La revolución de la sensatez

Alejandro Rozitchner
Alejandro Rozitchner PARA LA NACION
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7 de septiembre de 2010  • 02:22

Un amigo me mandó esta explicación de lo que él considera debe ser la alternativa nacional al actual desgobierno K:

"Que los maestros sepan y enseñen; que los estudiantes estudien y aprendan; que los empleados públicos trabajen; que los que no cumplen sean castigados y los que cumplen sean premiados; que cuando se invierta y se gane, se pueda disponer de las ganancias; que la policía brinde seguridad; que los delincuentes estén presos; que los funcionarios sean honestos y competentes."

Es la más pura sensatez, de tan evidente, casi una bobada, pero al mismo tiempo, en la actualidad, una visión verdaderamente revolucionaria.

La revolución es, si hacemos caso del diccionario de la Real Academia, un "cambio violento en las instituciones políticas, económicas y sociales de una nación". Y hoy la instalación de un orden más o menos lógico como el descripto por mi amigo, resultaría verdaderamente revolucionario.

Pero claro, la violencia no sería en este caso un movimiento de agresión, si no precisamente la limitación de la constante agresión política para instaurar la norma de la madurez social. Y esa es nuestra gran dificultad, que la moderación no engendra pasiones.

Los exasperados arrastran corazones hacia una posición de intolerancia y autoritarismo, lo hacen con gestos melodramáticos y aun pasando por encima de toda verdad, si ella se opone a sus planes exaltados. Los moderados tienen –tenemos- que conformarnos con un trabajo paciente, persistente, con una construcción menos llamativa, lenta, costosa. Tenemos entre manos una revolución ardua, pero no por eso menos transformadora. Mirar a Brasil hoy nos pone la piel de gallina: se ve con claridad lo que podríamos lograr si alentáramos la producción y el trabajo en vez de militar en un juego de sombras.

La tarea de la Argentina actual es la de la revolución de los sensatos, la sedición de los moderados, el movimiento de las personas que quieren simplemente que las cosas sean lo que son, y que no gustan de suponer detrás de todo orden la trampa de un poder de dominio indebido. No es verdad que el orden sea represivo, su mayor cualidad es la de permitir el crecimiento, personal y social. El orden no transforma al mundo en una realidad quieta y sumisa, por el contrario, libera las fuerzas vitales del desarrollo, la excitación del hacer, la posibilidad del logro y el constante cambio evolutivo de la comunidad.

Hay implícita en esta revolución de la sensatez un mayor conocimiento de la realidad natural de la experiencia humana, y un gran deseo de florecimiento. La revolución de la sensatez expresa confianza en las posibilidades de nuestra acción, nos sabe personas capaces y valiosas, y no desestima la construcción de un acuerdo que permita el crecimiento. La sensatez pasa por saber que lo que podemos lograr como país depende enteramente de nosotros, y que el diablo no existe, es decir, que no hay fuerzas oscuras ocupando la escena, que se trata a lo sumo de nuestras propias incapacidades proyectadas como fantasmas justificatorios.

La revolución de la sensatez puede no ser tan glamorosa como la de los paranoicos (que así debe denominarse, con esta calificación clínica, a quienes creen en la constante acechanza de un mal súper poderoso), pero paradójicamente es la que permite que el amor real surja y ocupe su lugar. La revolución de la sensatez es el verdadero romanticismo, el que sabe que las cosas cuestan, que hay que hacer esfuerzos para lograrlas y está dispuesto a dar los pasos necesarios, el que permite el encuentro entre personas que se hagan cómplices de la aventura del desarrollo. La revolución de la sensatez es la que transforma la Argentina neurótica en un país a cargo de sus realidades.

Me permito, para terminar, continuar la frase de mi amigo, agregándole otras variables:

"Que los presidentes asuman su poder de conducción real y dejen de pelearse por conservar el poder a todo precio; que los planes sociales atiendan las necesidades de los más pobres sin imponer un manejo político; que el país esté integrado al comercio internacional, buscando oportunidades de negocios; que el Indec cumpla su objetiva función técnica con rigor y claridad; que el poder judicial trabaje para la verdad inhabilitando las avivadas de la mala política; que el sindicalismo defienda a los trabajadores de los abusos empresarios y no funcione mafiosamente en beneficio de sus líderes; que las leyes se cumplan...

Y tal vez, por sobre todas las cosas...

"...que los ciudadanos abandonen la comodidad de la queja y el escepticismo pseudo inteligente para pasar a protagonizar esta revolución de la sensatez aportando activamente a una política que ayude al crecimiento."

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