivo expectante.
-¡Esta película va a recaudar más que Titanic, Jurassic Park y Harry Potter juntos! Espionaje, suspenso, cine catástrofe, todo en uno: fantasía real con trama fatalista. Un solitario sujeto de treinta y tantos años -podría ser Matt Damon- surge de pronto como el abanderado de la transparencia planetaria. Quiere acabar con todos los secretos. Es como el gran idealista del siglo XXI, ambiguo, mitad héroe, mitad villano, que incluso arrastra denuncias penales por acosar a un par de suecas (cuota sexual de la historia). El consigue como fuente a un soldado gay que se intrusa en el sistema informático del gobierno de los Estados Unidos y roba un cuarto de millón de documentos reservados. El chico es un analista de inteligencia venido a menos, una personalidad atormentada que mientras espera la baja en Bagdad y se automedica, copia documentos en CDs. Llega a su puesto con música de Lady Gaga en los CDs y sale con la información clasificada. Luego le pasa los 250 mil documentos a nuestro megaexterminador de secretos, quien arregla una difusión por goteo con los directores de los cinco diarios más importantes del mundo. Cinco periodistas se convierten entonces en los nuevos dueños del poder mundial, porque según los secretos que eligen ventilar día por día hacen temblar a gobernantes de uno u otro continente. ¿No es atrapante? Un puñado de periodistas tiene en vilo a todos los gobiernos del mundo?
Si alguien de veras llevó alguna vez una idea semejante a Hollywood, seguramente lo trataron de loco. En verosimilitud, la realidad, se ve, devino menos exigente que el cine. Eso sin mencionar los reportes secretos de la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires sobre brusquedades de Mauricio Macri, catarsis de Sergio Massa y opiniones crudas de la diplomacia acerca de la escasa ídem de los Kirchner. De entrada uno se pregunta por qué estos cables, los de la película que estamos viendo en pantalla real, no se parecen a los que circulaban cuando América latina se llenaba de gobiernos militares, textos que se revelaron 25 años después de redactados no por gestión del francotirador Julian Assange sino gracias a la FOIA, la ley de libre acceso a la información. Algunos de esos cables demostraron la participación de Estados Unidos en golpes de estado como el de Chile. Otros confirmaron que en tiempos de Carter "la Embajada" ayudó a salvar vidas, entre otras la de Jacobo Timerman, padre del actual canciller.
Cunde ahora la ansiedad por algo que no se sepa, alguna revelación, algún asunto donde Estados Unidos por lo menos se inmiscuya. ¿Fue influenciado su Servicio Exterior por los programas de chimentos? ¿Se volvió repentinamente banal la mensajería Buenos Aires-Washington o los editores del Wikiculebrón están guardando los mejores platos para más tarde? Cuánto dura la película y qué escena es la que viene: he aquí un nuevo secreto. Siempre hay uno. Cambió el tutor.
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