
La satanización de Serbia
DESDE hace unos años a los serbios les viene tocando en suerte ser "los malos de la película", situación incómoda que se compagina, paradójicamente, con reveses constantes que han estado padeciendo en ese mismo lapso, sin que apenas la sucesión de desgracias le haya dado respiro. Su destino se asemeja un poco al de los turcos durante el siglo pasado, cuya mala fama, nacida seguramente de datos históricos objetivos, fue utilísima a mil y un grupos y a mil y un intereses para sacar partido de la debilidad de ese "hombre enfermo", como se le decía entonces al Imperio Otomano.
Los serbios -que, como cuadra a balcánicos, distan de poseer la virtud de la mansedumbre- ignoran hace tiempo las dulzuras de la victoria: en 1991 no pudieron impedir el desmenuzamiento de la vieja Yugoslavia: Eslovenia y Croacia abandonaron la federación y al año siguiente lo hizo Macedonia. La feroz y prolongada guerra de Bosnia terminó para ellos, merced a la intervención de la NATO y pese a que no pocas alternativas bélicas les fueron favorables, en un franco descalabro y su resultado fue la expulsión de la población serbia de Krajina, en el norte de Dalmacia, y su reacomodamiento -tipo via crucis - en Eslavonia oriental y en Bosnia.
Separado lo que queda de Yugoslavia -Serbia y Montenegro- de diversos organismos internacionales y con unos cuantos dirigentes y caudillos sometidos a juicio en La Haya, sus gobernantes y aun sus pobladores son presentados por la prensa de no pocos países como poco menos que perros rabiosos, a propósito de los cuales casi cualquier enormidad podría justificarse. Los fanatismos y odios cabezudos entre pueblos no son cosa nueva y no habría por qué atribuir a esos ex- abruptos excesiva importancia, si no fuese porque entre los medios que los profieren se hallan, en primer lugar, los de los Estados Unidos, lo que los convierte en verdad sacrosanta en casi todo el mundo.
Consecuencia de esto son ciertos hechos absurdos que serían risibles si no fuese -como lo ha demostrado la experiencia cercana- porque su capacidad para originar masacres horrorosas es real. Según preceptos clásicos, Alemania, en calidad de heredera espiritual de Austria-Hungría, está comprometida con Croacia, a la que asimismo respalda la Iglesia Católica, por considerarla muro de contención ante el siempre amenazante avance del cristianismo oriental. Por el contrario, Francia, Gran Bretaña y Rusia, interesadas en que no surja en el centro de Europa un poder desequilibrante, tienden a apoyar a Serbia.
Estas tradiciones de la diplomacia decimonónica se han citado como causas de lo que ocurre hoy día en las márgenes del Danubio y del Drina. No parece una explicación demasiado sensata, pero forzosamente hay que tenerla en cuenta a falta de otra mejor, siquiera como sustento de esa asimilación de los serbios a aborrecibles nazis eslavos, definición odiosa que inhibe toda posibilidad de razonamiento: así, por ejemplo, esos individuos son peligrosos, tremendamente peligrosos, y es necesario que el mundo se una y encamine en ruidosa algarada para combatir contra ese pequeño y empobrecido país de 10 millones de habitantes.
A la ridiculez del empeño se suma la falta de objetivos, porque, en el fondo, aunque todo impulsa a la guerra, en las cancillerías nadie la quiere. Sin duda, una acción militar resuelta podría llevar, acaso en horas, al sometimiento de Belgrado. Pero, ¿para qué? Madeleine Albright, oráculo de la coherencia que caracteriza al Nuevo Orden Internacional, lo ha dicho quizá sonrojada, pese a que este dato no lo mencionan los cables: "Los serbios deben abandonar Kosovo, lo que, por supuesto, no afectará en lo más mínimo la soberanía yugoslava..." ¿Qué es esto?
Lo curioso es que, según todos los datos disponibles, los serbios, yugoslavos, o lo que fueran, contrariamente a lo que sucedía en casos anteriores, al parecer no tienen ni pizca de razón en el contencioso kosovar. La zona fue autónoma y está poblada en un 90% por albaneses. Estos podrían formar un Estado independiente o bien unirse a Albania. Pero las Naciones Unidas, que es decir la NATO, que es decir los Estados Unidos, no quieren ni oír hablar de modificaciones de fronteras, que muy bien podrían despertar emulaciones riesgosas, en primer lugar de la envalentonada Croacia, con una reanudación de las hostilidades en Bosnia.
Y hay más complicaciones: la autonomía de la que Kosovo gozaba en la época de Tito tampoco puede restablecerse porque Montenegro, que admite una Yugoslavia bipartita, no acepta la posibilidad de una tripartita, pues teme quedar, en la compulsa interna, sistemáticamente en minoría. Su posición al respecto es tajante: si se implanta la autonomía kosovar, deja la Federación, con lo que la temida alteración de las fronteras ocurriría asimismo, tal vez con consecuencias políticas aún más graves por la ubicación geográfica, inmediata a Herzegovina.
El panorama, entonces, está configurado por el clamor general de que se castigue y humille a los malvados serbios y el costo político de hacerlo, eventualmente una nueva ronda de miniimperialismos locales. En esas condiciones, en que apalear a Serbia tal vez entrañe la necesidad de apalear a la mitad de los Balcanes, lo más cuerdo era diferir el escarmiento, con lo que Slobodan Milosevic ha vuelto a quedar como el valeroso y afortunado adalid de un país diminuto, cercado por los grandes poderes mundiales.
Esta derivación no es algo que deba preocupar a las Naciones Unidas ni a la alianza atlántica, sino a los Estados Unidos, que, al fin de cuentas, son los dueños de las armas y del dinero: cada vez que alguien les desoye una amenaza, ya con no más que eso gana, y esto vale tanto para Saddam, Castro, Khadafy, o el que fuese, incluso Milosevic. Porque tan grande es el desnivel entre su fuerza y la de los pigmeos a los que reta que hasta el mero mascullar de éstos representa un límite afrentoso a su potencia omnímoda.
La vocación imperial supone la disponibilidad de agobiadores medios guerreros, pero éstos, a su vez, dependen de la decisión de usarlos. Los aviones y los misiles están; lo que no existe es la convicción de que tenga sentido arrasar medio centenar de aldeas medievales sólo porque los buitres graznan.






