
La reforma laboral frente a la revolución del trabajo
¿Se puede pensar la arquitectura legal del empleo con parámetros del siglo XX o hay que empezar a discutir otros formatos y modelos?
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La política está enfrascada en un debate sobre la reforma laboral. Es necesario, por supuesto, y tal vez imprescindible, ¿pero no queda desfasado de la velocidad y la profundidad con la que se han transformado la cultura y el mercado del trabajo en la Argentina? Cuando vemos la realidad, tanto en los niveles más bajos como en los más encumbrados de la pirámide laboral, se observan cambios enormes que se impusieron por la revolución tecnológica y por la crisis económica, pero también por nuevos valores y expectativas sociales. Son cambios que han modificado los modelos de relación laboral y han creado, sobre todo, una nueva cultura en relación con el trabajo: se valora más la flexibilidad que la estabilidad; la “movilidad” ya no se concibe como una carrera de ascensos, sino como un cambio permanente. La informalidad ha generado un molde y la relación de dependencia ha dejado de ser, sobre todo en las nuevas generaciones, una aspiración natural. ¿Se está pensando la reforma desde esa perspectiva? ¿Puede circunscribirse a un debate estrictamente político, empresario y sindical, o debería ampliarse –entre otros– a sociólogos, médicos, educadores y expertos en inteligencia artificial? ¿Se puede pensar la arquitectura legal del empleo con parámetros del siglo XX o hay que empezar a discutir otros formatos y modelos? ¿Puede funcionar una reforma laboral aislada, o es indispensable articularla con transformaciones profundas en la educación, en los sistemas previsionales y en los regímenes impositivos?
El proyecto de reforma laboral que hoy impulsa el oficialismo incluye algunos apartados sobre nuevas modalidades laborales, desde el home office hasta los empleos de plataforma. Pero ¿alcanza con un par de párrafos y algunas regulaciones para darle a la iniciativa una pátina de modernidad, o deberían impulsarse cambios mucho más de fondo alrededor de esas figuras y de esos formatos laborales? Hoy, lo que más crece en el mundo es la llamada “economía gig”, que se caracteriza por empleos independientes, de corto plazo y con pagos por tarea, coordinados a través de plataformas digitales que conectan a trabajadores con clientes. Es un fenómeno que se ha expandido por el estancamiento del empleo formal, pero también porque responde a una nueva cultura laboral: menos comprometida, menos rígida, más del día a día, con posibilidades de “entrar y salir”, de “conectar y desconectar”.
El prototipo de la economía gig son los repartidores de plataformas como Rappi o Pedidos Ya, o los choferes de Cabify o Uber. Sin embargo, tal vez sea un error asociar esa cultura laboral solo a la precariedad o al eslabón más frágil del mercado laboral. Es un modelo que también conecta con los rasgos y expectativas de una generación que concibe de otra forma su relación con el trabajo: el del trabajador freelance, que antes representaba una porción minoritaria, hoy tiende a ser un formato más extendido.

A la hora de buscar empleo, las generaciones anteriores se fijaban, fundamentalmente, en el sueldo, las posibilidades de ascenso, la jubilación y la cobertura médica. Hoy se fijan en el balance entre trabajo presencial y remoto, en las posibilidades de viajar, en el margen para articular más de una actividad laboral y en un esquema de horizontalidad que, en la medida de lo posible, los exima de tener un jefe. Se extienden, además, modalidades para generar ingresos no solo a través del trabajo: es cada vez más habitual que jóvenes con vivienda propia alquilen su departamento en forma temporaria por Airbnb, que vendan cosas que no usan a través de plataformas digitales, que participen de programas de work and travel en el exterior o que inviertan en criptomonedas. ¿Cómo dotar a esos nuevos modelos de marcos normativos y garantías jurídicas? Es un debate complejo, quizá sin respuestas nítidas, pero que debería ponerse sobre la mesa a la hora de discutir una reforma laboral. Es un dilema que hoy ocupa un lugar central en todo el mundo: cómo hacer que las plataformas digitales se conviertan en una herramienta de prosperidad y no en un engranaje de una precariedad más sofisticada.
Hace unos años, un grupo de economistas se sorprendió en la Argentina con los resultados de una encuesta. Intentaban estudiar el fenómeno de la informalidad laboral y descubrieron que una gran proporción de los trabajadores que estaban en esa situación (la mayoría, jóvenes) no querían registrarse ni sindicalizarse. Asociaban la posibilidad de un blanqueo con cobrar menos. Y asimilaban el aporte jubilatorio a un impuesto, a una exacción.
Analizar esa creencia tal vez sea indispensable para entender la nueva cultura laboral, atravesada también por la lógica digital: todo ya; nada muy definitivo. La idea de pensar en el futuro se ha desdibujado mucho en las nuevas generaciones, sobre todo en países como la Argentina, donde analistas que hacen focus groups escuchan preguntas como estas: “¿Para qué voy a hacer aportes toda la vida si después cobrás una jubilación miserable?”; “¿qué sentido tiene pagar una obra social si a mi abuela no le cubren ni los anteojos?”. Hay una ruptura de la confianza en los sistemas de protección social, pero además, una mayor tolerancia a la incertidumbre: “Mañana no se sabe qué puede pasar”. Eso se encarna en generaciones que valoran más lo liviano y lo provisorio, que tienen otra relación con el ahorro y con el consumo: nunca pisaron un banco y manejan su presupuesto a través de billeteras virtuales; antes que un auto, prefieren un monopatín. ¿No deberían pensarse nuevos modelos previsionales y seguros de salud adaptados a una cultura laboral más basada en el emprendedurismo, la independencia y el trabajo part time? Es otro interrogante que tal vez revele algún grado de obsolescencia en el debate que se da en estos días en el Congreso.
Los monotributistas son el sector que más creció en el mercado laboral argentino. A fines de 2025 había 4,7 millones de inscriptos en todas las categorías, lo que representa un máximo histórico. Es un dato que también puede leerse de dos formas: responde, sin duda, a la crisis económica (que hizo que muchos pasaran de un trabajo a una changa) y al estancamiento de la generación de empleo formal (que apenas creció un 3% de 2012 a 2025 según datos de la Fundación Capital). Pero también remite a un nuevo molde cultural, donde el emprendimiento propio ha tendido a imponerse como un modelo virtuoso y una oportunidad de crecimiento. ¿No debería estimularse ese formato, encauzándolo en un marco normativo moderno e innovador?
De a poco se ha ido abriendo una brecha profunda y silenciosa en el mundo y en la cultura laborales: los que tienen buenos empleos, característicos del siglo XX, y los que tienen los trabajos –buenos o precarizados, según el esfuerzo o la suerte de cada uno– del siglo XXI. Si algo tienen en común ambos sectores, es que el concepto de trabajo y de relaciones laborales que manejaron generaciones anteriores ha quedado desactualizado.
El mercado laboral hoy atraviesa una transformación más profunda que la de la Revolución Industrial del siglo XVIII. Uno de los saltos más disruptivos tiene que ver con el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial, pero también con otros fenómenos sociales, como la drástica baja en los índices de natalidad y la prolongación de la expectativa de vida, dos tendencias que generan una nueva demanda de empleos en los campos de la educación y la salud. De ahí deriva otro interrogante: ¿puede discutirse una reforma laboral con ambición de futuro sin incluir estos temas en el análisis? ¿Cuántos expertos en IA o en demografía han sido llamados para bosquejar y analizar el proyecto que hoy avanza en el Congreso?
Luis Galezzi, uno de los más destacados referentes de la industria del conocimiento en la Argentina, escribió en LA NACION que “el uso masivo de la IA implicará una reconfiguración del tiempo laboral. El aumento de la productividad reducirá la carga operativa de muchas tareas, generando tensiones con el modelo heredado de la sociedad industrial basado en jornadas fijas, horarios rígidos y salarios estandarizados”. ¿Puede pensarse un nuevo marco normativo para el trabajo sin tener en cuenta esas proyecciones? ¿Puede prescindir la nueva legislación de un apartado sobre robotización, comercio electrónico y automatización industrial?

Si se piensa una arquitectura laboral asociada al desarrollo, es imprescindible vincularla con el sistema educativo. Los nuevos modelos de trabajo exigen una reconstrucción de la enseñanza técnica, de las escuelas de oficios y de la capacitación accesible en áreas innovadoras. ¿Cómo se alimenta de mano de obra a industrias en auge como la de la minería? Se necesita una legislación adecuada, por supuesto, pero también oportunidades de formación y capacitación que estén a la altura de esas necesidades.
Podrá decirse, con razón, que no se le puede pedir tanto a una ley. Una Argentina con índices absurdos de litigiosidad laboral y con una rigidez extrema que ha limitado la generación de empleo necesita, al menos, una norma que estimule la oferta de mano de obra y brinde mayor flexibilidad al mercado de trabajo. El proyecto que está a punto de tratarse es, entonces, un imprescindible y saludable punto de partida. Pero corre un riesgo: nacer viejo. Quizá sea inevitable, porque el ritmo de los cambios y las transformaciones ha adquirido, en todo el mundo, una velocidad sin precedentes, lo que condena a la legislación a correr, inexorablemente, desde atrás. Pero al menos deberíamos tomar nota de que el desafío es mucho mayor y más complejo. No habrá ninguna ley que produzca efectos mágicos. La generación de empleo, además, no solo depende de normas y regulaciones, sino también de una condición más intangible: la confianza. En ese sentido, el daño que han hecho la postergación del nuevo índice para medir la inflación y el precipitado cambio en la conducción del Indec tal vez devalúe los beneficios que pueda traer la nueva ley laboral.
La Argentina necesita modernizar su legislación –no cabe duda–, pero también recuperar la previsibilidad, el valor de la palabra, las normas básicas de la convivencia política y la civilización para tramitar las discrepancias. El nuevo mundo, tanto en la política como en el trabajo, también necesita los viejos valores. La “economía gig” puede ser un modelo muy innovador, pero no funciona sin esfuerzo, sin capacitación, sin disciplina. La cultura y la ética del trabajo son, como la seriedad y la confianza, fórmulas imperecederas.




