La significativa ausencia de Cristina Kirchner

Rogelio Alaniz
Rogelio Alaniz PARA LA NACION
Los votantes del Frente de Todos no pueden saber con certeza a quién eligen para el ejercicio del poder presidencial
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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23 de octubre de 2019  

La ausencia de Cristina de Kirchner es tal vez el dato más significativo de este proceso electoral, una ausencia que adquiere el relieve de una presencia o, para no ser tan terminante, de una incógnita. Esta ausencia se hizo más visible que nunca durante los dos debates presidenciales y será un factor de inquietud para los votantes del Frente de Todos, quienes, más allá de sus declaraciones públicas, en su intimidad estarán dominados por la zozobra, cuando no el temor, de no saber con exactitud a quién están votando para que ejerza efectivamente la presidencia de la Nación, si a Alberto Fernández o a Cristina de Kirchner. Una duda, una incertidumbre, que ninguna de las otras fórmulas despierta, porque quien vota a Macri sabe que, con sus errores y aciertos, vota a Macri, y quien vota a Lavagna lo hace con esa certeza, la que no acompañará al votante peronista. Una duda que, en caso de que la fórmula del Frente de Todos se imponga, se extenderá a todos los argentinos, porque estas ambigüedades -para calificarlas con suavidad- suelen ser la antesala de desgracias, como muy bien recordamos los argentinos.

Esta legítima sospecha acerca de las imprecisiones políticas de la fórmula peronista está instalada, en primer lugar, en el interior del peronismo, pero también en el espacio político nacional; una sospecha matizada con asombro y en más de un caso con temores, porque ningún otro sentimiento puede despertar esta oscilación de una fórmula presidencial en la que el poder formal se exhibe en la superficie y el poder real -la imagen del iceberg es lo primero que se impone- parece ocultarse en las sombras, confirmando una vez más que es allí donde anida lo más importante y, tal vez, lo más peligroso.

Más allá de las sensaciones, convengamos en que en algún momento los cientistas políticos indagarán sobre este curioso episodio de la política criolla expresado en una candidata a vicepresidenta que elige al candidato a presidente de su partido y luego, durante la campaña electoral, mantiene una sugestiva ausencia que despierta más aprensiones que tranquilidad institucional. La oscilación o el vaivén, en esta última semana, se expresó con particular intensidad en el acto público que el peronismo celebró en La Pampa, ocasión en la que el señor Fernández declaró que él y Cristina eran lo mismo, afirmación que hubiera dado lugar a que un observador indiscreto le dijera: "Dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces".

Afirmación que, de todos modos, jamás se le ocurriría hacer a Lavagna ni a Macri ni a ningún candidato a presidente respecto de su candidato a vice, porque en condiciones normales queda claro que el poder real del presidente es siempre superior al del vice. ¿Alguien se imagina, por ejemplo, a Hipólito Yrigoyen haciendo esta aclaración con respecto a su candidato a vice, Pelagio Luna?, ¿o a Perón, sobre Hortensio Quijano?, ¿o a Alfonsín con Martínez? Imposible imaginar estas situaciones, porque aclaraciones como las que hizo Fernández solo son posibles cuando no queda claro quién ocupa realmente el espacio exclusivo del poder presidencial.

¿Por qué el peronismo oculta a Cristina? ¿Por qué Cristina se oculta? No hay una exclusiva respuesta a una pregunta que alude a una realidad que, además, nadie se anima a pronunciar en voz alta. Puede que se oculte a la candidata que exhibe trece procesos y varios pedidos de captura; puede que, consciente de su debilidad, Cristina decida colocarse en un segundo plano para después hacerse cargo del poder real, una versión aggiornada de "Cámpora al gobierno, Perón al poder", o una actualización bizarra de aquella aspiración de Perón en 1962 a ser el candidato a vice de Framini en la provincia de Buenos Aires.

El futuro dirá (si el peronismo gana las elecciones) cómo se resolverá esta suerte de encrucijada política entre un presidente sin poder y una vicepresidenta con poder, entre un presidente sin carisma y una vice que lo dispone y lo exhibe. Por lo pronto, lo real es que este juego confuso de luces y sombras se expresa en todas las zonas del espacio público. Lo manifiesta el propio Fernández cuando afirma, en las tribunas del peronismo, que él y Cristina son lo mismo, al tiempo que, por otra parte, se preocupa por convencer a factores de poder y a la opinión pública de que lo deben votar porque, precisamente, sugiere con la eficacia de un rumor o un murmullo que es diferente de Cristina.

Habría que preguntarse si tiene alguna importancia política efectiva esta singular relación entre Fernández y Cristina o solo se trata de las especulaciones insidiosas de los crónicos enemigos de la causa "nacional y popular". Incluso, podría ponerse a consideración la viabilidad, el acierto o la picardía táctica de una fórmula no convencional, pero que parece expresar mejor que nada las contradicciones internas del peronismo y las posibilidades efectivas de resolverlas por ese camino.

En política todo es posible. Incluso que Fernández sea presidente. Pero, hasta que el ejercicio de la razón y las exigencias de la memoria sean dones imposible de eludir al momento de reflexionar sobre la actividad política, estas preguntas no se pueden soslayar. Esa racionalidad y esa memoria estuvieron presentes con más persistencia en el debate del domingo pasado, sobre todo cuando los panelistas opinaron sobre la gestión kirchnerista y, muy en particular, cuando Espert le preguntó a un Alberto Fernández visiblemente molesto si en todos los años que ocupó funciones ministeriales durante la gestión K nunca vio nada, reclamo de visibilidad que profundizó Macri cuando observó que era difícil de creer que aquello que Lavagna alcanzó a ver desde el edificio de enfrente Fernández no pudiera verlo instalado en el despacho vecino.

Si la pregunta de Espert puso algo incómodo a Fernández, la respuesta de este merece ser considerada algo así como una proeza dialéctica, ya que admitió que no solo no vio nada, sino que cuando tuvo una "diferencia" se alejó del poder, es decir: vio pero no vio. Y la categoría "diferencia" que empleó con tanta soltura muy bien se podría incluir en esa otra categoría fundada recientemente y a la que conocemos con el nombre de "descuido ético".

Más allá de las dudas acerca de si Fernández renunció o lo echaron, lo que sería importante saber es en qué consiste esa "diferencia" que sostuvo con los Kirchner. ¿Qué vio, olfateó o escuchó Alberto Fernández? Por lo pronto, estas preocupaciones hoy navegan por el territorio de los misterios. Y al respecto, cabe recordar que hace más de quince años hubo otro precandidato presidencial del peronismo a quien -a diferencia de Fernández- decididamente no le gustó lo que vio, y decidió no ser el candidato a presidente promovido por Duhalde: se llamaba, se llama, Carlos Alberto Reutemann, y esa renuncia -los dioses se complacen en practicar travesuras sin preocuparse demasiado sobre las consecuencias de sus juegos- dio lugar a que la dinastía de los Kirchner, de la mano de Duhalde, llegara al poder político nacional desde aquella provincia azotada por los vientos, las heladas y las regalías petroleras extraviadas en el infinito.

Miembro del Club Político Argentino

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