
La revolución pendiente
“Imagínese usted veinte millones de hombres que saben lo bastante; que leen diariamente lo necesario para tener en ejercicio su razón, sus pasiones públicas o políticas; que tienen qué comer y vestir; que en la pobreza mantienen esperanzas fundadas, realizables de un porvenir feliz; que se alojan en sus viajes en un hotel cómodo y espacioso; que viajan sentados en cojines muelles; que llevan cartera y mapa geográfico en su bolsillo; que vuelan por los aires en alas del vapor; que están diariamente al corriente de todo lo que pasa en el mundo; que discuten sin cesar sobre intereses públicos que los agitan vivamente; que se sienten legisladores y artífices de la prosperidad nacional…”, escribía D. F. Sarmiento en Viajes (1847) al observar el espectáculo deslumbrante de la prosperidad norteamericana. “Tienen lo bastante, leen lo necesario; es un pueblo sin excesos. Al mismo tiempo, es una sociedad republicana en donde la gente participa de la cosa pública”, comenta de este fragmento el historiador de las ideas Oscar Terán. Una utopía laica, realizable, es la que describe el sanjuanino.
Su experiencia vital y la visión de primera mano del avance del mundo tallaron sus ideas y su temperamento. Y los de toda una generación. Julio A. Roca, en sus múltiples y polémicos rostros de hombre público, tuvo un fenomenal acierto que transformó un país: la sanción de la ley de educación pública de 1884.
Y es necesario volver a esa época como referencia, porque el país vive su crisis educativa más severa. Una pendiente hacia la precariedad de la enseñanza y el aprendizaje, que no se detiene. Comentada hasta el hartazgo, analizada por el periodismo especializado, medida en pruebas internacionales y vernáculas, asistida por fundaciones que atienden las falencias de un sistema fragilizado, enfrentada por un magisterio que vive también en crisis formativa y con su profesión pauperizada. Una debacle ajena al interés del microclima político.
La educación en este siglo tiene una significación aún mayor que hace más de cien años. Un mundo en transformación a causa de los múltiples desafíos que incorporan la tecnología y la inteligencia artificial generativa en todo el ámbito humano. Clases híbridas, virtualidad, aplicaciones de contenidos, chatbots, neurociencias, ChatGPT y un largo etcétera que modifican nuestra concepción tradicional de lo que es un aula, una escuela, y de cómo aprendemos. No sabemos cómo será el futuro en este sector, pero parece cierto que los educadores sobrevivirán solo complementándose con la tecnología.
Al sumergirnos en el sistema argentino aparecen oscuridades, asimetrías, desigualdad, infraestructura concebida en el siglo XIX, dificultades de accesibilidad a redes de internet, espacios educativos convertidos en comedores o para reparto de cajas de alimentos, deserción y bajas tasas de egreso en los sectores vulnerables, en un Estado con más de 50% de pobres.
Como explica Amartya Sen: el desarrollo debe ser considerado un proceso de expansión de las libertades reales que disfruta la gente. Entonces, requiere de la eliminación de toda barrera que supone ausencia de libertad: la pobreza y los regímenes autoritarios, las oportunidades económicas escasas y las privaciones sociales, la falta de servicios públicos y los impedimentos de acceso a una educación que favorezca la expansión de las libertades personales.
Remataría Martha Nussbaum, toda nación, mínimamente razonable y ética, debería elaborar estrategias para que las personas superen determinados umbrales de oportunidad en cada uno de los derechos y libertades que poseen por su sola condición de ser humanas. ¿La Argentina se ocupa de eso? La educación está desanclada del futuro, con malos resultados, con baja calidad, entendida esta última como la posibilidad cierta de aprender contenidos, capacidades y habilidades que incrementen la libertad de poder decidir el propio destino personal. Sin mencionar los obstáculos crecientes en materia social, política y económica que limitan el desarrollo de nuestra población. La respuesta entonces es no.
La utopía descrita por Sarmiento cobra sentido. Acerarse a ella requiere una revolución silenciosa, de ejercicio diario, particular y cooperativo, además de persistente. Sus resultados individuales serán a la vez espirituales y materiales, y derramarán sus beneficios en todo el tejido social, productivo, cultural y tecnológico del país. Una revolución pendiente, siempre a la espera de que aparezcan sus artífices políticos e institucionales.







