
La reconstrucción de los partidos
Por Natalio R. Botana Para LA NACION
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El conflicto que el Gobierno entabló con los sectores agropecuarios tuvo, entre otros rasgos, la característica de concentrar el espectro político e institucional en un punto de decisión. Tal vez porque el Gobierno erró en su pretensión de librar, una sola vez, la madre de todas las batallas, o quizá porque las movilizaciones adictas al poder de la calle recrearon con éxito la lógica de la confrontación, lo cierto es que el país entero convergió hacia ese combativo espacio.
En semejante contexto, no decimos nada nuevo si subrayamos el hecho de que el conflicto generó la emergencia de nuevos liderazgos, en la calle y en el ámbito propio de las instituciones representativas. En un continuo que se extiende desde Alfredo De Angeli hasta el vicepresidente Julio Cobos, estos liderazgos se forjaron de manera instantánea, al calor de una opinión cambiante siempre dispuesta a entronizar otros referentes.
Esta circunstancia es, desde luego, positiva. Ya lo dijo David Hume en el siglo XVIII, cuando adujo que el destino de las formas políticas se cifraba, en mayor o en menor medida, en la fuerza de la opinión. En una democracia, esa opinión, revelada a diario mediante las encuestas, adquiere su máximo valor: es imprescindible para respaldar y amenazante para cuestionar. Por eso los liderazgos suben y bajan en un escrutinio constante que parece no tener fin.
El factor más importante para morigerar esa volatilidad son las instituciones del régimen representativo y, por ende, los partidos políticos. En el campo más amplio del poder social hay, por cierto, muchos ejemplos de mediación, pero en los procesos políticos llega un momento en que esas mediaciones deben trasladarse al terreno donde sobresale la autoridad pública y en el cual se votan e instauran las leyes que comprometen a la sociedad en su conjunto. La mediación política tiene apetencia de universalidad; la mediación social, en cambio, se reduce a la necesaria expresión de la particularidad de los intereses. Son las dos caras del pluralismo.
Debido a esta inevitable trabazón entre lo que es común y lo que es particular, la mediación política requiere estabilidad, organización y continuidad. Estos tres atributos son los grandes ausentes en el sistema político, de resultas de lo cual nuestros partidos sufren una constante deslegitimación. El conflicto del campo (antes lo había hecho la crisis económica de 2001-2002, la del "que se vayan todos") ha puesto otra vez de manifiesto estas graves falencias: en estos días tan dividido está el justicialismo como el radicalismo.
Se trata de una suerte de democracia cariocinética, que a cada crisis y conflicto suma más fragmentación y más confusión ante el potencial electorado.
Este es un legado que viene de lejos y que no ha cesado de erosionar el principio de la representación política. El poder del Gobierno, aunque deteriorado, sigue por ahora en pie; el poder de las fuerzas sociales, prontas a tomar la calle, se ha generalizado, atravesando toda nuestra estructura de clases, a los de abajo y a los de arriba; el poder mediático es una realidad insoslayable, tan omnipresente como el poder comunicacional que hoy brinda el desarrollo de Internet y de la telefonía celular. ¿Dónde ha quedado, en medio de este multifacético laberinto de opiniones y decisiones, el poder de los partidos políticos?
Junto con las reformas atinentes al federalismo y al régimen fiscal, la respuesta a este interrogante es acaso la tarea más exigente de nuestra política. En algún momento (y no podemos seguir postergando por más tiempo este punto de partida) habrá que poner en marcha la reconstrucción de los partidos. Decimos reconstrucción con todo el valor arquitectónico que tiene esta palabra: reconstruir las reglas de participación ciudadana en los partidos; reconstruir el diálogo entre grupos pertenecientes a un antiguo partido (esto es vital para el radicalismo); reconstruir, sobre todo, la ética que reclama un mínimo de lealtad dentro de estas organizaciones.
Este tipo de reconstrucción no goza entre nosotros de mayores auspicios. En las filas del kirchnerismo prima una concepción verticalista del partido político impuesta desde el Estado, que, por ahora, no admite el debate horizontal; en las filas opuestas se hace carne la intención de deconstruir el liderazgo del matrimonio gobernante buceando en sus contradicciones, inconsistencias y estilos patológicos.
Es una carrera en pos de la degradación del contrario, que deja sin embargo en suspenso el impostergable trabajo de fraguar una alternativa. Deconstruir sí, pero ¿cuál será de aquí en más el contenido sustantivo de un deseable recambio para la oposición, digno de programarse y de ser presentado como alternativa creíble? Hasta nuevo aviso, estos proyectos son meramente virtuales.
Se entienden estas demoras porque, en un santiamén, el conflicto del campo aceleró el tiempo de la política. Un gobierno que recién comienza parece envuelto en una atmósfera crepuscular cuando las próximas elecciones de renovación legislativa se efectuarán hacia fines del año próximo y las presidenciales, recién en el año 2011.
Un largo camino, por cierto, que ofrece a los partidos una oportunidad estratégica para emprender en conjunto una empresa de reconstrucción.
Si juzgamos valiosa esta praxis, son necesarios dos requisitos complementarios a los tres atributos que mencionamos más arriba. El primero consiste en el respeto a unas reglas que jamás deberían subordinarse al apetito de los liderazgos. Hoy algunos partidos remedan entre nosotros itinerarios personalistas más que trayectorias institucionales. El ejemplo del Partido Demócrata en los Estados Unidos ilustra con creces esta dicotomía. El choque en las primarias entre Barack Obama y Hillary Clinton puso en escena una espesa trama de pasiones. Ninguno, hasta el tenso final, dio el brazo a torcer. No obstante, cuando se llegó a ese punto, Hillary Clinton aceptó lealmente la derrota, luego de una feroz competencia en cuya trama los agravios mutuos se conjugaron con debates televisivos entre ambos candidatos.
Este juego puede evocar en nuestra dirigencia un escenario absolutamente ajeno. Sólo una regla avalada por la tradición morigeró a la postre esa explosión de ambiciones. Una regla interna al partido postulaba, en efecto, que el candidato que reuniera la mayoría de convencionales sería electo para encabezar la fórmula presidencial. Según quienes hacen un arte de la división facciosa, parece obra de ingenuos o inocentes. Claro: es la ingenuidad de la primera potencia planetaria. Bendita inocencia que, sin embargo, puede sufrir serias recaídas, como ocurrió con la primera elección de George W. Bush.
Esta experiencia nos enseña que, si bien nada en la democracia está adquirido definitivamente, una prudente combinación de la ética de la victoria con la ética de la derrota en los partidos puede ayudar a producir mejores liderazgos y a mantener, de paso, la estabilidad de dichas organizaciones.
Es un criterio a tomar en cuenta. Todos quieren ganar, pero pocos saben perder. De lo contrario, se difunde la manía de hacer rancho aparte. ¿Se podrá reconstruir algún día esta disciplina espontánea en los partidos? La pregunta queda abierta, tan abierta como la suma de fracasos que, a este respecto, hemos acumulado.




