
La renovada estética del tango
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Cuando yo era chico, el tango se bailaba en todas partes y no había fiesta o reunión familiar donde se lo dejara de lado. Después, sobre el fin de los años cincuenta y a lo largo de la década siguiente, el gusto por la música de Buenos Aires conoció un precipitado crepúsculo y los jóvenes, prácticamente, dejaron de bailarla. Ahora, y desde hace algún tiempo, la afición por el tango ha vuelto a imponerse y a la gente le encanta seguir cursos donde se aprenden cortes y quebradas. Es decir que ha vuelto a haber "academias" y fervorosos discípulos.
El fin de semana último tuve esa evidencia en medio del festival de tango de la ciudad de Buenos Aires, una suerte de celebración múltiple que puso de manifiesto el deleite que los porteños encuentran en bailar y ver bailar a otros, o simplemente en asistir a espectáculos de tango.
Que este festival haya casi coincidido con la muerte reciente de Enrique Cadícamo y haya servido también para que Buenos Aires se despidiera del milenio siguiendo un estilo que no podía serle más propio, no pudo menos que inducirme a pensar en el curioso destino de un arte que siendo en su origen una práctica esquiva y sin prestigio, alcanzó en poco más de cien años una forma estética internacionalmente apreciada, a la que se identifica profundamente con Buenos Aires y el Río de la Plata y, en general, con la Argentina.
En ese largo camino que ocupa el siglo que pronto llamaremos pasado y que cubre asimismo la edad de Cadícamo -99 años-, el tango, canto de penas y de amores perdidos en perdidos arrabales, versos de traición y encono, pasó a ser música urbana contemporánea, y esto último gracias a pianistas como Horacio Salgán y músicos como Aníbal Troilo, pero sobre todo debido al talento innovador y díscolo de Astor Piazzola, posiblemente el creador musical argentino más notable del siglo.
Siempre me resultó llamativo que Borges deplorara los versos que forman el cancionero del tango por encontrarlos sumamente vulgares, cuando había entre sus "letristas" poetas como el propio Cadícamo, Homero Manzi o Discépolo en sus mejores momentos, pero es cierto que muchos intelectuales de su tiempo desaprobaron el tango por similares motivos.
Ezequiel Martínez Estrada, en "Radiografía de la Pampa", condena la misoginia de su "filosofía" y califica su música de lasciva, música que "lleva un hálito tibio de pecado". Dicen que Ricardo Güiraldes, en cambio, lo bailaba encantado y enseñaba a bailarlo a sus amigas.
No sabemos con exactitud cuándo hubo tango por primera vez, pero tampoco importa demasiado; sabemos que es "antiguo" y mitológico y que encarna como ninguna otra música el afán y los desasosiegos de Buenos Aires, salvo que el múltiple regreso a la escena de la ciudad en estos días, repone las fantasías de nuestro pasado en un tono si se quiere alegre y festivo, como si la versión del Tango 2000 ya no admitiera en su razón de ser la idea amarga del fracaso y sí la del juego y el gusto por renovadas emociones estéticas. Lo cual no deja de ser sumamente alentador.





